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Full text of "Julio E. Suarez 1969 Charlas Con Juan Julio"

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CHARLAS CON 
JUAN JULIO 


Julio E. Suárez 
(PELODURO) 





© 1969 - bv Editorial Arca 
1 .1. Montevideo 

2“* : ’ °» teóslto aue ornea te !«v 

terort ‘° w L'ruauov Prm-.>d fc, Urucuav 


CHARLAS CON 
JUAN JULIO 


Julio E. Suárez 

(PELODURO) 


bolsilibros ARCA 


71 



ADVERTENCIA 


Este volumen recoge una difícil selección d^ l is 
charlas radiofónicas de Peí oduro en “El Espectador". 
Fueron ellas, diarias, miles, y de ahí la dificultad de 
una antología de esos momentos de Pelo con ese Juan 
Julio que somos todos. Han quedado fuera, muchos otros 
trozos de historia nacional escritos, como éste, con un 
estilo que concilla a Quijano con Onetti, .1 través de 
la parábola humorística, de la que fue un muestro 
Esta Historia, es reciente; Julio E. Suárez nos hizo 
participar en ella. No es nada difícil que hoy d leerlo, 
j, racias a él (y a nuestro obstinado empeño) n<'S sin- 
tamos Historia (mirá vos, diría él). 


Jorge Sclavo 


Nota: Estas charlas, como se comprenderá, no llevaban 
título. Osadamente se los he puesto, sólo porque 
sea más fácil su identificación para cuando I ^ 
comentemos entre nosotros, los Juan Julios, en 
algún lugar de esta RODELU que él fundó. 


i 



i 

1 ! 






EL ASESINATO DE FRUCTUOSO RODRIGUEZ 


En el día de hoy, 20 de Mayo, bajo muy dispare- 
jos cielos americanos, tuvo lugar la feliz conjugación de 
un gesto de solidaridad estudiantil que va bastante ina\ 
allá de los intereses específicamente universitarios. En 
el segundo Congreso Latinoamericano de Esttuli mt- 
que se reunió recientemente en la ciudad de La Plata, 
fue decretada una huelga continental, como protesta 
por el asesinato del presidente interino de la Federa- 
ción Universitaria de Cuba, Fructuoso Rodríguez, cuya 
sangre enriqueció la ignominia de la policía de Fulgí 
no Batista. Esa huelga tuvo lugar hoy, lo repito bajo 
muy desparejos cielos americanos, porque e: so! no sai 
pora todas las repúblicas que int- gran t sí < mtitu u tr 
>< t • (tico que algunos llaman Híspan o-Améim.i, oí s I.¡- 
tino-América y otros, menos académicamente punidles »s 
poro igualmente preocupados llamamos, simple y expre- 
sivamente, Sudamérica, para añadir, con afligida pro- 
nunciación victimosa, aquello tan repetido como feliz 
de Alfredo Mario: ‘‘Sudamérica... Sí, y lo que va a 
tener que sudar, todavía!”. Porque la suerte de esta 
América, tributaria de presuntos destinos presuntamen- 
te democráticos, transpira sudores ajenos a su propio 
destino y son muchos los pueblos americanos que ac- 
tualmente festejan un nuevo aniversario de su indepen- 
dencia bajo una, tal vez, más dolorosa dr;n adeuda com 
patriota, bajo un bota en cuya suela dirá “fabricada” 
í) “made” pero que tiene, siempre, la paradójica parti- 
< ularidad de apretarle a quienes no la calzan. . . (No t< 
vayas lejos, que ya vuelvo % te la sigo). 


9 




A todos, más o menos, nos preocupa por estos tiem- 
pos la juventud. No me refiero, desde luego, a esa preo- 
cupación que consiste en llorarla por sentirla ya lejos, 
porque o se echa mano a escondidas glándulas del alma 
que nos permitan reprisar una meritoria juventud a los 
40 y p < o o, de lo contrario, se va uno a toser atrás del 
biombo y se acabó. Me refería a que nos preocupa por 
estc -> lie nipos la juventud no como propia, sino como 
ella misma. Y ya que nos llenamos la boca de solemni- 
dad p a s ir gun i s torcidas manifestaciones del 
impulso juvenil, perdido v desorientado en una época 
en la que parecería que no se $ab< qué hacer con la 
san irre, señalemos, también, y positivamente, estas ma- 
nifestaciones del impulso juvenil universitario que en 
\mcrica está dando muestras de un legítimo destino: 
los muchachos que se largan a la calle, con una con- 
ciencia madurada de generaciones sufridas y en Argen- 
tina Colombia, Cuba o donde sea se embarcan en la 
más gozosa v legítima aventura infanto-juvenil imagi- 
nable: la de tentar robarle el “cola-chata” del poder a 
los dictadores de tan e tensa como protegida impunidad 
de esta pobre América nuestra, pero no tan nuestra co- 
mo qu doramos. Para esta aventura muchachos, cuen- 
ten con la inimputabilidü'l que les asegura la historia. 
Hasta mañana, amigos. 


10 


MISA POR NACIONAL 




I 

Como aquella señora que cuando le dijeron que co- 
rría un viento de 120 kilómetros por hora, exclamó: “¡Ave 
María, qué apuro! ’, tal vez pudiéramos decir a esta al- 
tura de este diluviante Enero: “Ave María, qué exage- 
ración”. Porque, che... puede llover, no digo; es, il fin 
de cuentas una manifestación corriente, yo diría fisio- 
lógica, de la naturaleza que no^ envmdve y <s d' ¡ 011, 
considerada como un s* ,v orgánico; el agua ¿>ub*. en va 
pores y baja cu chaparrones luego de hacerse la nube 
un rato; lo h.t J «•di 1 siempre, desdi; que m>.. ín.'r. mu- 
cho mas. desde que la especio h 12 • • ?a chiquita y 
no sabía decir ni “mamá”; y io siguí haciendo ¡dnu 1 
que la susodicha especie hace rato que dijo “mamá" y 
escribe versos, hace guerras, conferencias de desarme, 
gobierna entre nueve que no se entienden ni para cerrar 
el balcón que da a la calle en el Palacio de Gobierno, 
lanza satélbos 1 espacio, inventa la democracia condí- 
donada, los trolebuses y el frankfurter con tocino... 
Siempre ha llovido, uno sabe, pero esto, che, ya es Ro- 
dríguez Andrade. Quiero decir, que esto ya pasa de cas- 
taño oscuro. La lluvia es una bendición, como puede 
serlo una mujer (pongamos por caso) pero esta poliga- 
mia diluviana de que nos llueva todos los días “como 
si fuera ese día la primera vez”, por decirlo con tono 
de bolero, ya nos tiene (dicho sea con las respectivas 

I reverencias a Dios y a la historia patria) más patilludo:* 
que Lavalleja. (Espérate que voy a poner en funciona- 
miento el limpia-parabrisas de los mteojos, y ya vuel- 
vo y te la sigo). 

Yo digo que debe haber hal ido algún malentendido. 
Tal vez, alguna acción de gracias que Dios (ocupado 


n 


tai as cosas, uno comprende) inU-rpretó dev. iuda- 
n. mte. O, si queremos considerar la OmmcapaciU-l di- 
vma, un informe equivocado de alguno de Jos laníos 
funcionarios celestiales, debe haberlos (vava'i porque (!• 
esta actual proclividad a la burocracia no debí bal rse 
salvado ni Dios. Tal vez alguna acción de gracias í 
T- «iwrnj para el lado de la lluvia como pudo huí , r 
agarrado (celestialmente) para el lad- imponderable •!. 
Jf ’ s to males. Habla llovido y estaba por llover cuando 
te ' ayer, oficiaba una tan cu: i c mo so- 
amnemisa de Acción de Gracias por el triunfo que el 
f^iib iNacional de Fútbol había alcanzado al ohtenei . 1 
í • .‘p- omito Uruguayo. Los latines de una misa deben 
1 í " ,| °'' 's ,,al ' s y apenas si una formularia lint* de 
pon-. - de ]a , ' pació (supongo) para intercalar eJ. moti- 
.San l edro haorá entendido todo y recordado torio, 
con su bíblica memoria, pero no así aquello de Club 
Nacr nal di; Fútbol y Campeonato Uruguayo. O r>< 

, ! ' ** q«c el divino santo que guarda las puertas do 

l.i Celestial Casa de Gobierno, sea de Peñarol. O, tai 
1“ inusitado que aquel deportivo motivo de agra- 
decimiento le pareció, cuando, puestos en la desespera- 
da nec esidad de molestar al cielo, tiene el hombre orien- 
tal, nacionalófilo, peñaroleose o racinguista o tened 
de libros, chansonier, médico, diputado o libretista d< 
i " io tantos y tantos motivos para una acción de gra 
cía, de ruego o de cristiana protesta. Debe haber sido 
entonces que San Pedro, juicioso y ponderado como lo 
«fuere nos, se habrá dicho: “¡Yo no lo molesto al Viejo 
por esta pavadal. De por esos lados, lo que más fr - 
cuentemente piden es lluvia y como yo tengo la ll..ve 
de la cuarta linea de bombeo, que les llueva hasta que 
se aburran. Si no están conformes, que lo manden de- 

eswln * n ) 1Sa ' Y k UQCa un funci °nario de Dios habrá 

- “ s dlvmo - ¿ No te parece?, Juanjulio? Hasta ma- 
nana, amigos. 


12 


LA AUSENCIA DE MI PRESENCIA 


Buenas noches, mandan muchos recuerdos de cas i 
a ver cómo están por aquí, y de parte del señor (‘ligá- 
rnosle así) que lo disculpen, que esta noche no van a 
poder venir a la radío, por encontrarse un poco indis- 
puesto, Yo supongo que nadie más autorizado que yo 
mismo para ejercer esta misión de excusas para jurii- 
fj ir mi inasistencia y a ella sólo podría encontráis lo 
el defecto de que para mi necesaria inasistencia f" me- 
nester mi no menos necesaria presencia. Es, mu duda, 
una flagrante contradicción esto de que uno mismo ven- 
era a decir que no puede venir, pero ello puede ampa- 
rarse en las exigencias de una ubicua voluntad, que, 
honradamente desglosada, se traduciría en que m nu- 
da la gana de faltar, ni me da la gana de venó 1 
cirles nada esta noche. Ni siquiera quiero protegerme 
en la excusa de una posible falta de tema, porque púa 
e! comentarista, el tema es un producto de la voluntad, 
ce: io quieren las amas de casa con gallinero, que sea 
el huevo para la gallina. El periodista (y esto es perio- 
dismo riguroso) no tiene más que echarse resigo idamen- 
te en el nido de la actualidad nacional y espeiar; admi- 
to que puede haber algunos más ponedores que > ros, 
pero todos estamos sometidos a este ejercicio de echar- 
nos y propiciar, al calor del más o menos humor v la 
más o menos conciencia, el probable huevito de su po- 
sible talento. Y yo, che, talento tengo, que ahí está toda 
mi familia que me lo reconoce. (Espérame un momen- 
íito, que todavía no es tiempo de cacarear, y ya vuelvo 
v te la sigo). 

Al menos han de reconocer, conmigo, que he tenido 
lo honestidad de venir a decirles mi propia ausencia y 


13 




' •unirme, para ello, el tiempo que otras noches ocupo 
en decirles alguna "tra cosa. Es difícil ser honesto en 
estos tiempos de pan común y pan lácteo, pero vo me 
he propuesto serlo, aún en el venial carácter de esta 
falta y créanme que no hubieia podido faltar en un 
caso en que (ganándome de mano) me faltaron antes las 
razones para faltar. El locutor hubiera pedido decirles 
como es norma: “Por indisposición de Peloduro pasare- 
mos hoy una grabación de Alberto Castillo” (valgan las 
ventajas de una gripe sobre una pulmonía) pero es qu* 
lomad amento, no encontré ninguna indisposición a mi 
disposición. (Un resfriado fuerte que tuve el año pasado, 
i aya a saber donde lo metí; el caso es que lo busqué 
hasta en el cajoncito donde guardo los recibos de la 
mutualista y nuda). Sintiéndome pues, en condiciones 
físicas v aaeras, no tuve más r medio que venir perso- 
nalmente y desai rollarles las excusas de mi ausencia. 
Cierto es que para ello ocupé, cuan brevi es, el espacio 
que esperaba mi presencia y que hube de llenar con mi 
ausencia, al extremo de que, a esta altura de los hechos, 
ya no sé si estoy y es hora de que me vaya, o si no vine 
y lo que me correspondería hacer es llamar por teléfo- 
no a casa a ver cómo sigo. Yo qué sé, mirá. Mejor va- 
mos a esperar el lunes, a ver qué pasa. 


14 


AÑO ELECTORAL 


Estamos a menos de cinco meses de ese domingo 
de noviembre que todos, quienes más quienes menos, 
tenemos alo ido en el centro del sistema nervioso, aun- 
que ello no quiera decir que el asunto nos robe el sue- 
ño, desde luego; porque la feliz regularidad y la relati- 
vamente cort* frecuencia con que se nos da el evento 
eleccionario, luce que los orientales lo tengamos incor- 
porado, ya, como una de las tantas costumbres, qe» 
apenas si trasciende mas que un cumpleaños de la ue- 
na y, en todo caso, no es para nosotros más que mía 
fiesta bisiesta, un compromiso más o menos fastidioso, 
según el hígado ideológico de cada uno. Desde d más 
indiferente anarco-opositor al más activo “clusista” de 
circunstancias, los felices nativos de esta democracia no 
tendremos más remedio que someternos al ritmo can- 
dombero de estos cinco mes **s, mismo aunque el hecho, 
repito, no nos quite el sueño ni el apetito, cosas que los 
orientales tenemos aseguradas, malgrado los ruidos de 
la propaganda (atentatorios del sueño) y los precios de 
la feria (atentatorios del apetito). Más aún, vistas las co- 
sas cómo están (y más que vistas, sentidas... sentidas 
en la conciencia, que de tanto en tanto se nos aflige 
frente a ciertos cuadros nada angelicales de la política, 
sentidas en el bolsillo, que es la viscera hipersensible 
de un organismo moderno) vistas las cosas como están, 
decía, bien quisiéramos que el asunto nos afligiera un 
poco más, ya lo creol... Sobre todo cuando tanto se 
habla de que esto tiene que cambiar y nunca (es la 
verdad) nunca sabemos qué es lo que cambiamos cada 
cuatro años. O, a lo sumo, como si llegáramos a una 
posta, todo lo que hiciéramos fuera cambiar de caballo. 


15 


'Dirho sea con mi mayor n*ven'*ni u\ para la cabalgadu- 
ra gubernamental) (Bueno, acaba de sonarte la nariz, 
que si no los otros no pueden escucharme!). 


Y tal vez para ser justo, ya que hablé de cabalgadu- 
ras (y porque la metáfora no es una licencia para cali- 
ficar gratuitamente a las instituciones) digamos, en ri r 
de verdad, que (bien vistas las cosas) los que cambian 
do caballo son ellos y no nosotros porque ellos son, más 
o menos, siempre los mismos, cabalgando esa suerte de 
renovada esperanza que en cada nuevo Noviembre les 
tenemos ensillada y briosa, para cuatro años más de de- 
ce pción. Con que (digámoslo sin falso pudor de estilo) 
] *s caballos somos nosotros (y amparémonos, para con- 
suelo. en que el caballo es un noble animal que ha al- 
canzado a compartir el bronce consagra torio de muchos 
generales). Porque... ¿qué ocurre ahora y qué va a ir 
ocurriendo en este tramo escandaloso del año, que por 
estos días iniciamos?. . . Como sometidos al régimen de 
la propaganda moderna, elegimos gobierno con el mis- 
mo espíritu discutible con que se nos gobierna. Se abren 
los clubes como sucursales de administración de cuati o 
años de favores, donde empieza a cobrarse en moneda 
cívica (digamos) las gauchadas que el poder (o el mezzo- 
poder de la minoría mayor) repartió en el curso de 4 
años. Y fuei'a de eso (o, en el mismo sentido) se ofrece 
un número, un nombre y una frase grande y vacía, pe- 
ro un programa ... te lo debo. El programa parece que 
es algo que está fuera del alcance del político, más allá 
de la posibilidad del diputado. El programa está fuera 
del campo en que se mueven nuestros hombres, nues- 
tros partidos y hasta nuestras instituciones. Y sin em- 
bargo, hasta ciertos escándalos caracterizantes de nues- 
tro régimen parlamentario parecerían significar una es- 
peranza en aquel sentido. Porque (como me decía el 


16 


Pulea los otros días): “Cuando los diputados se votaron 
la lev de franquicias para los autos, yo decía, digo: Aho- 
ra sí puede ser que éstos levanten algún programa , 
que es lo que los está faltando a este gobierno . En ton, 
yo qué se. Hasta mañana, amigos. 


17 


ESTUDIANTES 


Se tiene de los estudiantes (genéricamente conside- 
rados) un doble y parejo concepto. Virtuoso uno, más 
«» un nos condenar <rio otro, pero ambos igualmente in- 
• mdicional - O son la piel de Judas o son la piel de 
Cristo. O invist* la representación de una fuerza social 
sana y desinteresada, o son unos infantos que gustan, 
de cuando en cu;»' do, salir a la calle a armar un rififí 
con la policía. Eu manto a la policía, se tiene, tambi- 
de ella, dos conceptos igualmente encontrados, aunque, 
tal vez, no tan parejos, porque ha querido la historia 
de las relaciones humanas que este más extendido el 
concepto que enchufa en los conmovedores asentimien- 
tos de Juan Moreira, que aquel que la cifra, angélica- 
mente, como un instrumento social d< ! orden. De tod 
maneras, quieren los buenos preceptos por los que pre- 
tendemos regir nuestra vida (pretensiones que no siem- 
pre nos es posible alcanzar) que el estudiantado sea una 
grey virtuosa y la policía un instrumento social del or- 
den. Así las cosas, idealmente consideradas, el estudian- 
tado podría ser un hijo amoroso y la policía una madre 
ejemplar, Y hasta cabría (un poco repelentemente cursi, 
lo comprendo) que al salir de clase y antes de irse para 
su casa, el estudiantado pasara por Yí y San José a dar- 
le un besito al señor Jefe de Policía. Pero parece que 
no es así. Sosteniendo dificultosamente la imagen, pare- 
cería que al hijo le ha dado por manifestar algún des- 
contento y la madre no encuentra otra didáctica demo- 
crática que agarrarlo a los sopapos. (Espérate un segun- 
do que me voy a fijar si viene la manguera y ya vuelvo 
y te la sigo). 


18 


Lo d< los sopapos, desde luego, no es más que una 
metáfora, i rqii» a hijos impetuosos como los de l 
FEUL } madres expeditivas corno la policía 1 • ■ tc» lu- 
sos admoni torios d<*l sopapo, trascienden a la leña i {a 
manguera. Procedimiento, (por otra parte y dicho v a 
muy de paso) bastante contradictorio o de reinada in 
tención represiva (como me lo hacía notar el Pulga) va 
que, primero, les dan leña para el fuego juvenil de ! ; 
protesta, y después, los apagan con el agua prepoteoñ 
de las mangueras. Los hechos de aunchi ^ tras las anuí 
gas reflexiones » qu r pueden dar lugar en este mastica i 
el chiclet de una constante inquietud que se vive c 
ponen nuevamente una reiterada evidencia. Para n • 
policía, los estudiantes no son la piel de Juda: (cor o 
tantos reaccionaria Jo pretenden) sino, tod lo c<mp i- 
rio, la piel «Ir Cristo, que es (como se sab desde la 
primera edi- íón del Nuevo Testamento) la piel más , 
tigada en toda Ja historia del hombre. Tras esa ruda 
verificación, quedémonos masticando el bolo amargi d< 
esta nueva post-guerra infanto-policial, y estimemos, I* • 
mejor que nos sea posible, esta actitud maternal de una 
policía que se aflige tanto por el orden que, en su pre- 
cura, es capaz de llegar a los mayores desórdenes. (P»ua 
terminar: el que me contó todo fue El Pulga, que salía 
de un cine y notó que algo ocurría por allá por 18 y 
Agraciada. “Tonce —me dijo— corrí a informarme de lo 
que pasaba ¿me entendés?. . . Y te juro que salí empa- 
pado de la cuestión!”. Hasta mañana, amigos. 


V- 


PROPAGANDA ELECTORAL 


J t nta, pero irremedial»! bínente, la calle nuestra, es- 
ta calle montevideano., ya bochinchna Je por sí, de na- 
turaleza, porque tenemos un ancestro municipal (diga- 
mes barullento, po que somos gritones, malgrado la tris- 
te /. i v la melancolía que nos haya atribuido Keys< i 
Iing. . . estas calles nuestra, decía, lenta pero irremedia- 
blemente va animándose más y desanimándonos, por 
consecuencia» a quienes, sin ser recibí el amen te hepáti- 
cos, vivimos con el hígado a flor de la camiseta, dicho 
M-a cun tan poca ciencia como elegancia. Un camioncito 
pm aquí, otro camioncito por allá, vestidos electoral- 
mentí con tros bastidores (dos a los costados y uno atrás) 
y «Liante, un bastidorcito frontal, especie de tiara (co- 
mo usan ahora las mocosas noveleras) y el hombre, la 
foto y el número de un proclamado. Los hay, postulan- 
tes 1 Gran Pescado Colegiado y, también, más modes- 
t • postulantes al Pescado Chico, la diputación. Por ahí 
v: • ;ui a un Grauert al Consejo Nacional, un Grauert 
achiquilinado, un Grauert bachiller cito, todavía, pero 
que es el doctor, el ministro y el candidato al Consejo 
Nacional. El candidato, por supuesto (y humanun est) 
coquetea con la foto. Y el Tito Grauert eligió ese dibu- 
jo a lápiz que lo muestra juvenil, con estampa de joven 
tribuno y con una solapa sola, que la otra, seguramente 
no se la dejó dibujar para que no supusieran, la suy \ 
una candidatura solapada, sobre todo cuando todavía 
dicen, está siendo discutida con la de Vasc medios, que 
también anda por ahí, en su respectivo camioncito, 'on- 
riéndole a las veredas ciudadanas. (Espérame un se^n.n- 
dito, que reenciendo un puchito sabroso). 


Lenta pero i rremediabl emente, como avanza una 
gripe, una eczema, un grano que fatalmente llegará a 
forúnculo, así se anima la calle y nos vamos desaniman- 
do nosotros, ante la perspectiva candombera de los pró- 
ximos días y los próximos meses. Todavía no es mucho, 
pero ya anda, al menos, ese camioncito suelto, que te 
golpea las orejas con la asamblea de esta noche o en 
la necesaria ficha ideológica de algún doctorcito m . 
vo (¿Y a este, quién lo conoce?) que se supone con lo . 
fundillos vocaeionalmente de Tinados a l'>s escaños par- 
lamentarios. Ese camioncito y otro ... y otros in;i$ que 
vendrán... que nos obligan en la calle, por dond* ca- 
minamos con el amigo, a retomar la conversación sus- 
pendida a cada rato: “¿Cómo era lo que empezaste a 
decirme antes de que cruzara el maldito camión cito 
ese?”. Ello, siempre y cuando vos vayas en sentido con- 
trario al camión, porque si te toca agarrarlos en * u min- 
ino sentido, despedite de fu amigo, aunque sigas cami- 
nando con él. EÍ camioncito va lento, no lo apura nada 
y, por el contrario, hace como que se acerca a cada 
oreja compatriota para susurrarle las virtudes de una 
nueva “alhaja” política, su breve ficha biográfica y üus 
postulados principistas, con el optimismo y la fe que 
sólo una madre tiene para su hijo. Es bueno, un pan do 
bueno (aunque eso no sea ahora un elogio, como están 
vendiendo el pan, de chico, de malo y de caro). Es bue- 
no, inteligente, demócrata, honrado, se acuesta tempra- 
no, no patea al perro, abomina toda forma de totalita- 
rismo y dobla cuidadosamente los pantalones al sacár- 
selos. Decime Juanjulio si no es para votarlo. Hasta 
mañana, amigos. 


21 


TIEMPO DE NADIE 


Es muy útil, más útil de lo que uno hubiera imagi- 
nado este tiempo intermedio, este lapso que va del 30 
de Noviembre a ese expectable Primero de Marzo, del 
que yo ya les he hablado otras veces, inclusive llamán- 
dulu Tiempo de Nadie tiempo sin dueño, por el sutil 
parecido que guarda con aquella Tierra de Nadie, aque- 
lla franja de terreno con que las naciones en guerra 
formaban algo así como un colchón neutral entre sí pa- 
ra la incruenta guerra de la paz (antes, digo, cuando 
ho fronteras eran las del mapa, porque ahora, para una 
guerra último modelo, bien sabemos que debemos con- 
siderarnos tan vecinos de Brasil, como de Alaska o Chi- 
na). No tenía una mayor función (este Tiempo de Na- 
die) antes, cuando ganaba siempre el mismo partido y 
la distancia que va del día de las elecciones a la tras- 
misión del mando era un lapso dichoso, compartido en- 
tre los que se iban (con cierto alivio y un buen seguro 
de paro) y los que llegaban, ansiosos, jarifos, dispuestos 
a gobernar, como nadie lo había hecho hasta ahora. Por 
otra parte, la base del país, la humilde y cuantiosa mer- 
za ciudadana, estaba hecha al monótono trance, tanto 
el que repetía la correligionaria victoria como el acos- 
tumbrado al agenciado sabor de la derrota; no pasaba 
nada, porque nada había cambiado, sencillamente. Aho- 
ra es otra cosa: los que se van son colorados, es cierto, 
como siempre, pero los que llegan a gobernar son los 
blancos ... y este período, entonces, este intermezzo de 
3 meses, resulta rigurosamente funcional para entonar 
el espíritu, para templar la conducta, para acondicionar 
los pulmones al Nuevo Tiempo que deberemos respirar. 
(Espérame un segundito y te lo explico mejor). 


Dejemos la Austeridad qu eta, que de . anse de tan- 
ta soba dialéctica orno le lian dado los beneficiarios 
del triunfo. En último caso sabremos (y nos alcanzará 
con la inveterada resignación que nos asiste) que los 
austeros seremos nosotros, los de este llano consumidor 
en que vivimos por modesta vocación. Estos tres meses 
sirven para otra cosa: para templar la conducta, che ya 
te lo dije antes, no sé si me estabas escuchando. ¿Cuán- 
do vas a acabar de hacer conciencia de que ahora, ñato, 
van a gobernar los blancos? Claro, uno lo dice así, con 
cierta gravedad en la voz, para ser más convincente v 
expeditivo (porque la gente no se ha hecho, todavía a 
esa idea, de tan arrumbada que la tenía en los desva- 
nes del cerebro) y, de pronto, pone cara de asustada, 
como una viejita que yo conozco (muy colorada ella) 
que me preguntaba, con cierto desganado espanto en 
la cara: “¿Decimc, m’hijo, es cierto que van a entrar 
degollando?” (pobrerita, bajo la influencia de las histo- 
rietas patrias, que diríamos). Es muy otra la instancia 
histórica que hemos de vivir, como para semejan t«-> 
aprensiones, pero. . . Y este es el pero del que ya hay 
perales en el campo de la ciudadanía. Que más le cues- 
ta ponerse “colorado” a un tímido, que ponerse “blan- 
co” a un asustado de estos tiempos novísimos de nues- 
tra política. Aquel tipo con el que protagonicé una ca- 
ricatura publicada por ahí, que la misma noche del do- 
mingo histórico ya andaba diciendo a quien se pusii a 
a escucharlo: “Yo creía que íbamos a ganar los colora- 
dos, pero ganamos los blancos”, tipifica, en alguna me- 
dida, la inquietud bastante poblada de este Tiempo de 
Nadie que transitamos. . . Si uno se fija bien, son mu- 
chos 1-os compatriotas que andan buscando raíces blan- 
cas en la genealógica política familiar o el que descu- 
bre, jubilosamente, que “él, en el fondo, siempre fu 
blanco”. Ocurre eso y sale, espontáneament< del ;di i 
. . , hasta con inocencia. Se conoce, incluso, un caso 


23 


fe un abnegado ciudadano que tuvo 
(tundo y atendió, durante un año y medio) un Club de 
a 14 y diez días antes de las elecciones, cambió carte- 
les y retratos y lo destinó a la 15, en un rapto o cora- 

tmn d sin f n C1 ñ ente “ m P r ? nsible - Bueno, pues el mismo 
P • sm ocul f ar su desazón por la derrota; decía al otro 
día de las elecciones a un amigo: “Yo no sé por que 
" n " ^endo blanco, se mete en estas cosas!”. Es des- 
pin;* de todo, gente evolucionista, práctica y con un 
sentido constructivo de la vida, quien vez de decir 
cano los de la constante moribunda: “Eh si hay que 
morir se muere , dicen, con saludable porfía- “Éh 
fS1 ha y que vivir, se vive!”. Hasta mañana, amigos. 


24 


FAMILIA OFICIAL 


Para quien sienta, realmente, la política (digo en im 
sentido comprometidamente partidario, porque la polloi- 
ca la sentimos constantemente, por más desentendidos 
que nos hagamos, porque el hombre es un ente políti- 
co, desde que lo es, también, social). . . (bu( •> pero 
salí por un paren t y fui a dar allá por Millán y Ja 

otra, sin querer). Para quien sienta la política, decía, 
esta política menuda, difícil y engorrosa, como la núes 
ti - (vaya dicho como virtud de exquisitos, que somos) 
• 1 partido debe ser, como ideal de conformación, como 
desiderátum de estructura, de unidad política. . . une 
familia. El partido debe ser una familia, si señor, v así 
lo proclama el más elemental ideal partidario. Sobre 
todo ahora, y en un escenario político como el nuestro, 
entretejido de acuerdos, arreglos, acomodos, enjuagues 
o como sea que haya, que alcanzar los fines políticos 
salvadores (porque < > tiene la política de ingrato, como 
se quejan tantos puros obligados a este juego) el partí 
tido debe ser una familia. Don Benito Nardon# (poi 
ejemplo) que en esta próxima instancia cívica inaugura 
(estrena electoralmente), unas fuerzas ganadas a favor 
de una dialéctica lanera y de pericón nacional (tairunga 
tarángai-tunga) acollaró su ruralismo reformista al re- 
formismo herrerista y allí dentro transpiró la humanísi- 
ma lucha de las candidaturas, ya fijadas en la fórmula 
prcsidencialista “Herrera-Nardone” (Por la Patria) y la 
otra fórmula colegiada “Echegoyen-Nardone” (Por Las 
Dudas). Por ahora todo está muy bien, pero . . . (Dame 
unos segundos, para ordenar la “cola” de mis pensa- 
mientos y ya vuel . . . ). 


25 

( 


Pero no alcanzaba con eso. O, en iodo caso, la o* 
peranza promisoria a que eso da lugar, exigía otras for- 
mas de organización, porque Benito solo, allá, che. . 
¡quién sabe! Así lo entendió Don Benito que (según s« 
ha informado) acaba de constituir la Departamental Re- 
formista que (como no podía ser de otro modo) lleva su 
nombre. Tengo, pues a mi alcance, el recorte de un dia- 
rio en el que se da a conocer las autoridades de la fia- 
manto Departamental Reformista “Benito Nardone” No 
los voy a citar nominalmente, sino en un sentido que 
subraye aquella saludable tendencia que les señalaba 
antes, es decir, que “el partido ha de constituir una fa- 
milia : o (como debe estar diciéndoselo algún mal pen- 
sado: la familia ha de constituir un partido (lo que, mi- 
rado al galope, viene a ser lo mismo). Es así, pues, que los 
presidentes honorarios de la Departamental Reformista 
“Benito Nardone” son un hermano de Don Benito y un 
cufiado de Don Benito. La Comisión Femenina se inte- 
gra así: presidenta, la señora esposa de Don Benito, y 
vice una hermana de Don Benito; y como vocales: una 
hermana de Don Benito, otra hermana de Don Benito, 
otra hermana de don Benito y, aínda, otra hermana de 
don Benito, completando la lista de vocales, una cuña- 
da de Don Benito. Y cierran el cuadro de autoridades 
departamentales, pues . . . tres cuñados de Don Benit< 
esposos de las hermanas de don Benito, ya citadas. El 
momento que vivimos lo exigía y si la cohesión partida- 
ria reclama un régimen familiar de convivencia, nada 
mejor que la propia familia que ya tiene esa noble ta- 
rea afectiva resuelta. Nadie que no sea un capcioso de 
las intenciones humanas puede pensar mal de ello. A 
mi, tal vez, me aflige más el destino doméstico de esta 
nueva agrupación política, nacida demasiado “a pecho'* 
de .‘quello de que “el partido debe terminar siendo una 


26 






familia porque la historia del país nos cuenta algún 
caso de "familia que ha terminado en dos partidos” v un 
desdichado escombro nacional. Pero eso no es cosa mía. 
Hasta mañana, amigos. 


27 


LA DESAPARICION DE EL PULGA 


Voy a pedirles este lunes, que tiene algo de rim <>„ 
recogido de la semana, de tramo aún no inaugurado dL 

«W -1- ha deSS". 

■ ‘ , inmoles mas o menos felices, este lunes que 

m ustedes quieren puede ser un espacio de nadie (y\o 
preciso que noy lo quieran). . . voy a pedirles este lunes 
paia una emoción propia, muy íntima, pero que puede 
V Pretende alcanzar la de ustedes. No va a significar un 
dlfl ^ lt de tan constable volumen para el oyente, si esta 

io V ’ T fP, acio ’ c l ue ha bitualmente se inaugura ba- 
jo el rubro (admito que discutible) de “la gracia v el 
ingenio de Peloduro”, declina esas presunta? virtudes 
paia dejar palpitar una constancia sentimental a la cine 
los propios Pelcduro y El Pulga me instan con la ?? 

gestosVmiT de SUS derechos sobre mi palabra, mis 
gestos y ñus mismas emociones. Un amigo ‘conocido de 

unos cantos de ustedes, desconocido de muchSmos 

doVe?afflrrr° de r grey caiada 

luce un me d C0 pe n° dlsta ~ el canillismo-, tomó 
religiones aun P í a r T n Merminable T» todas las 

Mayo y J u nca| 0 ‘Sa"m'” y'"™ par^mí"'")" 3 'H 25 

/Ttxf Pulga ' ^ ,e 

Las paredes de ese sector de la ciudad vieja han de 


28 


guardar todavía, y por mucho tiempo, protegiéndola de 
los ruidos despiadados del tráfico, la voz de Eusel 
Codesal, cascuda por 40 inviernos cumplidos en el ofi- 
cio de vocear los títulos de nuestra prensa. A los trece 
años había ganado la callé, para esa función de gorrión 
laborioso del canillita de entonces y fue de los que sos- 
tuvieron la dignidad del oficio, hasta llevarlo a una 
suerte de porte señorial con el que entró (hacía muy 
poco tiempo) airoso, la cabeza levantada V el tos 
enhiesto, a su nueva y para él inconcebible condición 
de jubilado. Sí, Eusebio Codesal era el Pulga. No en la 
rigurosa y superficial coincidencia anecdotaria úmuque 
una vez me protestó derechos de autoría sobre el tema 
de una historieta en la que él y el Pulga paree. n hubcr 
tenido la misma ocurrencia) sino en algo más profund'* 
e indefinible que nacía, sí, (o más bien se reflejaba) en 
el parecido físico, pero que tenía su entraña en una 
más íntima naturaleza. Tal vez en esos gestos del alma 
que los ojos no saben ver si no están enfocados por la 
amistad y, hasta diría, por la bellísima costumbn d<- 
una amistad. Por todo esto, amigos, es que yo les pedía 
este lunes para hablarles de Eusebio, El Periodista, que 
cada fin de año cometía la “humorosa” gentileza de ? - 
partir almanaques con la impresa constancia de su “ s 
tablecimiento comercial de venta de papeles con Mras”, 
revalidando destinos con quienes venden alpargatas, trac- 
tores o automóviles, que tal era el melancólico sentido 
del humor de Codesal, el Pulga aquel que hace un mes 
se despidió de nosotros y, sin diarios bajo el brazo, to- 
mó por una calle larga, interminablemente larga v em- 
pinada, tal vez a hacer toser a las nubes con el humo 
de su irrenunciable toscano. 


29 


DÍA DE LOS INOCENTES 


Mañana es 25 de diciembre. (No, no me sirva* na- 
da por la noticia, porque el chocolate me patea d Híga- 
do). Quiero decir (aunque también sva noticia iiaml - 
de unos cuantos siglos) que mañana es el Día d< los 
Inocentes, consagración que, dicho sea de paso, se ha 
visto muy alterada en el curso del tiempo, desde la tris 
te degoll.i ón hasta estos días, en que los inocentes han 
m".' ¡iado tanto como la misma inocencia. Pero dejemos 
la historia (ponda por ahí, nomás, cuidado no vayas a 
volcar la cerveza) y atengámonos a esta actualidad que 
\ i vimos, que estamos obligados a vivir, con todos los 
ganchos abiertos y un “guambia” constante en el alma. 
El hombre había tomado este día de mañana (no era 
* .u stión de pasarse los siglos llorando por aquellos pibe 
degollados, sobre todo cuando siempre siguió habiendo 
degollados), el hombre había tomado, decía, este día de 
mañana, para un juego que se hizo tradición del pillín 
nato: Hacer caer en una inocentada (que le dicen) a un 
semejante candidato. “Mirá, che, lo que se te cayó!”, y 
cuando el . ícente crédulo se daba vuelta para ver qué 
era lo que se le había caído, el pillín soltaba una risa de 
choclos, diciendo: “¡Que la inocencia te valga!”. Claro que 
no todos caían, porque la desconfianza es tan antigua 
< orno la inocencia, y había quienes salían de su casa sa- 
biéndoselas todas y diciéndose: ¡A mí me van a agarrar 
si son brujos!. . que fue en un caso así cuando el Pepe 
Porciuncula llegó a la casa arrastrando la cadena y sin 
el perro, que él no quiso creer (toma que lo iban a aga- 
rrar) cuando le dijeron que se lo estaban robando. (. . .) 


Pero estos ya son otros tiempos y hoy la inocencia 


30 


t.>ú tan escasa como la carne, la fruta seca \ lo> tnun- 
l(i:. celestes. Hoy nadie pierde el tiempo . (como i" sea 
un tozudo tradidonalista, que empii'/a por ser mi pro- 
pio inocent . ■) hov nadie pierde el tú mpo en tentar hacer 
caer a nada en una inocentada. Claro que. . . (bueno 
me estoy refiriendo a la tradición del día de mañat .i . . 
Porque no se ine escapa que todos los días acrece la 
lista de víctimas de Cuentos del Tío, ejercido del inge- 
nio humano que no se ajusta a normas de tradición bí- 
blica y se practica, sin prejuicios de almanaque ni dis- 
criminación santoral alguna, cualquier día del año en 
que un inocente que se siente el púa de la oportunidad, 
entra por comprar una máquina de hacer billetes, un 
ómnibus para trabajarlo por su cuenta, el monunu oto 
al Gaucho para ponerlo en el fondito de la casa, •> tan 
tas pichinchas de la ambición humana. En todo <.im> 
(ahora me dov cuenta) todo cuanto podríamos doe.ii «. v 
que si acabaron los inocentes del Día de los Inocentes 
1 > im . ates del 28 de diciembre, pero inocentes que 
( i,m , para los restantes 364 días del año. particu > 
mente (ahora se me ocurre), para esa instancia c 
ciudadanía en que los candidatos hablan y prometen y 
lab credenciales escuchan, se conmueven y creen, con 
lo que no estaría mal (al menos en este país) qu , en 
lugar del 28 de diciembre, fuera el último domingo de 
noviembre de cada 4 años el consagrado como el Día 
de los Inocentes. Aunque después se pasen todo el ej 1 i 
cicio con "que la inocencia les valga . Hasta el lunes, 
amigos. 


31 


f 


LA LEY DE AUTOS BARATOS 


Bien cierto es que nosotros, los comentaristas de ra- 
dio, hemos menester un automóvil, como lo han menes- 
ter los médicos y como lo hubieran menester otras su- 
Iridas profesiones. Nada nos costaría, a los comentaris- 
tas de radio, demostrar que el automóvil constituye, en 
cierta medida una herramienta de trabajo profesional, 
con el sudoroso ingenio con [ue nos las arreglamos pa- 
ra venir todas las noches a hablarles desde el micrófo- 
no, tengamos o no tengamos algo que decir. Si eso ha- 
ce) nos diariamente, espulgándonos el buñuelo cerebral 
para justificar cinco minutos en el uso de la palabra, 
seguro que somos capaces de demostrar, por A más B 
(r ' decir, sumando vitaminas, como decía el Pulga) que 
el automóvil es una exigencia vital de nuestro oficia 
Pero no. Yo, al menos, no pienso entrar en esos trámites 
de maquiavelismo dialéctico, sobre tocio porque eso es 
e ría fuera de los planes morales con que me lancé a la 
vicia por allá por 1909. (Dejate de sacar cuentas con los 
dedos ¿querés?). Yo recuerdo haberme dicho, cuando 
era chico: “Voy a ser un ciudadano recto, probo, ejem- 
plar, sacrificado, como un servidor de la patria, como. . . 
(ya clausuradas las luchas por la independencia y las 
otras, institucionales) como. . . como un diputado na- 
cional'" (investidura que, yo no se por qué, me impresio- 
nó, de chico, más aún que la de Presidente de la Repii- 
blica). Un diputado nacional, che, es un diputado na- 
cional. No quiero decir lo que me dolió de grande, co- 
nocer personalmente un diputado nacional. Dicho sea, 
salvando honrosísimas excepciones, (este es el momento 
» i que el 100% c de los diputados que me escucharan, se 


32 


Auto-exceptuarían) y en honor a mi supina inocencia, 
(m) te \ ayas lejos. . .) 


La cosa es que nosotros, los comentaristas de radio 
rstniT 1 s sin aut . (Eso rio importa mucho). También los 
módicos. (Esto ya importa bastante). Pero los proceres 
vigentes de mi idolatría pu ril, los señores diputados n i- 
< i onales, que se votar - su propia ley con sobreeogedo- 
ta auto-ternura, ya tienen felizmente vencidos los dos 
años de su primer colachata y procuran el segundo, los 
que no los tienen ya con la llanta flamante sobre las ca- 
lles de Montevideo. Esto, así, sencillamente, ya te pone 
l.i carne de gallina (o de pollo o de gallo viejo, según 
seas) pero ¿cómo se te pondrá la piel, cuando te enteros 
(según versión muy responsable) que estos fuero# par- 
lamentarios sirvieron a muchos diputados y senadores 
pura una ventajosa combinación con algunos importa- 
dores, de quienes recibieron el primer automóvil sin tí* - 
¿embolso alguno de dinero y a la sola firma de un con- 
forme a un plazo de dos años?. . . ¿Y que, entonces, si 
te enterás que la compra-venta incluiría, además, el r >111- 
promiso del legislador de adquirir su segundo colachata, 
al vencimiento legal de dos años, para entregar el pri- 
mero al importador, sin cargo alguno para éste y contra 
la simple devolución de los conformes? . . . La opera- 
ción, se asegura, permitiría a algunos padres de esta pa- 
tria quedarse con un “último modelo gratis, al tiempo 
que los importadores lucrarían sobre el otro, con poco 
uso, importado por vías de excepción y en ancas de la 
ley franquicia. ¿Qué me decís, Juan julio?. . . Vos, que 
no podías dormirte aquella noche que involuntariamen- 
te te quedaste con un vuelto de más y al otro día madru- 
gaste para ir a devolverlo porque. . . “querías ser un 
1 iudadano recto, probo, ejemplar, sacrificado, como to- 


33 


do un 
gelito, 
mala ; 


diputado nacional”. . . (Bueno, anda a dormir, an- 

t mima) ^HV 1 6 °~ ® anas ^ cualquier cosa 11a- 
i mama;. iria.;ta manana, amigos. 


34 


EL VINTEN 


Juro no tener ni un vintén de ganas de hablar est-j 
noche. Ya ven ustedes que, al menos, todavía al vinh n 
le resta un uso dialéctico, expresivo. El último t u '<> 
que uno tiene del vintén, lo vincula al boleto del trans- 
porte, como apéndice de las diez guitas para el cambio 
justo, exacto, que las mujeres se preocupaban de apar- 
tar en la esquina, antes de que llegara el ómnibus, c • 
do abrían el monedero (desde luego que con los enantes 
puestos) extraían los doce justitos, cerraban, monedero 
y cartera, y con los niquelcitos bien apretados en la ma- 
no, aguardaban el de la línea, ese que nunca llega. Cla- 
ro que con la mano insensibilizada por el guante, cuan- 
do el ómnibus llegaba y ellas ascendían, se daban cuen- 
ta de que el vintén se les había escurrido y había que 
volver a abrir la cartera y el monedero y pagar con un 
papel de a peso. Ese es el último recuerdo del vintén 
militante que se tiene. Muerto ese subalterno destino 
de apéndice del real en el ómnibus, murió, tambi n, de- 
finitivamente, el vintén. Los vamos dejando por !lí y 
ellos, solitos, irán poco a poco metiéndose en ese ce- 
menterio de las monedas del Banco de la República. 
Contándose, tal vez, nostalgiosamente, la época aquella 
en que eran cambiados por una caña bien habanera, so- 
bre un noble estaño ... la caña esa que hoy te la sirven 
sobre un mármol de morgue y que tiene ese rico gus- 
bto a mmm... ácido fénico. (Espérame un vintén d< 
tiempo, que enseguida vuelvo y te la sigo.) 

Repito no tener ni un vintén de gana de habí .ir es- 
ta noche. Cierto es que la época en que la caña valía 
un vintén, yo ni la pellizqué, siquiera. Yo, apenas al- 


35 


I 


< mee, un raülo nomás, la época en que costaba un me- 
dio, aquellos tiempos en que los de mi edad empeza- 
mos una absurda per< incontenible campaña de oposi- 
ción sistemática al hígado, contrnporánea de un ro- 
j .anticismo ya declinante, época de poetas anarco-bat- 
1 islas y pintores planistas con patillas precurso-existcn- 
' alistas, que, probablemente, tomaban una sopa también 
poi dos vintenes y medio. Luego el vintén sobrevivió en 
‘1 precio de la caja de fósforos, que entonces se esfor- 
zaban y competían estimulantemente en cuál traía un 
"" or pensamiento de Salterain o Rodó, antes de estos 
insulsos consejos odontológicos de hoy y que traían una 
imita para que, luego de abierta, la cajita interior se 
fuera 1 1 para adentro, hasta que vino la guerra y le 
supiimieron la gomita y ahora el pobre oonsumiclor tie- 
ne que hacer el esfuerzo de empujarla, aumentando la 
absurda cuota de sudores inútiles del género humano 
cuando ya la ciencia le había ahorrado ese. Todas éstas, 
caros amigos, son relaciones históricas que adornan la 
existencia social del vintén, que acaba de clausurar su 
cometido en esta vida, con motivo del aumento del bo- 
Wo, su último y más subalterno destino. Hoy, un vin- 
t n puede pasarse los años tirado en la puerta de una 
escuela, sin peligro de que ningún pulguita con moña y 
túnica se agache a recogerlo. Esa ha de ser, sin duda, 
Ja humillación más decorosa que el pobre vintén se lle- 
ve de esta vida. Es para consuelo postumo de su digni- 
dad que le di cargo dialéctico en este, su propio res- 
ponso: Juro no tener ni un vintén de ganas de hablar. 
Hasta mañana, amigos. 


36 


CAMBIOS EN LA ESTATUARIA 


El hecho (según se ha dado noticia) tiene alguna 
importancia más que el de un cambio de lugar i 1 
muebles de una casa, digamos, cuando a la patrona que 
tiene su módica acepción del ‘"Reformarse es Vivir ) so 
le ocurre: “¿Qué te parece, viejo, si sacamos la cód'-»!.* 
de acá y la llevamos a aquel rincón, y aquí ponemos la 
butaca con la mcsita que tiene el negrito con la palo- 
ma?”. . . Bueno, ese clásico cambio con que la tipa (pi r- 
don: la señoia) remienda el trillado paisaje interior del 
hogar. Lo que ahora se anuncia es, también, un canil; i ) 
de lugar en el más amplio paisaje del hogar ciudadano 
y la o< urc-i.eia debe ser de la propia doña C • urna a 
la que le dio i fin v en buena hora!) por sacar del pro- 
vi' 1 dato al Colmo d del Vcrrocchio y traer al Dav'd d 
Miguel Angel a su propia explanada. Al David lo trajV- 
ron (ya ni me acuerdo cuántos años ha) y lo ubica; un 
donde hasta hoy se le puede semi-ver en el cruce de 
Jackson y Rivera. Digo semi-ver, con absoluta propie- 
dad, porque al pobre lo colocaron casi recostado a una 
presuntuosa pared cóncava de mármol que tiene (alen- 
tada por la impúdica desnudez del adolescen toda la 
apariencia de un cuarto de baño de Laviére, Vita< i y ni 
Otro. Al Colleoni lo pusieron (ustedes saben) en una 
esquina de la explanada municipal, entre cuotr árho 
les que no lo dejan ver y en una esquina donde, si que- 
res verlo de frente será postumamente, porque en fija 
que te agarra un ómnibus. (...) 

Ahora se habla de que al Cotice* lo llevarán al 
cantero central del Bulevar Artigas, (rente a la V. • ul- 
i : l de Arquitectura, sacándolo de donde ya había em- 


37 


pezado a trabar una peligrosa amistad con el Gaucho 
(peligrosa para nuestro Gaucho, desde luego, a cuyo sa- 
no prestigio de guerrero leal y desinteresado, pudo ha- 
cer mucho mal las historias forzosamente cínicas del 
condottiero mercenario que guerreaba a contrato y con 
premio estímulo y todo). Y al David de “Miquelányck ’ 
(como dije) lo dejarán ver, al fin, todo a la redonda, 
quil ándolo de esa absurda penitencia mamiolaria que 
hac i í.n orar (¡vaya pudor al 50%!) las desn- deces de 
su otro hemisferio. Esta ubicación se me ocurre, parti- 
cularmente, la más plausible. El palacio municipal guar- 
da, durarnos, cierta concomitancia con el David. El jo- 
• -ii del Renacimiento, cuya desnudez ha recobrado ya, 
felizmt rite, su exclusivo carácter artístico, abolida por 
fu rza de la costumbre, la novelería traviesa de nuestra 
gente, va a decorar, al fin y al cabo, a un colega en 
nudismo: el Palacio que hasta ahora se resistió a vestir 
se con el revoque que suele cubrir la desnudez de otr<- 
edif icios. Con el agregado (fíjate un poco lo que es po- 
nerse a sutilizar) de que es allí, precisamente, donde en 
frecuentes mítines gremiales y políticos se pretende, al 
menos, mostrar la verdad desnuda. ¡Pero, a no alarmarse 
que el David, al fin y al cabo, es de inconmovible bron- 
ce! . . . Hasta mañana, amigos. 


AÑO NUEVO 


Los años, todos los años, por propio fatalismo cons- 
titucional, tienen los días contados. Este, de 1958, que 
hemos vivido hasta con alguna excepcionalidad histó- 
rica, tiene ya hasta las horas contadas. Los minutos. Al 
cabo de dos rondas completas del minutero, este año 
que todavía pisamos se habrá ido al obol de los recuer- 
dos (si es que alguien quiere memorarlo) y estaremos, 
entonces, transitando 1959, tan animosos como siem- 
pre . . . Porque si es cierto que los años se acaban, no 
ocurre lo mismo (a Dios gracias y el vuelto para la vir- 
gen, como suele decir Marietta Caramba) no ocurre lo 
mismo con la esperanza, la espreanza es felizmente por- 
fiada y sobrevive (debe sobrevivir) a todas las decepcio- 
nes, malgré los matices que recorremos, transitando del 
optimismo al pesimismo, en el curso de cada almana- 
que. El hombre tendrá esperanzas, mientras este de píe 
sobre el tiempo. Y tiempo tiene el hombre, por delante. 
Sin violencia alguna (como no sean las de la propia fan- 
tasía con que el hombre adornó el tránsito) pasaremos 
de un año al otro, seguros de que al quitar el pie de 
1958, podremos apoyarlo, sin aprensión alguna, que he- 
mos de encontrar el terreno de 1959, dispuesto a acoger- 
nos. [Sólo un sueño neurótico pudo hacemos, alguna vez, 
temer el vacío del tiempo, esa Nada tremenda, que solo 
pensarla nos sobrecoge!... ¡Que llegáramos, (por ejem- 
plo) que llegáramos al borde del año, al borde del últi- 
mo segundo del último minuto del año, y no estuviera el 
otro, el año nuevo, pronto a recibimos! ¡Que no hubie- 
ra nada (qué espantoso, che, las cosas que se me ocu- 


39 




y i 5 n a un pf pi ' siglos nt 

nvo:' ¡ iCspaii >> -h rspaiit^so! 'Espérate que m- voy 
a reponer con un buche de agua y. . .) 


Pero no hay por qué temer y esto es pura especula- 
ción de quien tiene que venir a decirles "Feliz Año Nue- 
vo” en un espiche de cinco minutos. Nada hay que te- 
mer porque esa provisión está más allá de las atribu cio- 
m s del hombre y, por ende, fuera de las responsabili- 
dades del gobierno. Yo se que algún opositor (de los que 
hoy va están limpiándose las suelas de los zapatos en 
ei f( ipudo del neo-oficialisn < >; algún opositor de es. s 
habrá pensado, alguna vez, lo que sería, si, por ejemplo, 
i uda nuevo año para uso de la república, hubiera que 

• l;il raijo por las vías de la administración nacional. Si 
cada p us tuviera que arreglarse con su propio año, pro- 
ducido por sí misma. Pasaría (piensa el tino, estoy se- 
guio) pasaría como con las papas. Estaría n >s a esta al- 
tura de un agonizante diciembre y todavía no tendría- 
mos ni asomo del Año Nuevo, necesario para seguir en 
la historia. A último momento, por gestiones urgidas por 
la situación, estaríamos gestionando, desesperadamente, 
la importación de un Año Nuevo que pudo haberle so- 
brado a Holanda, por ejemplo, que es tan previsora. Pe- 
ro se cursarían cables dramáticos, en los que se nos di- 
ría que aquel gobierno está dispuesto a vendemos un 
jfío, pero que no estará pronto hasta la segunda quince- 
na de enero. Y entonces los orientales nos veríamos con- 
denados a sentarnos, todos apretados, en los últimos días 
de diciembre (que no los podríamos tirar, desde luego. 

• ti fondo del pasado) a esperar ese Año Nuevo que nos 
mandarían de Holanda. Tal vez intervinieran los EE.UU. 
(en generosa práctica panamericanista) prestándonos tre- 
meses viejos, para que fuéramos tirando, mientras nos 


40 


— 

\ !i« gaba el Año Nuevo. Pero esto no es más que fant asía 
firle una oposición ya fuera de curso. Hay Año Nuev ), 
amigos, y, por él, íes mando desde aquí un vale de fe- 
licidad por doce meses, a contar de la fecha. ¡Hasta el 
año que viene, amigos! 



41 


LLEGARON LOS BLANCOS 


El 1 arfado Nacional (el Partido Macho, según una 

dZrT<¿ en , f Ca auto 'P rocIama ción) se dispone, para 
í t° r de relativamente pocas horas, a hacerse cargo 
de la Cosa Publica. La Cosa Pública, como ustedes ya 
lo saben por propia información cívica, es eso que dada 
T' circunstancias de orden interno y externo, hemos da- 
' n . amar q u e coshita”, sin que ello implique me- 
nosprecio alguno para la significación de nuestra Ad- 
,tiacion Publica, lodo lo contrario, “qué cosita” im- 
plica como un temblor dialéctico de la pajarilla ante I . 
s.gmhcactó,, y, mismos digamos, ia impoLnd» "Ó „„ 
parato sobrecogedor, de complicada función y de muv 
íti meado manejo. No sabemos (nadie puede saberlo to- 
davía desde que parece que no lo saben ellos mismos^ 
como habían de disponerse los blancos para emprender 
a tarca. Porque los Harrees, unidos pre-ckcdoXmem 
te bajo un lema que Ies dio el triunfo, unidos ayer post- 
eleccionariamente en un mitin de ponderable significa- 
ción numérica, para festejar la victoria, no se entienden 

riemo mbar§0, Para k ex P editividad de gobernar. Al ex- 
k cot,W' Un0> Ta ya había em P ezado por fuerza de 
Man°í P arPdaria ’ a sent irse blanco (nosotros los 

va r 3 r a ' aqUI> nOSO LT S los blailcos P a,a allá) uno 

sentie bL COm ° “ Ser blaDC °’ ^ ué es ser bIanco > cómo 
rrewÜ b • “ «quiera, en esta discriminada gama co- 

aptCdeVd’ an °ri Che ¿- tUVe k P— u P ación g de Le" 

explanada Í 1 de h ' storia q ue d¡ ctó Vignale en la 

pe?ono Seo n a . es0s , 93 años de calvario blanco 

fes sirva df n? V ^ SirVa de mucho - Como creo que 
les snva de mucho, tampoco, a ellos, dicho sea de paso 


42 




Porque ahora, mi viejo, la cosa es gobernar. Y g- 
hernar, digámoslo -n la más sobada de las expresión-, 
populares, no es moco’e pavo. El llano, !< pues d' to- 
do, es un medio tranquilo, apacible y hasta protegido 
por las propias alturas del poder. Llegado el convuel 
al cabo de llorar lo que había que llorar luego de aqu 
lio de 1860 y pico, el partido se acondicionó a la estira* 1 
circunstancia histórica y la vivió en las últimas décad;» 
(vaya si la vivió) hasta con cierta felicidad! ¡Cuántas v¡ 
ces llegó uno a pensar que (historia aparte) el llano y 
la oposición eran después de todo, el mejor negocio po- 
lítico de Herrera!... Y ahora la Historia, traviesa co fli«» 
ella sola, sin avisarles siquiera (porque estamos todos <L 
acuerdo en que si la derrota desmayó a los colorados, 
la victoria desmayó, también, a los blancos) los llevó < 
esta cruda responsabilidad de gobernar. Es bravo, pelia- 
gudo, sin duda, este brusco cambio de mano. Van .1 
tener que entrar disculpándose, como esos payadores 
que hace mucho que no agarran una guitarra. Y es qn< 
va mucho de una situación a otra. Les ha tocado gober- 
nar y van a tener que hacerlo (personalmente, y como 
un deber patriótico que César Batlle y yo nos impone- 
mos, deseo, sinceramente, que puedan hacerlo). Pero és- 
te es otro y más peliagudo cantar. Como cuando hemos 
estado (por decirlo en forma de parábola, a las que Sin 
afecto, ya lo habrán notado ustedes) como cuando lie- 
mos estado cortándonos las uñas de la mano izquierda 
con la mano derecha y nos toca, de pronto, la operación 
inversa: cortarnos las uñas de la mano derecha con ! 
mano izquierda. [Ahí te quiero ver escopeta! Palabra q* 
yo no saldría de la oposición ni para comprar fósforos 
(digo, si yo fuera un partido político). Hasta mañana, 
amigos. 


43 


TURISMO 


Bien. Hemos empezado a recobrar hoy, por lo me- 
nc ■■ cierto aspecto cíe la normalidad. Si más de medio 
Montevideo se había ido afuera (como lo afirman las 

^ as estadísticas policiales) y media campaña se nos 
volcado en ia capital, ambas corrientes ele turís- 
tica migración han vuelto a cruzarse y éste es el mo- 
mento en que (por decirlo simbólicamente) la mitad del 
! ais s está quitando las alpargatas para volver a cal- 
los zapatos, mientras la otra canaria mitad se está 
1 1*' 1 ando los zapatos para volver a * i v.-.sar los nísperos 
■ n la cómoda alpargata. Las fichas aboríge ¡ s han vuel- 
tv a sus respectivos destinos y hov puede decir 

: • • Ho - onoce ya “presque” oficialmeñt. ) que re- ó , 

• mpieza el año. El juicio no quiere ya (digamos, por otra 
p¡"tp. que un juicio bastante libcralongo) el juicio no 
- (no admite o no encuentra, ya, más pretextos) 
para otras postergaciones. Ahora empezó la cosa. Para 
¡ tjor reintegración a la normalidad (para la que es pre- 
- ím), también, una recuperación de la intimidad nacio- 
nal) se han mandado a mudar, también, las visitas: ésa 
comercial y afectivamente dichosa porteñada que ani- 
maba la avenida con señoras con pantalones y pancetas 
cal os con la camisa afuera, que nos han llevado todo 
e von ’ dacron, el orlón, el pantacrón, el camelón, 
e ~ sarampión que había en plaza (hasta el que había en 
plaza Independencia, hasta donde nuestro comerc ex- 
tendió sus mostradores). Y para que nuestra normulidud 
nos tuera recobrada en su más amplia acepción, h* . os 
de nuevo, frente a la peliaguda crisis política que es. ya, 
por otra parte, nuestro modtts vivendi institucional. 


44 


Ya, pues, no nos falta nada, ningún detalle, para 
que nos sintamos los mismos de siempre y podamos r 
<onsecuencia) empezar el año. Tal vez fuera recién mio- 
ja que debiéramos salir a la calle a desearnos “feliz año 
nuevo”, palmotearnos los omóplatos y a paparnos algu- 
nos buches de mala sidra, aunque ello (ahora me doy 
cuenta) nos forzaría a una nueva postergación para dor- 
mir la correspondiente “mona” y nos iríamos hasta ma- 
yo o junio, entre pitos y flautas festivaleros. Dejémo lo 
a vi. Hoy empieza el año, pero sin jolgorio. Mejor, toda- 
\ , si nos ponemos neurasténicos, aprensivos o musan- 
Vé físicos. Después de todo, motivos no nos faltan para 
estarlo. Tenem un gobierno que no tenemos, porque 
par -e que t n viembre triunfó un partido que no exis- 
ta (P >r lo menos, algo de esto es lo que la inocente 
cí - lidanía extrae de los hechos “de notoriedad”). Esa 
nism i ciudadanía que hoy, rascándose, todavía, las ca- 
nillas y doliéndose de la renovada tortura de los zapa- 
tos, espera, sentada en el cordón de la vereda del des- 
concierto, lo que los proceres políticos de la Gran Po- 
mada Nacional deciden. Estamos, pues, totalmente rein- 
tegrados a la normalidad. Es decir, a la normal anorma- 
lidad que ya es un estilo nacional. Pónete cómodo, Juan- 
julio. Hasta mañana, amigos. 



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HERRERA 


Suele ocurrimos, en nuestro oficio de periodistas, 
situaciones que, como la que vivo en este momento, com- 
prometen la comodidad profesional (digamos) de nues- 
tro trabajo o que, en algún sentido, que no interesa 
definir ahora, afectan la tesitura con que, diariamente, 
.alimos (al papel o al aire) para decir k> que nos parece 
que debemos decir sobre este o aquel motivo relevante 
de la actualidad. Perc, justamente, porque nuestra cons- 
tante preocupación incide, indeclinablemente, sobre la 
actualidad, no nos es posible rehusarnos a ella en las 
circunstancias en que esa actualidad se nos presenta in- 
grata v la relevancia del hecho, tantas veces pasajero y 
fugaz, cobra caracteres históricos. Ustedes infieren ya 
(lo supongo) que me estoy refiriendo a la desaparición 
del Dr. Luis Alberto Herrera. Toda la prensa de hoy, 
en el discriminable tono que cabe a las diferencias po- 
líticas que matizan esta historia contemporánea de nues- 
tro destino nacional, se ha ocupado del acontecimiento. 
Los de más distante o encontrada posición política e 
ideológica, resignan la actitud combativa para extraer, 
de esa vida pasionalmente vivida, aquellas indudables 
virtudes que, forzosamente, hubieron de asistirle para, 
en cincuenta años de vida pública y batalladora, alcan- 
zar la posición de líder controvertido, pero nunca des- 
plazado, con que lo encuentra la muerte. Esa muerte que 
lo sorprende en el más fragoroso instante de su vida, tras 
un triunfo político largamente esperado, que, justamente 
cuando dejaba el gobierno, le atribuía (por designio de 
un estilo político personalísimo) la mayor gravitación 
nacional que nunca pudo haber alcanzado. 


46 


Hablaba yo, recién, de la afección de una tesitura y 
no me refería, e\< lusivamente, a la que pudieran deter- 
minar las discrepancias de índole política, que en mi 
caso (aunque existan) no cabe señalarlas, porque no re- 
presento nada en el campo especulativo de la política. 
Es que en casos así, de nuestro oficio, se compromete. 
También, el propio acento de nuestra cotidiana expresión. 
Quienes hacemos (o pretendemos hacer) humorismo y en 
t al sentido componemos (en la palabra o en la carica- 
tura) nuestra reacción ante las cosas y los hechos de es- 
ta vida, no podemos hoy (por razones de solemnida . y 
buen gusto) porfiar ese estilo, aun cuando fuéramos ca- 
paces de hacerlo para el comentario de nuestra propia 
muerte, como lo hacemos, siempre, para el comentario 
de nuestro propio destino. Esta como justificación de 
un postergado (transitoriamente postergado) acento, pre- 
tende situarme, esta noche, ante ustedes y, si no para 
usarla, al menos séame posible mentar la herramienta 
de ese humor transferido, al recordar que el Dr. Herre- 
ra, (hombre con amplísimo sentido del humor) fue, en 
tan larga como agitada vida de combativo caudillo, una 
constante fuente de materia prima para nosotros, los ca- 
ricaturistas. Ya que la dolorosa oportunidad lo impone, 
diga uno, al menos, para los posible oídos de una pos- 
teridad recién inaugurada, que en aquella porfiada ac- 
titud humorística (gráfica u oral) con que garabateamos 
la vida, del Viejo, hubo siempre la honrada intención 
con que sabemos animar (nosotros también, sí, los cari- 
caturistas) nuestras responsabilidades de ciudadanos. Ya 
no ha de estar su figura (que todos resolvimos socarrona 
y traviesa) en ese pequeño escenario de tres columnas 
de nuestras caricaturas, pero nos queda un elenco dis- 
puesto y la vida, todavía, por delante. Esa vida que él 
peleó hasta el último instante, luchando, de pie, contra 


47 




la muerte, como si la muerte pudiera haber sido un mal 
“acuerdo” hecho a sus espaldas. Así (genio y figura) si 
me ocurre fijar, esta noche, su indudable grandeza de 
luchador. Hasta el lunes, amigos. 


L 


48 


FIDEL 


De pronto irrumpe, no voy a decir como la espe- 
ranza, porque la esperanza es algo inmanente en el hom- 
bre, que está en la esencia de su ser, y no estaríamos 
respirando, saludando a la gente en la calle, sonándo- 
nos la nariz con confiada suficiencia sanitaria, ni esta- 
ríamos siendo y pareciendo honrados a la luz del sol o 
de la mantilla, si no conserváramos, como los pulmo- 
nes, los antibióticos propios del organismo y un arrai- 
gado sentido de la decencia y del deber social ... si no 
conserváramos, decía, la esperanza. Les estoy hablando, 
amigos, de ese barbudo de tan sencilla grandeza, que 
se llama Fidel Castro, que estuvo entre nosotros y habló 
({vaya si habló!) y dijo (¡vaya si dijo!) unas cuantas cosas 
Que tenía que decir, y se marchó, esta tarde, de vuelta 
fl su propia patria, a su propia esperanza. De pronto 
irrumpe, decía, no, entonces, como la esperanza, pero 
como la confianza, que es, sin duda, el asiento “sine- 
qua-non’ de aquella. La esperanza se la tiene, tal vez, 
lanía más que soñando. La confianza, en cambio, sólo 
Sr ‘ la tiene actuando y haciendo. Ése, el de la confianza, 
es el sentido en que Fidel Castro revitalizó la esperanza 
ar ericana. Y hete aquí que, de pronto, irrumpen entre 
nosotros, como irrumpieron (no hace tanto tiempo) entre 
los mismos cubanos compatriotas, las barbas y el prestigio 
crecidos en el propio sacrificio, en el propio riesgo, co- 
crecían, al mismo tiempo las barbas y e 1 prestigio 
*1°! pueblo cubano que lo acompañó en la tarea (¡qué 
Sicilia parece ahora!) de voltear a un tirano y proel a- 
í,iar , sostener y ponerse a realizar, tres, cuatro o cinco 
verdades que son (al menos debieron ser) el “ajó tan 
1/oeo escuchado en esta niñez democrática americana. 


49 


s 


De pronto irrumpe (decía) por- ¿y i va - la precisa 
sensación de Li prestancia de Fidel Castro, tan « • aqn 
para nosotros, como para esa América que <1 descubrió 
en Cuba con las carabelas románticas de la audacia, el 
patriotismo y una sencilla pero porfiada honradez po- 
lítica. De pronto irrumpe, decía, porque así fue que en- 
tró en Cuba, con 80 hombres, como ahora entra con 
Cuba en Latino América, siempre con poco detrás (si 
poco pueden ser 80 hombres valientes y honestos, si po- 
co puede ser una isla sufrida y valiente como Cuba) . . . 
como ahora entra, decía, en Latino América, con una 
campera presuntamente militar, abierto el cuello, con- 
decorado el gesto con una barba que ya ha de cultivar 
cariñosamente, a decir (no importa si lo llamaron, si lo 
esperaban) a decir tres, cuatro o cinco verdades tan ele- 
mentales como la misma justicia tan a menudo procla- 
mada, como la misma justicia tan frecuentemente trai- 
cionada en las conferencias internacionales. Esa (con su 
poderosa verdad) parece ser la virtud persuasiva de Fi- 
del Castro. Llegó, de pronto, a Cuba, sin ejército (él 
se enorgullece en decir "contra el ejército”) e hizo una 
revolución. Llegó de pronto a América, con el uniforme 
de Sierra Maestra (que puede servir tanto para una ac- 
ción militar como para un pic-nic estudiantil), irrumpió 
en la sala de Conferencias del Comité de los 21 (los 21 
de la orquesta sinfónica panamericana, que están siem- 
pre con la misma partitura que todos conocemos y tara- 
reamos) y habló concretamente de las verdaderas ur- 
gencias americanas, traducidas (¡oh, rigor de las cifras!) 
en 30.000 millones de dólares (30.000 millones que si a 
muchos nos parece una cifra de la concreción, al aludi- 
do parece haberle resultado una cifra de la vehemencia 
castreana. Así irrumpió en Río, en Buenos Aires, en Mon- 
tevideo, hablando más a los pueblos que a los gober- 
nantes, porque tan sencillamente como su poco protoco- 
lar uniforme, había vestido su alma con una sencilla ver- 


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dud, tan insolente cromo cristiana. Po: jue, cl*ch«* 5- ,i s¡\\ 
riíán efectista, el había venido no a repasar viejas 1 < 
dones, sino a inaugural* (en la más noble acepción cid 
término) la insolencia americana que es una forma cíe 1 • 
dignidad, cuando la dignidad no se pone el jaquet de 1. 
retórica. Hasta mañana, amigos. 



51 


LAS INUNDACIONES 


¿Verdad que, de pronto, amigos, parece que nunca, 
nunca, va a dejar de llover? Uno siente, de pronto, la 
irtmenda impotencia del hombre frente a los caprieh '' 
t . i al amaños de la meteorología y presiente, empapado 
hasta p 1 más recóndito osob 1 del esqueleto, que nun- 
a, nunca, el más never de los nanea, el más nunca de 
los ne\ er, va a dejar de llover!... Que siempre, siem- 
pre, el n *' toujours de los siempre <para que se sepa, 
< u todo cu v o, que uno sabe más de des idiomas) el más 
siempre de l«>s toujours, va a seguir lloviendo y Ilovien- 
d y lloviendo, con esta copiosa impiedad, en la que 
sólo se nos muestra el sol de cuando en cuando, un 
repentino y fugaz cuarto de hora, más que para mos- 
i . mm ; que todavía existe, tal vez. para recordarnos me- 
j-'i su ausencia. Lhnven todos los cielos del país y has- 
ta es posible que en las casas antiguas, lluevan por su 
cuenta (no “se lluevan”, sino lluevan, por sí mismos) los 
cielo-rasos, y llueva “el cielo de tus ojos” como llueve 
el cielo de la patria y todos los compromisos metafóri- 
cos de cielo. Llueve, llueve y llueve, como si a la natu- 
:aleza se le hubiera atascado la púa de la imaginación y 
se hubiera quedado repitiendo ese surco de su graba- 
ción celestial. Llueve, llueve, llueve, desde ayer, desde 
anteyaer, desde la semana pasada, desde el mes pasa- 
do. . . Llueve desde que éramos chiquitos. . . llueve des- 
de el origen de un lejano recuerdo de sol, desde una 
ancestral primavera que se suspendió, de pronto, por 
t ial tiempo. (Voy a ver si no llueve y vuelvo). 


Pero esa desesperación (tal vez esa histeria) creci- 
da como una fungocidad del alma en esta porfiada hu- 


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meclu'l en que debatimos, ha de traernos, consigo 
misma, la propia resignación. “¿Qué me contás de esto'r , 
decimos, al cruce de algún conocido, en la calle, por en- 
tre los caireles de la lluvia, y el otro, sin pronunciar pa- 
abra, carga los hombros, enarca las cejas (como el que 
tiene el dos de la muestra en el truco) y hace un gesto 
de resignación con las manos, sin sacarlas de los bolsi- 
llos del pilot. No hay mucho que decir, la verdad, poi- 
que todo esto está por encima de nosotros mismos y no 
nos queda, siquiera, el remoto consuelo de cargarle ln 
culpa al gobierno. Llueve. . . porque llueve, bueno. Ha- 
bremos de acostumbramos a este destino anfibológico 
que nos enseñará a manejarnos “así en la tierra como 
en el agua” corrigiendo otros designios del padrenues- 
tro que nos decretaba ventura “así en la tierra como en 
el cielo”. La anbilología, que pudo ser hasta ahora una 
figura retórica para menesteres literarios o mismo, polí- 
ticos (recuérdese al tipo aquel que monologaba después 
de las elecciones: “Yo creía que íbamos a ganar los co- 
lorados, pero ganamos los blancos”) será en adelante una 
ciencia del más elemental vivir en este destino de batra- 
cios orientales; branquiales o pulmonares, según nos to- 
que movemos en el mapa de esta empapada república. 
Eso, al menos, nos hace pensar esta encharcada obsesión 
que vivimos desde que por allá arriba empezaron a de- 
jar abiertas las canillas. Será una especulación un tanto 
delirante, no lo niego, pero nace de un estado de alma 
anegado, inundado, por esta actualidad que nos está de- 
sequilibrando las emociones, robándonos hasta la misma 
belleza de algún doméstico romanticismo, como el de 
la lluvia discreta de otros tiempos; que ya integra el 
cuadro de nuestras añoranzas, más que el sol ausente, 
eso de. . . “¿te acordás, Juanjulio, cuando era lindo sen- 
tir llover?”. . . Hasta mañana, amigos. 


53 


FRONDIZI 


Hoy, amigos, ya que es sábado, y de noche (la no- 
che del sábado liberaliza un tanto nuestra rutina bur- 
gm.-sa de todos los días) me voy a salir un poco (no de- 
masiado, después de todo) del marco nacional en que se 
en aadran, habitualmente, estas charlas. Todos seguimos, 
estos días, con interés de familia, diríamos, las alterna- 
tivas de la crisis argentina, (Les hago gracia de todos 
los lugares comunes, sobre la comunidad histórica y geo- 
gráfica de los países del Plata, porque es una "cumpar- 
sita” literaria que ya ustedes tararean sin partitura). Esa 
crisis argentina (yo no voy a entrar a analizarla y con- 
siderarla, precisamente por aquello de que es sábado 
y tengo la correspondiente pereza sabatina en el buñue- 
lo) esa crisis, decía, tiene su fondo y trasfondo, su tela 
y entretela, su dobladillo y todo ese vericueto a través 
del cual América del Sur, o Sudamérica (y lo que va a 
tener que sudar, todavía, como decía el pobre Ferreiro) 
busca una salida para su suerte, su independencia y su 
destino. La crisis argentina tiene todo eso (complicado 
con Ja grandeza de su territorio, la generosidad de su 
suelo y su subsuelo y las inmensas posibilidades econó- 
micas) pero tiene, también (como la historia de todos 
los países) la contradictoria gestión de sus hombres, de 
sus dirigentes. De ahí que sea una proeza cerebral, ca- 
paz de descalabrar la bombonera craneana de los lec- 
tores, tratar de descifrar, a través de los cables de estos 
días, la verdadera naturaleza del problema argentino. 
No obstante, alcanza para conformar la cultura política 
del lector, saber que la crisis tiene un nombre: Arturo 
Frondizi. 


A mí no se me escapa que a los mejor intenciona* 
dos del mundo puede ocurr irles, alguna vez, que las cir- 
cunstancias puedan más que ellos y se encuentren, de 
pronto, poderosamente impulsados a hacer lo que no 
habían pensado. Pudo ocurrirme a mí (lo confieso sin 
pudor) una vez que, yendo por 18, con intención de se- 
guir por la avenida, un viento de 120 kms. por hora me 
obligó a doblar por Andes, ocasión que aproveché de- 
m agógicam ente para tener una atención con un anego 
que estaba con gripe por alia por la calle Uruguay. Pu- 
do ocurrirle también a aquella novia tuya, que no se 
casó contigo porque un poderoso viento social le hizo 
conocer a aquel bacán estanciero, mientras vos queda 
bas con tus 150 pesos mensuales, atrás de una ventam 
lia de recaudaciones ajenas. Puede ocurrirles, también, 
no digo, a los gobernantes, y hay noticia abundante de 
que estos, los gobernantes, pocas veces siguen por la ca- 
lle que se habían trazado antes de las elecciones. Las 
circunstancias pueden ser poderosas, sin duda, por (algo 
que parece haber olvidado Frondizi) el hombre, es tam- 
bién, el autor de las circunstancias. Yo no era el autor 
de aquel viento que me hizo doblar prep ótente emn te 
por Andes; aquella novia tuya, tal vez, no era la autora 

0 responsable de las tiránicas tentaciones por las que te 
dio aquel ignominioso olivo. Pero eso que le ocurre a 
-ouel hombre que aplaudimos con tanta esperanza cuan- 
d • un pueblo y la historia le dieron la gran oportunidad, 

1 so es obra, sin duda, de él mismo. Hoy, sin pueblo (al 
que defraudó) y bajo la espada de unos cuantos Dáme- 
les en que se dividen las tendencias (o las ambiciones) 

del ejército, Frondizi está solo, con la letra de una cons- 
Llución. Tal vez por eso, como lo consigna un telegra- 
ma de United, anoche Frondizi sorprendió a todos con 
U! - inesperado paseo, a pie, por un increíble itinerario 


55 


de calles cuyo destino era (fíjate un poco, Juanjulio) el 
Paseo Colón. Tal vez buscaba aquel viejo almacén del 
tango, donde van “los que tienen perdida la fé”, como 
aluuien me decía esta tarde, con tanta agudeza política 
como cultura tanguera. Hasta el lunes, amigos. 


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LA LECCION DE EL PULGA 


Los otros días me lo encontré al Pulga con cierta 
solemnidad en el gesto, aún cuando sus ropas de caí n .¡ 
pobre, y a mucha honra, no le ayudaran la pretensión 
Parece, (según me contó) que le había dado una lección 
moral a su hijo el Pulguita, apoyado en una tesis que 
ha solido usar el gobierno anterior y tiende a usar el 
actual gobierno, tesis que, por otra parte, desarrolla muy 
frecuentemente el diario W E1 País”. 

La cosa parece que fue con motivo de un dolor do 
muelas del chiquilín, o sea que estaba amolando, (corn*» 
se dice en español antiguo) (o jeringando, como se dr - 
en uruguayo moderno). El pibe lloraba con toda su alma 
y el padre lo subió sobre las rodillas y empezó a decir- 
le, luego de sonarle las escopetas nasales (la imagen es 
de El Pulga): “M’hijo, (le dijo) a usté le duelen las mue- 
las porque usté quiere que le duelan y nada más” El 
niño, entre las lágrimas, contestó con inocente insolen- 
cia: “Viejo, andá a cantarle a Castillo, que Gardel ya no 
te escucha”, a pesar de lo cual, el empeñoso padre siguió 
desarrollándole el concepto sobre lo que es uno, la ín- 
fima individualidad, con relación a la humanidad do- 
liente (como gusta decir El Pulga), para ir a desembocar 
por la bocacalle del Dolor Universal, comparado con un 
dolor de muelas. No hay, sin duda, cómo pensar en algo 
mucho peor, para mejorar una situación afligente. El Pul- 
ga lee nuestra prensa, conoce a nuestros políticos, y tie- 
ne muy presente cada vez que, para disimular situacio- 
nes locales, se invoca mayores desgracias foráneas. Es 
mas que el “consuelo de tontos” numéricamente cotiza- 


57 


do. Es la fuerza convincente de la relatividad que vie- 
ne a aliviarnos con una cataplasma sicológica. 


El Pulga me explicaba que esa es, para él, una má- 
xima que tiene bien presente frente a todos los proble- 
mas que se le presentan, como ser, cuando se le apa- 
rece la cruda realidad de la gorda su mujer con todo 
el genio desatado y él la mira y piensa lo que sería 
vivir con setecientas mujeres del mismo tenor (digamos 
de la misma soprano, para adecuarlo al género feme- 
nino). Efectivamente (y no por decir una originalidad) 
todo es relativo en esta vida, como lo han dicho Eins- 
l< in y mi amigo El Pulga, así como, plagiari amente, las 
conveniencias gubernamentales de algunos momentos. 
Debiéramos, tal vez, apreciar males mayores y, sobre 
todo, desgracias ajenas, para aliviar nuestVas propias 
preocupaciones. Tal, el sentido de la lección moral que 
El Pulga le estaba queriendo dar a su hijo. Que si a 
él, al pibe, le estaba doliendo una triste muela (que 
es apenas una perillita en el mueble humano) a él, a 
El Pulga le estaba queriendo dar a su hijo. Que si a 
Ginebra y la Argentina, Argelia y Nicaragua. Y que sus 
pequeños dolores personales (callo plantal, patada del 
hígado, la patrona, reuma en las visagras, etc., etc.) le 
desaparecían ipsofactamente (el adverbio es de él) cuan- 
do se ponía a pensar en sus semejantes y que sólo a 
los mezquinos de espíritu les puede doler el propio cuer- 
po humano o la propia alma, cuando la humanidad to- 
da está sufriendo mayores angustias. A esa altura de la 
disertación del padre, el Pulguita ya se le había bajado 
de las rodillas y estaba haciendo picar una pelota en 
el patio del convento. —“¿Ve m hijo —le dijo— cómo ya 
se le pasó el dolor de muela, cuantito le hice ver e) 
dolor del mundo?” Claro, el viejo no quedó muy seguro 


58 


de su éxito, porque el chiquitín, mientras hacía cabeza 
con la redonda, le contesto con científica irrespetuosi- 
dad: ‘Jatee macana, viejo! Si se me pasó el dolor de 
muela es porque el nervio dejó de hacer contato, dejó! 
Qué generación tremenda, ésta, Juanjulio! Hasta el ! 
nes, amigos. 


LA SOMOZOCRACIA 


Por más que la convocatoria que me trae, noche a 
noch ante este micrófono me fije un tema circunscripto 
a la actualidad nacional, permítaseme, esta noche, por 
ser lunes (aunque ello no suponga ninguna justifica- 
ción) (uno dice “por ser lunes”, como aquel otro, ya 
comido, decía, cuando lo invitaban a almorzar: “Y, bue- 
no. . . por ser sopa”. Y así, “por ser sopa”, “por ser ra- 
violes”, “por ser albóndigas”, el tipo volvía a almorzar 
por segunda vez). Disimúleseme, decía, por ser lunes, 
salirme de los límites nacionales, viajar un poco, aun- 
que sea por la geografía tipográfica de los telegramas 
de la prensa y descender (en el caso, vaya si lo es) en 
1 s convulsionadas jurisdicciones de la familia Somoza, 
dinastía que conjuga, con otras alhajas continentales, es- 
ta felizmente declinante peste americana de los dicta- 
dores. Ustedes saben que Nicaragua ha sido invadida 
por un grupo de rebeldes que se proponen reeditar, por 
el primitivo pero aun válido expediente militar de las 
guerrillas, el éxito de Fidel en Cuba. Ustedes saben, 
también, que hasta su muerte (meritoriamente asesinado 
en 1956) don Anastasio Somoza se desvivió por los des- 
tinos de aquella república, reelegido por su familia y 
una consecuente vocación de sacrificio. Don Tacho se 
desvivió (digamos) hasta que lo desvivieron, y ha que- 
dado como ejemplo de perdurabilidad política. Alguna 
vez les he contado el caso de una familia amiga mía 
a la que no le duraba un perro, o porque se lo enve- 
nenaban, o lo pisaba un auto, o se le perdía en la calle, 
tras alguna perra (perrunum est) . . . Hasta que el primer 
perro que consiguieron, luego de tantos fracasos, resol- 
vieron llamarlo “Anastsaio Somoza”, ¡para ver si se les 


60 




duraba un poco! Ustedes saben, también, que muerto 
el perro (no el de mis amigos, sino el de Nvaragua) no 
pudo acabarse la rabia porque había más “Tachitos”, 
todavía. 


Los hijos de Don Tacho, no sólo heredaron la for- 
tuna, la casa, la tetera y el canario, sino, también, el 
país, la propia Nicaragua (¡qué papi bárbaro, che!;. Cier- 
ta presunta anemia opositora y una sospechable condi- 
ción caribeña que hizo desesperar a los americanos de- 
mócratas, hasta la aparición de Fidclito Castro, bien 
ron pensar que a los “Somozas” no los borraba nadie. 
El reciente episodio de la invasión y la situación que 
hoy afrontan los gorditos “hijos de papá” dejan suponer 
que los Somoza no son tan indelebles en el mapa «le 
Nicaragua, como no lo son otros dictadores en el n ipa 
de América. Ahora la OEA ha aceptado investigar -I 
origen de la invasión (hay un delegado compatriota 
nuestro en la comisión) con la constancia de que ello 
no implica prejuzgar la naturaleza de los hechos ni 
intervenir en los asuntos internos de ese estado miembro. 
Pero, lo averigüe la OEA, lo averigüe Vargas, o lo resuel- 
van Mongo o Lola, lo cierto es que la suerte de los 
Somoza está echada. Así lo sospechan los afligidos di u- 
dos de Don Tacho (a pesar de sus protestas de dominar 
la situación). Ofrecen, sin embargo (y es justicia r co- 
nocérselos) una insospechada originalidad: ¡¡esta ver pa- 
rece, la culpa de los disturbios contra una dictadura 
americana no es de los comunistas, sino (¡cáete, herma- 
no, pone un almohadón y caéte!) del capitalismo!! As» 1 
afirma el General Anastasio Somoza (el Tachito) j< fe 
de las fuerzas armadas, quien declaró que “la vetdade- 
ra batalla de Nicaragua no es la de los invasores y l i 
Luardia Nacional, sino la de los capitalistas locales, con- 
ha un gobierno liberal que ha sido siempre favorable 




61 


. : i obrero’. He aqui un substractum político que no 
había sospechado Don Carlos Marx; capital isn > nacio- 
nal contra capitalismo de familia. Fascismo introvertido, 
que diríamos. Un día de estos me voy a poner a estudiar 
algo sobre esta nueva Somozocraeia. ¡ ¡Qué difícil se está 
poniendo la política, JuanjulioÜ . . . Hasta mañana, 
amigos. 


62 


MARLENE DIETRICH 


Aunque más no sea que para sacarnos, efímera- 
mente, de esta inquietante urticaria político -gremial i sta 
que nos hace estar rascándonos el alma a cada rato. . . 
aunque más no sea que para sacudirnos esta pereza he- 
pática de una estirada emergencia de desolación ciu- 
dadeña, ha irrumpido en Montevideo, cobrándose su 
lugar en la actualidad capitalina, una señora maravi- 
llosamente rebelde a los convencionalismos de los al- 
manaques, que tiene la edad que a ella se le antoja, 
edad que sostiene no sólo con dignidad sino, también, 
con talento y una fuerza espiritual que barre todos los 
posibles (y seguros) cosméticos de su tocador. Cronistas 
de dudosa espiritualidad le preguntaron qué edad tiene 
y si es cierto que lava los pañales de su nieto. Ella 
los abanicó sobradoramente con las pestañas y. en ul- 
tima instancia, se remitió ai oficio de su arte o a las 
artes de su oficio, allí donde ella está y se muestra en 
lo único de ella que nos pertenece. Allí es donde tiene 
la edad a salvo de todas las indiscreciones humanas; 
allí es donde camina con su voz por los corredores de 
alguna memoria asociada a los años de ~E! Angel Azul”; 
allí es donde canta con sus piernas publicitarias para un 
colateral prestigio sicalíptico... Allí es donde Marlene 
tiene, todavía, la edad del encanto y escapa al ejogi» - 
de aquella mujer entrada en años, de la que se decía 
‘Qué bien los lleva” (¡Y tan bien, comentaba otro. . . co- 
roo que no se le cae ninguno!) 

El mito de las estrellas se ha ido, sin duda, apa- 
gando, desde que nos ha sido dado asistir a los dudosos 
planetarios de tanto festival cinematográfico y tal vez 


63 


quede lio más que para una adolescencia liviana o una 
madurez atascada en la inocencia de un elaborado exo- 
tismo, este ejercicio de la novelería. El mundo de imá- 
genes y sueños que nos cuenta, noche a noche, esa abue- 
la sofisticada que es la cinematografía, antes de dor- 
mimos en el fracaso de nuestra cotidiana mediocridad, 
t ... soñar a muchos (¿todavía hoy?) con novios y novias 
d ; celuloide, que se guardan en una biografía íntima y 
r< ada. Yo, confieso no haber tenido (en aquella época 
proclive a estas concepciones “buñueleras”) ninguna no- 
via de celuloide. Tenía, es cierto (ahora lo recuerdo) la 
bendita costumbre de enamorarme de las trapecistas 
del circo, aunque tal vez, de quien estuviera realmente 
enamorado fuera del circo, o de la aventura que el 
<m cerraba. Marlene, puede ser, ha de haber tenido mu- 
chos millones de novios y millones, también, han de 
ser sus nietos en ese amplísimo campo de su culpable 
( o voy a decir que involuntaria) sugestión. Pero, abuela 
del suyo tan propiamente dicho, como de los millones 
de nietos soñados, en la extensa vigencia de su encanto, 
hoy está todavía (digámoslo en homenaje a su obstinada 
juventud) haciendo la novia, para algxin porfiado so- 
ñador de cualquier butaca. El sueño se cobra esas hu- 
mildes ventajas. Hasta mañana, amigos. . . 


64 


LA UNIDAD BLANCA 


Siempre pareció cosa difícil la unidad del partido 
gobernante, por más que ellos, los grupos que lo inte- 
gran, se empeñan por alcanzarla y nosotros mismos (que 
no somos blancos y basta pasamos de castaño oscuro la 
deseamos por un interés obviamente patriótico. Si no 
hay un partido gobernante unido, estrechamente iden- 
tificado n la responsabilidad de gobernar, no hay go- 
bierno. (Esta frase la saqué de unos apuntes tomados en 
la dase que dicta el conocido profesor Perognillo, ads- 
cripto a Humanidades). Siempre pareció difícil la unidad 
leí partido gobernante, desde antes de que !■> fu 
desde cuando, bajo el poncho de Saravia, abrigo trad; 
cional, réplica histórica del sobretodo contrincante, sin 
hombres luchaban en el llano por esta instancia que hoy 
los presenta en el poder, queriendo poder. . . y no pu- 
diendo. Aquellas distancias fueron superadas, tal vez más 
en el deseo que en la realidad ideológica, pero el caso 
es que el Movimiento Popular Nacionalista, la R cons- 
trucción Blanca y los Independientes lograron consti'" r. 
mal que bien, esa ubedísima albóndiga partidaria que 
habría de compartir con el herrerismo triunfante, la 
sorpresa de un triunfo tal vez nunca soñado. Se trataba, 
entonces, de completar la albóndiga, aunque fuera bajo 
la constante atención culinaria de una Comisión Super- 
' oordinadora Nacionalista, a los efectos de compactar 
'pactando, desde luego) la función de gobierno. Pelia- 
gudo, el asunto, pero, si difícil, dos veces sublime. (Daim 
unos segundos para rascarme el ojo derecho, que ya 
vuelvo y te la sigo). 


Pero cuesta la cosa. El asunto no sale, porque hay 


una realidad política que la dificulta. La voluntad tai 
vez lo quiere, lo busca, pero hay factores de cada in- 
timidad fraccionista, que no deja con- tararlo. Una al- 
bóndiga parece una cosa de nada, algo elemental de 
la cocina, pero sin embargo. . . A mí me contaba una 
v ra (no me acuerdo a raíz de qué, en el consultorio 
de un dentista: suele ocurrir en dichos consultorios, que 
t 'iñudo han pasado un mes sin cambiar el "Mundo Uru- 
• uayo”, los pacientes se echan a matizar la espera, has- 
ta forzando una confidencia). A mi me contaba una 
se - : ira, en esa circunstancia de la confidencia absurda, 
que a ella no le salían las albóndigas. Cada ama de 
casa que cocina (me decía) tiene un plato que no le 
sale; puede hacer todo bien y ser una consumada co- 
cinera, pero siempre hay un plato, uno, que se le resis- 
te. *A mi (me confirmaba la señora) me pasa con las 
albóndigas. Hago todo tal como debe hacerse, y ni le 
digo que la salsa para aprestarlas me sale (no es porque 
yo esté presente) para chuparse los dedos!... Pero la 
carne picada no se me une (yo qué sé). , . ¡es ponerlas 
en la sartén y se me abren todas!. . Los blancos (ma- 
la comparación) quisieron gobernar con una albóndiga. 
La amasaron bien, entre las palmas ahuecadas de unas 
manos caudillescas y sabias y hasta se dieron el lujo 
de poner una pasa de uva (ellos creyeron que era una 
pasa de uva, solitaria, para decorar el paladar). Pero fue 
ponerla en la sartén y la albóndiga se le abrió (y la 
pasa de uva empezó a crecerle) y no había forma de 
que aquella pulpa ideológica, picada en los fragores de! 
llano, volviera a unirse componiendo una decorosa al- 
bóndiga gubernamental. No hay caso. Hay platos que 
se resisten a la más cocinera ama de casa. Yo no sos- 
pechaba que aquella buena señora, en el consultorio del 
dentista, me estaba dando una lección política. Ni ella 
tampoco, por supuesto. Hasta mañana, amigos. 


66 


REUNION FAMILIAR 


Yo tengo una particular estimación por el ama de 
casa, no sólo porque conviene, aun así, genéricamente 
estar con ella, tenerla con uno, en esa infra-política 
las relaciones humanas (el ama de casa, a la que algún ■ 
¿nitores llaman “la patrona", es la que reparte los ra- 
violes, suelta el vino y sabe (en todo caso) dónde está 
el bicarbonato) sino porque el ama de casa, la “patrona”, 
es, en esta crucialidad que atravesamos, el registro gra- 
dual de la doméstica angustia. Por antonomasia, la “pa- 
tronal es la víctima propiciatoria de todas las altérna- 
te s sociales, se trate de una alternativa clara o de una 
alternativa yema. Suele ser corriente, como estampa so- 
cial, la que representa (pongamos por caso) un grupo de 
5-eñoras (hablando, por supuesto) y por ahí cerca, un gru- 
po de señores (los respectivos maridos) hablando, tam- 
bién, sin supuesto. Seguramente (aunque existan varia- 
ciones que no interesan al caso), ellas hablan sobre te- 
mas domésticos, mientras ellos van y vienen en el mapa 
político, fluctuando de Echegoyen a MacMillan, pasan- 
do por Kruschov, Quijano y Luisito Batlle. Ellos fuman, 
gravemente, bajan los párpados de cuando en cuando, 
con gesto de “me lo va a decir a mí" y, de pronto, en 
una laguna del simposio masculino, miran al grupo de 
señoras y se sonríen, en un espontáneo e instantáneo 
acuerdo, como diciendo: “¡Estas mujeres!. . .¡Siempre ha- 
blando pavadas de la casa!" al tiempo que retoman la er- 
guida postura dialéctica: “A propósito de Chicotazo... 
¿Qué es lo que le parece que anda buscando el hombre?" 
(Bueno, sacá el pucho de arriba de la radio, que vas 
a quemar la carpeta y esperame un segundito, que ya 
y uelvo y te la sigo). 


67 


Ku realidad, no sé bien a qué santo del temario 
saqui eso del ama de casa. Tal vez, de adulón, que 
uno es, de las mujeres, nomás. Pero, como fuere, no 
\ i ene mal el asunto para señalar cómo ciertas presuntas 
vulgaridades (o banalidades) han cobrado importancia, I 
jerarquía, por su propia gravitación en los hechos de 
*'$ta historia contemporánea que estamos escribiendo, día ¡ 
i día, sílaba a sílaba, en estos tiempos, ni tan nuevos, 
como ciertas anunciaciones lo pretenden, ni tan viejos 
como ciertos pretextos los figuran. Hoy, por ejemplo, 
una de esas mujeres del simposio femenino, cuenta có- 
m después de haber archivado el primus (no bien el 
calandraca aflojó y se sometió a la cuota mensual de I 
la cocina a gas; “un primor, te garanto”) cada dos por 
tres tiene que volver, avergonzada, a desenvolver el 
primus (como en el caso de hoy) para suplicarle que I 
1 l haga una suplencia al “primor”, empacado en una I 
mielga de los gasistas. Y cuenta, con ternura que con- I 
mueve, con cuanta violencia espiritual se acerca al va- 
puleado primus, “el trofeo” (como ella ya le llamaba) 
c > .denado a ese museo de cosas viejas e inservibles que 
Imy en todo hogar, para rogarle que, por favor, olvide 
agravios, dichos en circunstancias pasionales cuando le 
trajeron la cocina a gas, y le haga la gauchada de esa 
suplencia, friturándole las 4 milanesas y la docena de 
buñuelos que han de ser el almuerzo novotempista de I 
ese “giorno”. Hoy, ellas, como siempre, hablan de eso I 
(alguna se enjuga una lágrima en favor del calumniado I 
primus) y continúan con otros capítulos del drama do- I 
méstico (los achaques de la feria y otros ensayos) ... y, I 
de pronto, en alguna laguna del simposio femenino, mi- I 
ran al grupo de hombres (los maridos) y se sonríen., en I 
un espontáneo e instantáneo acuerdo, como diciéndose: 
“Estos grandotes . . . Siempre hablando pavadas de la po- 
lítica”. ¿Es así o no es así, Juanjulío?.. . Hasta mañana, 
amigos. 


68 


¿LA LUNA SOVIETICA? 


Luego que dejamos esa reunión en que nos lm mv 
puesto graves y hemos suscripto con la rúbrica d> un 
,ue<. , de cejas, los escalofriantes adelantos de la ciencia 
• u este siglo que vivimos y hasta le hemos explicado ur. 
P ovo a aquella viejita que no entendía bien algo de lo 
*1" Pernos leído en la prensa sobre distancias sidera- 
es... al cabo de admitir todos, mirándonos con recí- 
proca admiración genérica, que “el hombre, che, el hom- 
bre es algo bárbaro!” hemos regresado a nuestra supina 
ignoiancia, resignados a no entender nunca demasiado 
< e todo eso, tal como hemos venido encendiendo una 
juego de un conmutador que levantamos con 
un dedo displicente, sin averiguar nunca demasiado la 
gestión electrógena que la produce. . . de la misma ma- 
nera como hablamos por teléfono y escuchamos Moscú 
o la B.B.C. o el Comisario de Cerro Mocho por radio 
0 *' : ' cu chamos y le vemos la cara al gordito contento que 
'"■» recomienda una marca de automóvil por la Tele, sin 
preocuparnos demasiado por averiguar los caminos que 
® hombre transitó para llegar a esas maravillas v pro- 
gramar otras, como aquella de desintegrar el átomo, 
creando una insospechada y poderosa energía o ésta de 
entrar a curiosearle la nuca a la Lima. Volvemos a nues- 
* resignada ignorancia y observamos en la prensa esa 
i. . pose lunar que nos regala la ciencia soviética, 
-miración, sorpresa y cierto aire angelicalmente estú- 
- que nos hace mover la pagina del diario, como bus- 
— ''-lo e algún sentido a esas manchas radiográficas, tal 
"mo, imposibilitados de mover el cuadro en una expo- 


69 


sicióti de pintura abstracta, giramos el cogote, moviendo 
la perilla craneana sin entender un pito. 


Pues si, Juanjulio... La luna tenía un prestigio. 
Ahora vamos a tener que elaborarle otro. Vamos a tener 
que resignar aquella conciencia poética (si así puede 
decirse) y crearnos una luna más cercana, según el con- 
cepto de distancias ya digeridas por el hombre. Pudimos 
pensar, con humor regocijadamente lego, que cuando 
la plataforma soviética se colara detrás de la Luna (a 
la que siempre pensamos colgada, en el cielo, como un 
plato de cerámica, regalo de casamiento) no iba a en- 
contrar más que polvo, pelusa, una dispersión de miriá- 
podos asustados y algún concreto cienpiés de los que 
aparecen atrás del retrato de ese antepasado que hemos I 
resuelto archivar, sustrayéndolo de la consideración ge- I 
nealógica. Pero esa era concepción humorística para una I 
luna distante y no para una luna a la que ya tuteamos I 
y hacemos cosquillas en la nuca. Esa Luna de ahora I 
tiene, probadamente, otro paisaje que el que vemos ca- 
da noche clara. . . el que hemos venido viendo desde 
chicos y desde que eran chicos nuestros más lejanos y 
distantes abuelos, bisabuelos, tatarabuelos, choznos, has- I 
ta ese lujo antepasado que formaron Adán y Eva. . . otro I 
paisaje que ese conocido, sobre el que cada cual de nos- I 
otros imaginó una cabeza de viejo, una mujer triste o un j 
queso fluorescente. Esa luna de ahora tiene, aunque no I 
lo muestre más que a quienes se molesten en ir a verlo, I 
otro paisaje. Sobre él, ya elabora el hombre un mapa, I 
un plano con urgida nomenclatura y, ya que el motor I 
que impulsó estos apuros geniales del hombre involucra I 
factores tan terrenales y humanos como la política, lo* I 
bautismos designan ya el “Mar de Moscú", el “Cráter 
Tsiolkovsky”, el “Lomonósov”, el “Joliot-Curm*", la “Cor- 
dillera Soviética"" y otros gozosos y (por qué no) legíth I 


70 


mos apelativ q di m sospecha? (si la ventaja sovié- 
tica se mantien ¡ ) que no va a que 'lar en la luna, ni ui t 
ca T . cita corta. ía, ni una plazoleta humilde a la que lli- 
mar, por ejemplo, Rockefeller - Center”. Pei*o esos snn 
minucias terrenales. La luna es de todos. Servite un c * 
cho de la orilla Juanjulio. Hasta mañana, amigos. 




LA PUNGA ESTATAL 


La punga es una prestigiosa institución delictiva. 
No es de gran alcance moral, la definición, lo reconoz- 
i/i pero me gusta tratar con debida consideración toda 
actividad humana. Y la punga, delito configurado y de- 
finido en nuestros códigos, ha alcanzado entre nosotros 
tal desarrollo, que ha venido ocupando metros de la ga- 
cetilla policial de nuestra prensa, casi como una rutina 
. ostumbrista. A nadie se le ocurre, al subir a un ómni- 
bus ponerse a mirar las caras para echar cálculos sobre 
I» catadura del pasaje y sospechar, con cierto fundamen- 
to, del presunto punguista que puede entrar a trabajar 
con su socio, de un momento a otro. Bueno, uno sube 
¿i un ómnibus y empieza por no mirar a nadie, no sea 
que se tope con algún conocido a quien tener que sa- 
carle el boleto, o, ya sentado, alguna conocida a quien 
tener que cederle el milagroso asiento que encontramos. 
Por otra parte, de nada valdría ponerse a chambonear 
con pininos sicológicos en aquel apretado mundo de 
i . -¡ajeros. El punguista actúa hasta sobre la desapren- 
m ¡ti v la pereza del candidato. Y nuestra tranquilidad 
mayor, la mía, la tuya, Juanjulio, la de cualquier otro 
miembro de nuestra cofradía de patos más o menos ca- 
breros, reside, precisamente, en nuestra feliz carencia 
ti, “materia prima” para el punguista. Talvez llevamos 
reflejados en el rostro, los cuatro reales que llevamos en 
t i bolsillo y por los que no vale la pena el laburo de la 
prestidigitación punguinaria. Cierta vez (recuerdo) mi 
amigo el Ñato Pedreira iba en un ómnibus, colgado de 
la barra auxiliar del techo, cuando sintió que una mano 
sutilísima se le colaba en el bolsillo. El Ñato no hizo mas 


72 


que girar unos grados el cogote y decir, con conmove- 
dora naturalidad: “¿Qué estás poniendo, che?”... Por- 
que lo que es sacarle . . . 


No obstante nuestro humilde destino económico, no 
hay duda que, al margen de los riesgos del ómnibus, 
movemos alguna plata. Trabajamos en algo, por eso nos 
pagan tanto, y, como comemos y come nuestra familia, 
nos vestimos y se visten todos en casa, gastamos luz y 
fumamos negro y otros inocentes etcéteras no más sun- 
tuosos, el sueldo nos pasa por las narices (muchas veces 
sin saludar, siquiera) hacia ajenos destinos. Todo <sto 
que les he venido diciendo, viene a cuento (valga mi • vi 
dente proclividad a la retórica) porque, entre otras co- 
sas, el proyecto de Reforma Cambiaria, etc. cuya inmi- 
nencia nos aflige, aún sin descifrar todos sus alcances, va 
a operar en nosotros, en alguna manera, en la sutil for- 
ma, en el prodigioso estilo, digamos, del punguist i. Y 
si puede valernos de algo el cuidamos en el ómnibus, o 
viajar con el paco del sueldo bien apretado en la mano 
dentro del bolsillo del pantalón... (ahora me acuerde* 
del caso que me contaron de un italiano, que iba en un 
ómnibus con las dos manos en los bolsillos, apretando 
sendos “pacos” de billetes, precaviéndose de unos pun- 
guistas que lo seguían.. . manos que no sacó del bobi- 
llo en todo el viaje, no obstante que los forajidos le nv 
tieron un cascarudo por el cuello de la camisa) (pensó 
en los sudores del taño, ¡pobre!). . . si puede valernos de 
algo, decía, esa precaución en el ómnibus, de nadu ha 
de valernos cuando, aprobado el Proyecto de Reforma 
Cambiaría, es decir, consagrado el reavahío (que es de- 
valúo, claro) notemos que la jubilación, la pensión, el 
sueldo o el salario, se nos vienen, de pronto, a la mitad, 
que cada cien pesos se hacen cincuenta (tan estúpida- 
mente contentos que nos pusimos con el último aumen- 


73 




to) v que con mil, vamos a pas. v los mismos o más pro- 
< •. !<-so$ sudores que con quinientos!... ¡Evidentemente, 
Juan julio, la punga es un delito que se vino haciendo 
vic o social y ahora (¡cáete!) se está oficializando y to- 
do! . . Hasta mañana, amigos. 


74 


EL PESO 


Yo estaba en una esquina, esperando un ómnibus 
que nunca llegaba (por supuesto) y otros conciudadanos 
estaban, en parecido trance, o miraban una vidriera o, 
simplemente pasaban. Allí en el suelo, en mitad de la 
vereda, lucía una moneda, en ese “un decir” “oro-uru- 
guayo”, con que la consideramos. De cinco o de diez 
centesimos, no podía precisarse bien, porque sólo se 
mostraba el perfil de Artigas, hacia arriba y la distancia 
(y, tal vez, digámoslo de una vez, la indiferencia) no nos 
dejaba determinar su exacto valor. (Antes, el valor ilcj 
las monedas, sus distintos valores, quiero decir, se dife 
rendaban claramente; el centésimo, el vintén, el medio, 
el real (sobre todo aquel real presuntuosamente dorado, 
pretencioso), los dos reales, chiquitos pero coruscantes 
desde su plataluminio, y con el reborde circular festo- 
neado, que podíamos rascar en el bolsillo, con la uña, 
para reconocerlo. . . En realidad podíamos sacar del bol- 
sillo, a simple tanteo, el valor que quisiéramos; tan re- 
conocibles al tacto, eran). Hoy, muchas veces tengo que 
ponerme los anteojos en el ómnibus, para saber lo que 
le doy al guarda; un poco por la confusa acuñación y 
otro poco, voy a ser franco, porque mis ojos ya no son 
los mismos. El caso es que, como les decía, allá estaba 
aquella moneda en el suelo, en mitad de la vereda de 
aquella esquina, donde cinco o seis la mirábamos y por 
la que ya, seguramente, habrían pasado 20, 30, 50 o m 
indiferencias compatriotas, sin doblarse a recogerla. 


Yo pensaba que aquello tenía una gran significación 
y me dolía. Tal vez, pensaba yo. hasta lia pasado un 
chiquilín sobre ella y le ha refregado la suela de su des- 


75 


precio. Todos Ja miraban y la dejaban. Aquella mone- 
da de diez, estaba confesando la más humillante cotiza- 
ion de plaza: no valía la pf*na de doblar el espinazo y 
jugai las visagras de las rodillas para recogerla. Real- 
mente, era un bochorno que hasta el propio Artigas su- 
biría, desde su perfil acuñado. Pero era, después de to- 
ro sentimentalismo económico y de toda significación 
numismática, la cruel verdad de nuestra moneda, la real 
significación (insignificación, digamos mejor) del peso., 
presunta o presuntuosamente “oro-uruguayo”. En reali- 
dad, aquel homenaje al procer (acuñando su perfil en 
n » de las caras de la moneda) estaba dejando de serlo; 
» st< • me hizo recordar el comentario de un amigo con 
<l"'cn cruzaba yo, hace un par de meses, frente al Ban- 
jo dr la República y que, al ver el Artigas de Zorrilla 
qne luce al pie de la escalinata, me dijo: ¿No te pare- 
i Pelo, que... según está valiendo el peso uruguayo, 
d« bit ran sacar a Artigas de allí y poner a Otorgues o 
algún otro lugarteniente del general, algo más de acuer- 
do con la desvalorización de la moneda?”. Evidentemen- 
te, mi amigo tiene un exagerado sentido de Ja interrela- 
ción escalafonaria, pero admitamos que nuestra moneda 
ya no puede ser asiento de ningún agasajo histórico, 
df.sde que vale tan poco para nuestro propio y contem- 
poráneo agasajo económico. Nuestro peso está tan en el 
j-uelo como aquella su parte por sobre la que todos ca- 
3 «abamos sin agacharnos a recogerla. ¿Qué es un pe- 
so hoy, Juanjulio?. . . Lo definió un puestero de cierta 
ÍOria, ante la protesta airada de una dueña de casa que 
h decía: “¿Qué? ¿Usted está loco? ¿Me cobra un peso 
por un pepino?”. . . “Sí, señora, (contestó, paciente, el 
hombre) no puede extrañarle que un pepino valga un 
peso, cuando, usted sabe, hoy día un peso vale un pe- 
1 mor. Hasta mañana, amigos. 


76 


EL PRIMER CUMPLEAÑOS 


Mañana, si no he leído mal los anuncios partida- 
rios correspondientes, los blancos festejarán el primer 
aniversario, el primer “happy-birthday” de este discutí 
do Nuevo Tiempo. Los cumpleaños hay que festejarla 
siempre, de una u otra manera, pero el primer año es 
la ocasión sobre la que las madres vuelcan los más prís- 
tinos entusiasmos, aquellos que están, digamos, eu los 
registros clásicos de la tan cursi como bendita ternura 
maternal. En ese día agarran a la enana (como diría ‘"El 
Hachero”) agarran a la enana y la visten como con chan- 
tilly. Es decir, con un vestidito blanco, con más vuelos 
que la Pluna, un juego de tres, cuatro o cinco enaguan 
abarro cadas de puntillas y festones, que la dejan a la 
pobre criatura como si fuera una ensalada de escarola 
blanca, le calzan unos zapatitos (los primeros zapatitos 
de la vida) que obligan a una buena tía que nunca íalt 
a seguir a la madre (que lleva en brazos a la enana) pa- 
ra ir recogiendo cada cinco minutos el zapatito que la 
nena se descalza sacudiendo las patitas. Además (p t 
ejemplo) si el Partido Nacional tuviera una madre (quo 
la tiene: aquella providencial “Circunstancia Histórica ’ 
esa madre ya habría andado todos estos días por 
bazares de 18, comprando globitos y teda una antologi t 
de chirimbolos para adornar la casa, tal como se impe m: 
tradicionalmente en ocasión semejante, aparte de la tor- 
ta con la velita y las 20 docenas de choricitos alemanes 
y el tutti-cuanti menester. (Un minutito escaso, que ya 
vuelvo y te . . . ). 


El festejo, el “happy-birthday-to-you” de mañana, va 
ser en la Plaza Constitución, creo, que viene a sei\ 


77 


después de todo, algo así como el patio de la casa del 
Partido, y se me ocurre que no ha de faltarles nada pa- 
ra el adecuado acondicionamiento, la correspondiente 
ambientación del lugar, según aquellas normas clásicas, 
porque lo que es globos, hay de sobra para techar la 
plaza, con no más que recurrir a aquellas gruesas y 
gruesas de augurios pre-electorales, aquel montón in- 
contable de promesas, todas las cuales, convenientemen- 
lu infladas a los decorativos efectos del acontecimiento, 
adornarán amorosamente la Plaza Matriz. Y, para agasa- 
jo digestivo de los invitados, bastará con picar (se usa 
mu lio en sociedad) bastará con picar en trozos menu- 
dos servidos a escarbadientc, las correspondientes mi- 
lanesas que hicieron posible alguna esperanza popular, 
etmndo el nacimiento de la criatura. No nos hacemos 
una idea (eso sí) del ánimo que ha de privar en la anun- 
ciada fiestita de al nena nacionalista, Haedo y Echego- 
v< n serán quienes la paseen alzada en su reconocida 
í lía - ótica oratoria, mientras los otros consejeros de la 
m iyoría, cireunstanciaímente reconciliados con la fami- 
lia. pondrán cara y sonrisa de tíos más o menos felices . . . 
Aunque, bien es cierto, no faltarán algunas viejas ( itu- 
doxas que, señalando a Nardone, informen a otros invi- 
tados, con no disimulada violencia de casta: “Es una tía 
natural, que adoptó el partido en aquellos momentos 
tremendos del parto”. “No la miren mucho, que se va a 
creer la madre de la criatura”. En fin, amigos. . . ¡será 
hasta el lunes! 


78 


PROBLEMA DE CARTELERA 


Confieso, con cierta humillación, que no pude con 
mi dominguera molicie y me quedé en casa, rascan 3 
con esa idónea prolijidad de la pereza y dormitando, ca- 
da vez que el avión parlante se iba a jorobar a otros 
barrios. Ya había conseguido, sin esfuerzo mental algu- 
no, apenas con esa reserva de consciencia que uno deja 
en funciones durante la siesta ... ya había conseguido, 
decía, calcular lo que tardaba entre una visita y otra 
del avión; tal como seguramente los pueblos ingleses, 
durante la guerra, tenían un alerta mental, ya mecani- 
zado, de las visitas de los bombardeos nazis (\ iva el 
ejemplo sin alusión ideológica, porque, después de to- 
do, mi flema es tabacal y no británica y ellos, malgrado 
ciertos antecedentes de un dudoso neutralismo, están 
hoy churchilís irnos). En cierta medida, aquel avión de 
la siesta de ayer era un avión bombardero que hostiga- 
ba sistemáticamente, ya no sólo mi descanso, sino (lo 
confieso) mi propósito de acercarme, a cierta hora, a la 
Plaza Constitución, a escuchar los pasajes más funda- 
mentales de “La Herencia Maldita”. Pensaba, incluso, 
sacrificar mi interés por ver 'La Mujer de Negro”, que 
daban en otra pantalla, para ir a ver esa otra produc- 
ción nacional con Haedo y Echegoyen, en un cinemas- 
cope dialéctico que para mí tenía patriótica atracción. 
Pero el avión iba y venía, soltándome sobre la cabeza 
la consigna de las 19 horas y salpicándome la almohada 
con sus “¡Herrera lo cita!”, “¡Herrera lo espera!”. Abrí 
una ventana al aire y le grité que sí, que que bueno, 
que ya lo había oído, que iba a ir, pero el moscón me- 
r ánico volvía, de regreso de la Unión, de Belvedere, de 


79 


Maivin, a sobrevolarme el buñuelo. . . (Dame tiempo a 
n ncender un negrito. . .). 


Ya habían dado las 19 horas y el avión seguía bom- 
Lardeándome con el impresionante calibre de sus "¡He- 
rrera lo cita!”, "¡ Herrera lo espera!”... Por ahí, confie- 
so. ya estaba debilitándoseme el impulso concurrente, 
lj i : » diríamos. Mi siesta ya estaba resignada a no ser. . . 
i rminé el libro de Onetti, pellizqué "‘Marcha” (ideal pa- 
la la ocasión), de la que uno siempre se sirve como si 
pinchara en una fuente de croquetitas, con cierta sam 
i :u;> i digestiva, mientras por entre las celosías metáli- 
cas d< la ventana seguían entrando, cada tanto, las es- 
qutrl i’ del atroz bombardeo: "¡He rera lo cita!”, "¡Herre- 
ra lo espera!”... (recuerdo que por ahí pensé con cier- 
to desgán elo humor metafísico: si es Herrera que me 
espera donde está, me parece que le voy a hacer la pe- 
ni porque “toavía es temprano pa qu’esta cabecita que 
pi !c ]> adornarse la roja flor del ceibo...”. Pero la ver- 
• 1 rs que se estaba conformando en mí el efecto con- 
tr producente de la propaganda. El avión se había pues- 
to pesado como un corbatero, como un vendedor de bi- 
lletes de lotería, como una poetisa inédita ... y fue en- 
i mees que me resolví a no ir. Después de todo, pensé. 
"La Herencia Maldita” la conozco, la siento, la padezco, 
la sufro; al cabo de enumerar déficits, situaciones, ha- 
brá que servirles un chocolate a los oradores, por la no- 
ticia: lo que se discute (en todo caso) al gobierno blan- 
co, no es el estado de las cosas, sino los medios perge- 
ñados para salir de ellas. No se discute la pulmonía, sino 
el recurso terapéutico. A esa altura del frustrado domin- 
go, ya me había resuelto no ir a la cita ciudadana cuya 
cartelera anunciaba "La Herencia Maldita” y me enca- 
miné, resueltamente, a ver "La Mujer de Negro”. Buena, 
te la recomiendo, Juanjulio, Hasta mañana, amigos. 


80 


EL ASIENTO DEL GUARDA 


El asiento para el guarda, institución laboral incor- 
porada hace un tiempo (no mucho por otra parte) a 
nuestro folklore ciudadano, dio lugar a una extendida 
polémica popular que alcanzó algunos meses, cubrien- 
do ese espacio elástico de prensa oral que son la plata- 
forma del ómnibus, sus abigarrados pasillos y, fuera de 
él, lu esquina del barrio, el café de la esquina o el K- 
ving comedor privado. Un público popular, castigado 
con un mal servicio de transporte, reaccionó con - 
chinche ensillada en la desventura, y en aquel a- nto 
increíblemente vacío, que veíamos desde nuestra inco- 
modidad, poníamos todas las pulgas de nuestra indérn..- 
ción. Para que comprendiéramos la elemental justicia 
de aquella medida, era necesario: o que fuéramos guar- 
da de ómnibus y tuviéramos que hacer ocho horas de 
vr vicio transitando en aquella selva de tórax y patas 
Humanas, destinando boletos y repartiendo vueltos y co- 
mandando las maniobras de aquella nave trasudada de 
nafta y otros ensayos pituitarios. . . o que pasara el tiem- 
po, mejoráramos de la chinche y apreciáramos, a través 
de esa perspectiva temporal, que es la mejor consejen», 
qué clementalmente justo, qué lógico y qué poco, qué 
nada afecta la consagrada incomodidad del ómnibus, 
aquel asiento que espera el intermitente descanso deí 
guarda. El tiempo sirvió para que comprendiéramos > 
pero, también, nos alcanzó una nueva revelación de la 
condición humana. (Córrete un poco más adelante, pa::« 
que entre Ovalle Hermanos en el pasillo, y ya vuelvo 
y te la sigo). 


La medida (seamos justos ahora que la perspectiva 


81 


dkl tiempo y el curso de ii» experiencia - lo permiten) 
Lí medida dio más de ima oportunidad ai guarda. Le 
• lio, por supuesto, la de sentarse cada vez que se lo re- 
claman las piernas y se lo permiten las exigencias de 
su función. Pero le dio, también, la de engalanar su in- 
grato oficio con el ejercicio de una desleída virtud ciu- 
dadana: la de la caballerosidad. En efecto, la cruciali- 
J id de estos tiempos, que afecta aún los más humildes 
rincones de la vida, ha venido endureciéndonos el ca- 
íácter o, digamos, esclerosando ciertas facultades del 
hombre proclives a la solidaridad; el pasajero, digámos- 
lo de una vez, pidió licencia por tiempo indeterminado, 
de su condición de caballero, y si consigue un asiento, 
no levanta la vista del diario y es capaz de leer tres o 
cuatro veces un editorial de Ramírez, con tal de no to- 
parse con una vecina, una anciana o una señora con 
el enano en brazos y tener que cederle el asiento. Lo 
hacen, ignominiosamente, el hombre con la dama; y la 
dama joven, con la dama anciana. El ómnibus es una 
masa de introvertidos ... El guarda, que ganó su asien- 
to en una incomprendida gestión reivindicativa, disfruta 
el todavía humano placer de hacerle la suplencia de ca- 
ballerosidad al señor pasajero. Y mi cotidiana experien- 
cia de viajero ciudadano me ha permitido ver, con pro- 
digiosa regularidad, el asiento del guarda ocupado por 
una señora con un niño en brazos, o una señora con un 
niño aún no desglosado (valga el eufemismo) o una an- 
ciana. La reiteración de este conmovedor hecho com- 
probado desde mi abochornada condición de pasajero, 
i íe hizo comprometerme a dedicar este comentario a la 
injustamente vapuleada institución llamada “asiento t - 
servado para el guarda'. Lo iba dejando pasar, pero 
anoche un guarda colmó mi capacidad emotiva, sentan- 
do, con paternal ternura, a un “raarnao”, en su asiento. 
No lloré en el ómnibus, por esas cosas. Hasta mañana 
amigos. 


82 


SABADO DE NOCHE 


, f . Y ° he í ucho > alguna vez, aquí mismo, tai vez como 
definición de un estado de ánimo tolerante, conciliato- 

... yo he dicho alguna vez que, en cierta medida 
me sentía batlhsta los sábados de noche. No es qu uno 
lo fuera, en instancia finisemanal y que uno se pmi ra 
encima de la ideología oficial de entonces, tal como se 
us ra los zapatos, se pone el traje nuevo, se anima a 
comprar cigarrillos americanos y cumple otros “relajos” 

m mor° S ' • / rataba ’ sim P ie mente, de una suerte de 
nmetizacion forzosa en un ambiente que uno susp. .ha- 
ba o sabia intrínsecamente batllista: el aire, la libe . ii- 
, ’ esa cumplida alegría hebdomadaria, cierta laic i 

desaprensión espiritual, que no son, por supuesto, con- 
dición exclusiva de un partido, pero que el batllismo, al 
cabo de tantos y tantos años en e! poder, había hecho 
suya... aparte otros factores formativos de uno sobre 
a base de “Batlle-dijo” y “Batlle-hizo”, que tenninanm 
poi creamos una subconsciencia batllista, aún a aqn- - 
Üos que politicamente no lo éramos, hasta admitir o,- 
P 1 o que de una manera subconsciente) que los sábados 
tueron una feliz ocurrencia de Batlle, como otras reco- 
nocidas iniciativas sociales. No hemos llegado a pensar 
por supuesto, en este trance, que ahora, con los blan- 
cos, ya no va a haber más sábados. (Para así pensarlo 
babia que ser un batllista tan recibido como cascaru- 
rof- - Pero descie mi relativa independencia política yo 
-egue a c i.siderar, si, en qué medida cambiaría ¡a caí 
e Montev id >, cuando el reverso blanco se hiciera . - 
verso y un nuevo sello caracterizara el municipal y - 
peso paisaje ciudadano. (Ya vuelvo, che...). 

Anoche no era sábado y, sin embargo, extrañé aque- 
comoda condición de transeúnte de que solíamos 

83 


vestirnos los montevideanos de cualqui» r pt •>. \ fu 
l io que así me puso) un color nuevo n iA paisaje noc- 
turno que, en cierto grado, traumatizó mi natur.d des- 
cuido ciudadeño. Alguna vez he visto, ^n la Plaza Ca- 
ganchn, cierto oficio religioso a cargo de 5 o d mucha- 
( m nteojos de carey, \ )z ir ra dea csce 
un n de vara y 5 o 6 concept s mor* ere ‘y 

na, pi« < -ando la correspondió ite versión trstumeiKy 
tu do mui de las tantas sucursales ideológicas del cris- 
;iams no. Eso corría ya por cuenta del antigui ] aísaje 

n ic . Se tambié d un i b f ion 

li is ( )i • de cu aur. a ad 1 -ón popí 1 r, u re 
rían 1 íida fl anquí 'si : si ( 51 l( 

s velos ( n s i do lo de "El D 

dos, el distraído, se ponía, creo, a mirar para la cali 
( , lo \i) Dios, con mayus' ota y mi iscnla comp r nsi . 
y condescendiente nos dejaba andar y recataba sus 

•'ñu Hjtíngs", a los más propicios ámbitos Pero anoche 
eua d< ° aboqué en 18 y Ejido, me di de bruces, el 
n¡ «a con una misa (callejera, aunque 1c llamen campa») 
v, tomo *'k:ck-ground” la hasta ahora laicísima mole 
( |1. ladrillos del Palacio Municipal. No expreso (ni insi- 
j, o siquiera) ningún juicio sobre el hecho, iodo ■ st i 
b n y, después de todo forma parte de un nuevo sem- 
blante ciudadeño, aquel semblante que yo buscaba adi- 
\ inar para cuando el reverso blanco se hiciera anverso. 
5. jalo, nomás, que aquel oficio religioso, recostado na- 
da menos que al Palacio Municipal, estaba vengado 
(no por parte de Dios, que no se fija en esas cosas, sino 
< i sur subscriptos fieles) la sostenida minúscula de los 
derr t dos alcaldes, al tiempo que uno (parece mentira 
Jo qu- es una costumbre del alma) buscando a Dios por 
entre las sombras que opacaban el rojo de los ladrillos 
mu dcipales, le parecía ver, todavía, a Don Pepe Batlle, 
grande, municipal, espeso y porfiado. Te juro qu< >\ 9 
Juanjulio. Hasta mañana, amigos. 


84 


QUE LA INOCENCIA LE VALGA 


Era el Día de los Inocentes, aunque nadie, enton- 
ces. pencará ya, con alguna conciencia histórica. » a He- 
iodos, aquel Ik v de Jadea que ordenó la degollación 
de .s i -i*cuit: ■*, jugándose, a ios premios (como h 
diiútm s) la d *goll. de uno saín. Era e l Día i • 
Inórenlas y glandes y cha jugábamos a aquella ino- 
' ent í deri' .»i ion de la tragi emendes; ya por « níon- 
cos s. ¡ ía ííu« esta < dic. 3n estaba en fi «n v deca- 

den ia, . ero, :o obstante todos nos ac< > tullamos, la 
uoc antes, ii comendánd os que “¡mañana es .> d 
Dicn iiibrii, Día de los Inocentes, ojo!”. Y salíamos al 
otro día, más inocentes que aquellos a quienes pens íba- 
mos hacer tales, a ejercer nuestro prodigioso ingenio, 
entre los amigos de la cuadra. Ya venía entonces langui- 
dt eiciido la costumbre, un juego más para aquel otro 
Í7- j, cultivador de tan sublimes y encantadoras idiote- 
ces, que para éste, que venía mostrándonos ya su glo- 
riosa cara de perro. Ya más tarde, convertidos en dudo- 
sos hombrecitos de vereda de café, nos gustaba ver pa- 
sar a las muchachas o mujeres ostentosas de cierta to- 
pografía anatómica y decirles, un 28 de diciembre de 
aquellos: “¡Mire lo que lleva atrás, señorita!” para que 
ellas nos contestaran, sobrando una inocencia pero incu- 
rriendo en otra: “No importa, quédeselo para usted!”. 
Hoy ya no juega nadie a eso. Ni los niños lo saben, por- 
que una generación anterior olvidó enseñárselo. “Que 
la inocencia te valga” ya no es un voto especulable en 
la plaza de estos tiempos. (¡Cuidado que estás queman- 
do la radio con el pucho, vos!). 

Pero no nos envanezcamos mucho y nos pongamos 
decir que la costumbre murió con la propia inocencia. 


85 


Que \a entonces se pretendía lo mismo, cuando nosotros, 
chiquilines, porfiábamos el juego ante el gesto despee - 
** v o dv los grandes y oíamos decir a nuestros tíos ma- 
durísimos, que ya no había más inocentes en este mun- 
i' S opinión subrayada afrimativamente por nuestras tías, 
que sacudían la cabeza, de atrás para adelante, bamh - 
leando sus caravanas y diciendo, sentenciosamente, “ya 
lo creo”, “ya lo creo”. Integramos, puede ser, una era 
de "vivos”, a quienes no se toma distraídos en el día 
de la fecha, pero estamos a disposición de la inocencia 
en cualquier otro recodo del año. La Inocencia no ha 
muerto, empezando porque el día que la perdamos, ha- 
bremos perdido, también, una virtud tan constructiva 
como la fe, pronunciada con módica minúscula, porque 
me estoy refiriendo a la fe en el hombre, a la fe del 
h ubre en sí mismo. Habrá terminado, habremos clau- 
surado, el ejercicio tradicional del 28 de diciembre, pue- 
de ser, pero no para clausurar la inocencia, sino, tal vez, 
para ampliar su vigencia. Después de todo, no éste de 
hoy, sino cada día de estos, vivimos la consecuencia de 
una inocentada prodigiosamente colectiva, de cuando se 
creyó ¿se acuerdan? en la claridad de una alternativa. 
No fue un 28 de diciembre sino un 30 de noviembre, 
pero el candor fue el mismo que cuando nos dábamos 
vuelta para quitarnos una cola de papel que nos pu- 
dieran haber colgado entre los omóplatos. Solo que, es- 
ta vez, no hay caso. 


86 


OTRO AÑO MAS 


Bueno, qué quieren ustedes, amigos míos . . . Esta- 
mos , recién, a 2 de enero; apenas hemos entrado en 
el año, y lo más probable es que estemos (a mi me 
ocurre, ai menos) con ese gesto idiota de cuando entra- 
mos en una casa nueva, desconocida, mirando los te- 
chos, inspeccionando las paredes, para deducir el alcan- 
ce cultural locatario a través de los cuadros que tienen 
colgados y tanteando recelosamente el sillón donde pro- 
bablemente habremos de sentarnos, no sea que tenga 
!os fuelles reventados. ¡Cómo estoy de parabólico, hc>\ 
mámamía!. . . Bueno, después de todo, el trance me jus- 
tifica . . . Estas circunstancias de la vida nos inclinan, 
fatalmente, a la filosofía o nos ponen sentimentales y, 
de todas maneras, aburridos. No ha de ser el gas anhí- 
drido del champagne o de la sidra, porque no he pro- 
bado ni una sola burbuja (a mí no me gustan las bebi- 
das alborotadas por la acción del fermento; prefiero 
siempre la sobria severidad de la destilación, calma y 
segura en el efecto). No ha de ser, tampoco, el fulltime 
digestivo del posible lechón, el pan dulce o la fruta se- 
ca, porque tampoco los he probado, atendiendo una pres- 
cripción que, después de todo, no me duele tanto. Ha 
de ser, sencillamente, eso: que estamos sólo a dos de 
enero, en el felpudo de otra aventura, sin duda, pero ya 
sin el año viejo y con éste sin empezar, todavía. Sólo un 
casi religioso sentido de la responsabilidad, me tiene 
esta noche con ustedes, escarbando en la vaciedad de 
estas horas imprecisas, convencionales, mentidas con co- 
hetes y globitos sobrantes . . . 


Además, la cara de este año (aparte lo que ya pue- 


«la s< sj m v 1 1 .» *-c j* « u* a irrect;s :M'í «. ontinnidad históri- 
ca, p< litica y económica) la cara <h c te año, amigos no 
he nos de ved i hasta q le el fio mismo se manifieste 
t a esi dialéctico juego de causas y efectos y come c - 
mes . sentir las verdaderas consecuencias de una sos- 
pee! ada perspectiva. Estos son los primeros días, ape- 
; i', cu los que no está (porque no puede caber en ellos) 
U verdad de un destino. Representan, digamos, los tér- 
i i nos dulzones de una Luna de Miel, galopante, albn- 
ii.: ada, ovelera... Al tipo que está en ese trance no 
* ' pr tintes cómo le va, ni cómo le parece la aventura 
rivil que t de emprender, porque Lodo le anda en 
•l aire s« rr ido de la circunstancia, la chiquilina le 
i re • un ámjH. se pone todos los 'naílones" nuevos que 
L - . Jaron v no gasta en casa más que el carácter con- 
v* Tieiomiiineule almibarado de los estrenos conyugá- 
is . . . No cab preguntarle nada porque, sin tanto apre- 
mio informativo, con los propios rigores de la cuita, ven- 
dí i un día él mismo al café, a confesarte los primeros 
; untos de su defraudación, cuando a la chiquilina (que 
ya no lo es tanto, figúrate (se le fueron gastando los 
n; dones", así como las reservas dótales de la miel inau- 
gural y se le aparece un día, francamente, desconven- 
de ualizada, como la "fulana" que es. Así ha de pasar- 
no-^ con este año, amigos, y ya tendremos tiempo, eri 
decurso más adelantado de lo que hoy recién lleva 
cumplido, ya tendremos tiempo de venir (yo aquí y us- 
tedes allí) a rascarnos nuestra cuita. Hasta el lunes, ami- 
gos. 


88 


LA HUELGA MUNICIPAL Y EL DAVID 


\quelio de “municipal y espeso**, cali eación n n- 
i . l por una lira tan n tivamente edilicia como la 
(. dnben Dar >, pareció p.dps e, hoy, en el aire mon- 
l.cv I o. En r* rtlidad, est. siendo así de dr hice ir 
ch (hoy se cumple el quinto, d huelga) cuando le., 
oc ; ¡ntes de ese palomar burocrátii o ( ciao alg n 1 • 
llam al .una vez) que cumple la manzana 18 de Ju- 
bo Santiago de Chile y Ejido, d -i.ii, j m ti<« 

0 a sus bretes funcionariales mientras no se le . 
a . catara la ración, que, parece, no estaba suíioienle- 

1 alte atendida en el presupuesto que el Consejo De- 
partamental estaba • laborando. Municipal y espeso, . 
aire de aquellas inmediaciones tan alcaldescas, tan (b 
oficio, en épocas normales, y, por estos días, erizadas 
P r >r una insólita presencia castrense (vos lo decís así y 

se nota tanto como si hablaras de tanques, soldados, 
bayonetas y la mar en jeep) como se ha visto última- 
mente, con gozosa novelería de los niños y cierta indig- 
nada pavura de las señoras. . . Municipal y espeso el ai- 
re y, extensivamente, la concreta palpabilidad de esas 
calles, que los españoles llaman “de Dios” (por esas ca- 
bes de Dios) pero que sería injusto adjudicárselas hoy 
(aunque el municipio no sea batílista y ateo) cuando una 
gama de olores que van de la putrefacción al quemado, 
mado, denuncian y publicitan la huelga (mejor pudiera 
cerlo un affiche de la “ADEOM”) por la municipal y 
espesa ausencia de los barrenderos. (Dame unos segun- 
dos para ponerme un buche de agua mineral, como se 
estila en las conferencias y. . .) 


Pero más, mucho más “municipal y espeso” ha de 


89 


haber amanecido el aire, boy, cuando se ¡"S a *í' la ‘“' 
ZL conminativa con que don Damel Femante Cre - 
„„ ia taha doblegar la entera resistencia de los nuei 
SisStta magna, en electo, venda el plazo ■ acorde. 

■d .1 r ( ,A o pvcr C as iefes y secretarios; para que se pie 
SX,Zsí tego de declararlos cesantes par 
abandono M cirgo. Se piensa en la £ “¡£ 

dev los dos extremos del drama. El que corresponde 
al (mil loiwrio, atento a su dignidad greirualista pero se- 

záfts&z. srL'e ¿r a. n 

don Daniel esperaba esta manana, atento a su cg 

en este bollo municipal montevideano que siempre 
sido mío'). Pero la carta intimidatona ya había sido yu 
gl y allí estaba él, 

L resultados de la intrnndacron. jVrene a |nem . . 

Xs. m . 

nada hay uno que “Íempo T vSSe íuvoll" 
que vino apurado, porque ni ueu [ «,p c „ „„ oí 

Pero clon Daniel le advierte, con desall ® nt ° n ‘ , e n0 
David hombre! . . ¡El funcionario ideal! , No cobra y no 
falta nimca, ni los domingos!”. Hasta mañana, amigos. 


I 

LUNES DE CARNAVAL 

" ' ' 


Tal vez no sea ésta una noche muy propicia para 
una reintegración microfónica como la que vengo, p 1 >r- 
f i adámente, a cumplir. Un lunes camavaliento como es- 
te, la campanilla que decreta el t nal de mi recreo ' 
vez anda desencontrada con la m jor suerte del oye « , 
que funciona bajo otros códigos. Me pregunto, por ej< n; 

I pío. en esta d< .ganada circunstancia, si Juanjulio habrá 
vuelto, ya, del corso, y puesto las orejas a disposición 
lie mis presuntos conceptos; porque si bien es cierto que 
Jas normas restrictivas han impuesto un carnaval lo im. 
c orno posible, con desfiles “sub-sole” (para desmen fí 
aquello de “nihil-novum”) es también cierto que la gr 
Je es incorregible de sus más porfiados hábitos y se va 
quedando en la avenida hasta la medianoche cuando 
^e ha perdido hasta del recuerdo visual la mancha d« ’ 
último lubolo y no queda ni el perfume de Mónica Pri- 
mera en el aire desconcertado de 18 de Julio. La gente 
siempre queda esperando algo, en esa expectativa car- 
Uavalera que, después de todo, no es otra cosa que otra 
cola de las tantas que está condenada a sufrir en la cru- 
vialidad de estos tiempos. La cola de una alegría por- 
tadamente buscada, largamente esperada, para que, al 
final, Ies resulte con la misma defraudación de otras 
oolas sufridas: no hay más de lo que esperaba. Pero eso 
ocurre todas las noches, todos los años, y cada año, y 
cada noche siguiente, la gente vuelve a ponerse en la 
dichosa cola, a esperar algún cacho de la prometida ale- 
aría del carnaval... (De todas maneras, como alguien 
toe observaba, la gente disfruta, si no de la alegría car- 
Tl avalera que han ido a buscar, al menos de la propia 
Animación de las colas). . . 

i 




que vienen empujándonos, des- 
que k ju. Lijuli di jai o por imposible a 

misma novele ría, han c!<; venir preguntándose, mientras 
. , , • en se drlramlau v desembocan en la hipocondrio 
jque es el Carnaval? “Si no tomas toda la sopa (dice 
rúa madre con cierto vareliano concepto de la docen- 
, iu mati mal) si no tomas toda la sopa, no te llevo mego 
ü c. rnav.il ’. Y (I chiquilín toma toda la sopa ese día, 
mi año, y otro uño, y otro año, hasta que descubre 
r un .deunas canas en la cabeza y en el alma, que tal 
> ,. z , sa alegría no existe más que en la esperanza y qm 
los ' ap, tactos de su I fetoria, esa alegría - > 
is más que 1;. misma felicidad que buscamos en es- ,uas 
trascendido tránsito de la vida. ...Que, después de 
t,,do, quién te dice que esta Vida no os mas que otr 
cola que empezamos a hacer con el primer berrido, a 
• i espera de aigo imponderable como esa presunta r e- 
licidad por la que nos fastidiamos, por la que seguimos 
: ¡mando otras sopas más amargas e ingratas que aque- 
llas dichosas y resistidas sopas de la nmez, para ter- 
minar un buen día, defraudados, con el aúna vacia de 
egreso de ese corso al que hemos ido tan puntual- 
mente, a esperar que pasara algo digno cíe este trabajo 
d vivir. Pero, en fin, amigos, estos son pensamiento, 
vagabundos y, puede ser, neurasténicos, del regreso c e 
unas vacaciones, regreso tal vez inoportuno, en un lu- 
nes de carnaval y mientras hablo, preguntándome coi 
justificada incertidumbre: ¿Habrá vuelto Juanjulio del 
corso, habrá acostado a los nenes y me estara escuchan- 
do? Hasta mañana, amigos. 


92 


LLEGO IRE 


Al otro día de la fiesta, vienen las cosas. . . No es 
por nada, porque todo ha estado “ragin'’, como <<• 
decir la nena, la sublime novelera de siempre, pero • 
nos impon" es< balance familiar, cuando los invit .¡ os 
} a están ii jitos y * neutras se barren, ¡ V , os papel! U , 
restes d o sandwiches detras de la «íbliot ca, alguna 
copa rota dentro de la mayólica y todo ese jaleo "post- 
operatorio** familiar. —¿Verdad que estuvo lindo? Y uno 
entra a ponderar la discreción colaborativa de Pedir > 
Berro (por ejemplo) que presentó renuncia con una < n- 
fática indeclinabilidad, pero con la recomendación 1 j 
< 10 ser entregada y considerada hasta después que pivü.i 
todo, porque cabía a su cartera una responsabilidad y 
una tarea ineludibles, mientras existieran so pechablcs 
razones de alboroto estudiantil. (Es inútil, o los estu- 
diantes no tienen el menor sentido de la oportunidad, 
u lo tienen excesivamente desarrollado). Por supuesto 
que me estoy refiriendo (ya no es de mal gusto, porque 
m. fue la gente) a los hechos que salpicaron algunos 
aledaños universitarios, ayer. Son hechos que pueden, 
dignamente, lamentarse o, también, resignarse a ellos, 
como algo que, fatalmente, tenía que ocurrir, valga el 
criterio de cada uno. Ignorarlos, de todos modos, sería 
lo peor. Uno piensa, desde la más discreta y sobria po- 
sición, que fuera mejor (decime si no, Juanjulio) <p.r 
carteles, que no aludían directamente al ilubtp 
huésped, ni al país que el representa ("Abajo »•! Tmp 
r i Mismo”, digo yo, no ofende más que a los impertan 
tas) que esos letreros, decía, fueran cómodamente lcídi 
por la ilustre comitiva, incluso para que la ancha son- 


93 


isa <le “Ike” se pronunciara diciendo: “Me too” (yo 
. tmbién) alegrando nuestras sudamericanas pestañas. 


Era, al fin y al cabo (aquella de los letreros) una 
opinión. Bajarlos, por parte de la policía, aparte de 
una oficiosidad discutible, significaba (en una circuns- 
tancia de tan vibrante invocación democrática) ta- 
carte la boca a un ciudadano, pocos o muchos que fue- 
ran 1( s iscriptores ? a •• ello, Hiparle la boca a un 
c iudadano que quería decir lo suv \ muy ponderable, 
l>or otra parte. (¿Es usted imperialista? No me diga. ¿Y 
cuándo lo internan?). Pero en fin, todo tuvo, felizmente, 
su discreta medida, su mesurada y realista entidad. De 
todas maneras, los corresponsales de diarios, cine y te- 
levisión visitantes, que obtuvieron de la Federación de 
Estudiantes un permiso solicitado para documentar, grá- 
• y oralmente, el desarrollo del acto de la Universidad 
(que dio lugar al berrodo de anoche) han llevado, sin 
duda alguna, material en pila, a sus respectivos desti- 
nas . Tal vez no hayan entendido bien, se me ocurre 
bueno, eso puede ser por incomprensión de algunos mo- 
dismos nativos, ellos que apenas habrían aprendido cier- 
to básico español de emergencia). . . tal vez no hayan 
. n tendido bien, decía, cuando los estudiantes, corretean- 
do anoche las inmediaciones de la Universidad, se aler- 
'.iban, unos a otros, con el curioso grito de: “¡Guambia 
que viene Isolina!”, como delicado eufemismo de los 
piquetes de “gases”, y en atención a los prestigios “la- 
rimógenos” de doña Isolina Núñez. Hasta mañana, 
ainivjns. 


OTRO SABADO 


¡Es tai. jímIo llegar al sábado!... E-te sábado re- 
petido pero de siempre renovada esperanza, porque es 
la meta a que hemos venido refiriendo nuestro esíuerz > 
de toda la semana (vivimos y transpiramos para ese 
discutible, siempre adornado, aunque al cabo frustrado 
fin de semana) ... el sábado es la consagración de una 
.ujosa mediocridad pequeño-burguesa, lo se, pero 1 
lujo significativo de los que trabajan (de quienes tra- 
bajamos) durante esos benditos cinco días que parten, 
pesados, de un lunes neurasténico y arriban, jadeantes 
a ese viernes que en su última hora, tiene (paradójica- 
mente) algo de amanecer, porque empiezan a cantar 
los gallos de esa aurora de la holganza finisemanal. Bue- 
no, aquí, entre nosotros, yo se que todo esto es litera- 
tura. Y bien barata, por cierto... Literatura de feria, 
antiguos conceptos de vida y costumbres, que sólo se 
dan, de viejo, en la feria, donde algunos inocentes o 
maniáticos compran algún pestillo, una llave grande de 
puerta, un par de lentes de un desconocido présbita 
para una propia miopía, o una dentadura postiza p ra 
un voto discorde de los propios maxilares. Pero es bu 
no > todas maneras, llegar al sábado, aunque sea e n 
ese engaño deliberado, con. esa consciente ilusión de 
< l Uo llegamos a algo... al menos, al famiente v la za- 
patilla. (Espérate un poco que me aflojo el cordón de 
0S za pat°S (¡sábado, che!) y va Vuelvo y te la sigo). 


Porque, bueno... Llegamos al sábado y ¿qué o< u- 
J’e en ese famoso sábado?... Ocurre, tal vez, cu, ndo 
ho, que nos lo pasemos preguntando para qué día- 
os lo queríamos, si no sabemos (o no podemos) qué 


hacer con él. Algo parecido a lo que le posa al casado 
f: ’ (pero de imaginac.ón infidelísima) que tiene un pa 
de noches libres (porque la mujer se fue a ver a 1 
nu al interior, atacada de nefritis, la pobre) y... al 
final no sabe qué hacer con las noches, con la libertad 
s con su hambre de aventuras... Porque el tipo ca- 
ro o de medios materiales y morales, no tiene sentido 
pai»! una urgente adaptación y... bueno, porque *s un 
sujo i o irrecuperable, de alma colonialista (no victima- 
ba, sino víctima) y so acu da a las 10, escucha el re- 
'■•..nen de noticias dr las 11 por la radio y se duerme 
J< v, ndo - "Acción” el discur • > Je Tróccoli en el Senado. 
El sábado para esta mediocre posibilidad económica 
que vivirnos, tiene algo de eso. Lo h. mos soñado y lo 
seguiremos soñando como una meta consagratoria y 
sublime, para acabar en esa constante, repetida, inde- 
< linable frustración de cada punta de semana. Pero, por 
suerte la fantasía nos sostiene para el hebdomadario 
esfuerzo. Tal como soñaba El Pulga (me acuerdo) al 
cabo de una jomada calurosa de laburo con los diarios. 

Ahora (le decía a Peloduro) me voy para casa .. .abro 
la heladera ...saco unos cubitos de hielo ...me sirvo 
un whisky...” “Pero... vos no tenes heladera, Pulga” 
de dijo el otro). “Sí, yo sé, no tengo”. “No tenes whisky, 

■ rnip eo”. Sí, yo sé, no tengo whisky tampoco. . . Pero 
í « i ; : • ) “maginación”, abombad !P le dijo El Pulga, con esa 
porfiada inocencia de los desdichados incurables. Hasta 
•1 lunes, amigos. 


96 


EL MANGO 


“Donde hay un mango, viejo, Gómez. . . me lo han 
Itmpiao con piedra pómez”, clamaba una vieja canción 
< on ritmo de ranchera, creo, que Don Francisco (¿airnez 
'fus, Canaro?) difundía con su típica. También por ese 
bempo, Enrique Santos Discépolo, filósofo de una ya 
antigüedad rioplatense, nos prevenía con sus ácidos con- 
ceptos, los tiempos en que tuviéramos que “rajar los 
^mangos buscando ese mango que te haga morfar”. 
Ellos hablaban de un “mango” de allende, "del propio, 

• nacional , que para nosotros, para el “oro-uruguayo” 

■ ma una significación subalterna, como unidad aunque 
' l.os (digámoslo sin pudor) fueran, siempre, nacional- 
mente más ricos. Pero aquel "mango”, riopJatensizado 
<omo las canciones que lo aludían, tenía, para nosotros 
s de aquende, una acepción precisa y adecuada (no 
* e si también para ellos, porque no recuerdo por cuán- 
? se com i a , entonces, en Buenos Aires)... pero aquí 
f . se comía P 01 ' un peso, o poco más y había, por lo 
an ° razones para sacudirle las solapas a] enteléquico 
n 'T pómez, preguntándole "dónde hay un mango”, 
rajar los tamangos”, buscándolo por esas calles de 
miln i c ipi°s de Dios. Entonces, aquí, un peso era un 
pr’So (hace memoria, mi querido Juanjulio) y, aunque 
.° conozco^ el motivo original de llamarlo, popularmen- 
> mango , se me ocurre aue debió ser porque con 
h para un apuro social o de simple “busarda” había 
donde agarrarse. (Espérame 15 segundos y tres cuar- 
<<N> que ya vuelvo y te la sigo). 

Hoy, en cambio, uno no lo molestaría al viejo Gó- 
7 para semejante minucia, ni vale la centésima parte 


97 


de! valioso calibre de nuestras su salir a buscar lo 
qiu se dice “un mango' . Equivalentemente, hoy habría 
• ;ue rajar los tamangos para la suma de diez mangos, 

■ on los que puede almorzar por ahí, en este crucial 
“oyurduí” que vivimos, un bohemio de aquellos román- 
ticos tiempos. La desvalorización de nuestro papel, ha 
nuesto, tal vez, más adusto el gesto con que Artigas 
io ilustra, entre las firmas del Presidente, el Gerente j 
V el Delegado, pero uno, menos dado a la solemnidad, ! 
se enchincha un poco y acaba, sencillamente, por re- 
conocer que, en todo caso, este peso nuestro de hoy, I 

no tiene nada de “mango'", es decir, algo de lo cual 
asirse para un apuro. Los otros días encontré un peso, I 
caído en la calle; confieso que me agaché y lo recogí, \ 
pero nada más que por una razón de principios. . . O, en I 
todo caso, por un reflejo condicionado (condicionado a I 
otra época, otra situación, otro peso). Nadie gasta hoy 
las visagras de la cintura por cinco centésimos o un 
real y es seguro que un vintén en la puerta de una i| 

escuela dura (si es que no lo barre la portera) más | 

que un Somoza en Nicaragua. Aquel peso que me aga- I 
ché a recoger los otros días me dio, eso si, el precario 
valor de estas reflexiones. Reflexiones baratas, bueno, I 
si ustedes quieren, pero . . . ¿qué más se puede obtener | 
hoy día con un peso, me quieren decir? . . . Hasta ma- 
ñana, amigos. 


98 


¡EL SHA TUVO UNA NENA! 


Yo siempre fui (por decirlo en un ya clásico estilo 
na ivista) un “bestia” para estas cosas. Mis familiares 
me i procharon siempre cierta desaprensión en materia 
social, por mi porfiada morosidad en cuanto a eso q*.e 
la costumbre denomina “atenciones” y que constituye 
una especie de balanza de pagos y siempre me fue ne- 
cesario el recuerdo y la chinchosa recomendación ajena 
para ir a visitar a las tías e ir a buscar un beso (y tal 
vez un peso) de la madrina. Eso no quiere decir, por 
supuesto, que yo fuera un desafecto, un desamorado o 
un anarquista cordial . . . Sencillamente, era un distraído. 
Me sigue ocurriendo, en planos más amplios de la hu- 
mana relación, y hoy compruebo que mi “pasivo” so- 
cial alcanza, también, la zona de lo político... De lo 
político-sentimental, en todo caso, aunque no me atrevo 
a definir, por mi cuenta, el carácter del acontecimien- 
to, Por ejemplo, reconozco una falta imperdonable que 
yo no haya, en el curso de todos estos días, señalado, 
al menos, el nacimiento, el fabuloso “rumor de cuna”, 
dichosamente pergeñado (de alguna manera hay que de- 
cirlo) entre el Sha de Irán y la gentil Fara-Dhiba. No 
hablemos, ya, de haberles enviado, siquiera, un tele- 
grama o, mismo, unas flores, a la fecunda consorte. “El 
País de hoy como un alerta familiar, me lo recuerda 
y advierte el “encanto” del acontecimiento, que a mí 
se me estaba escapando, se me iba escurriendo por 
e ntre la maraña de mis distracciones políticas. ¡El trono 
del Irán ya tiene su heredero!. . , ¡Persia ya puede mirar 
futuro por la ventana de su pasado!. . . (Juanjulio!. 
¡Sentate derecho, por lo menos!. . .) 


Es así que se nos recuerda (benditos sean estos 
desinteresados oficiosos de la historia; uno va hasta allí 
nomás, hasta la Primera Guerra Mundial y ya vuelve 
con la lengua afuera).,, es así que se nos recuerda a 
Giro (no, Juanjulio, no seas bestia! Giambruno es con- 
temporáneo!) . , . se nos recuerda a Ciro, hijo de Cam- 
l ises, que se adueñó de todo el mundo conocido, desde 
»•] Indo hasta el Mar Egeo, allá por el siglo VI, antes 
«le Cristo, cuando los medios de desplazamiento no 
eran, por supuesto, lo que hoy son, que te tomás un 
ómnibus para hacer cinco cuadras y una base aérea pa- 
ra los week-end de los muchachos. Y (valgan los en- 
tusiasmos memorativos de Don Eduardo, sospechable 
autor de esta revivificación histórica) estas hazañas fa- 
bulosas parecen resurgir a través del Sha de Irán y de 
la fe cunda Fara-Dhiba, “cuyo fruto se quiere destinado 
(fíjate un poco, vos) a renovar remotas grandezas”. Y nos 
pide que “no nos resistamos a su encanto (el del acon- 
tecimiento), sin pensar demasiado en la distancia que 
\íi de aquellos grandiosos y sombríos regímenes, a las 
c : izaciones occidentales (respirá, Juanjulio!) fundadas 
en *d derecho y la libertad”. En fin. . . uno nunca sabe. 
El mundo (como dijo otro Ciro menos espectacular) es 
ancho y ajeno y el latifundismo político (vamos a lla- 
marlo así) está en el Orden del Día, aunque no de- 
penda tanto, eso sí, de los hijos varones de un Sha 
de Persia. Con todo... congratulaciones a la gentil pa- 
reja. Hasta mañana, amigos. 


100 


LA CORRUPCION 


Ei “Time” (ustedes han itener alguna noticia) es 
una publicación que aparece en los EE. UU. y tiene 
por supuesto, otro carácter y otra trascendencia pú- 
blica v universal que “Mundo' Uruguayo” pongamos por 
ejemplo domestico y entrañable. Salir en “Time” ya es 
otra cosa (ya es una cosa seria) y nuestros políticos (no 
digo que todos pero hay algunos) se sienten bañados 
y chorreantes de consagración si los visita un redactor 
y un fotógrafo del “Time”, para el “Time”. Claro que 
con ese gobernante y su gozo, se ventila, también el 
país y su paisaje institucional y político, y por eso que 
algunas veces, si bien el hombre tuvo tiempo de ves- 
tirse conidio y la patrona, de arreglar el living (o el 
ordenanza, de arreglar el despacho, si la entrevista es 
en la Casa de Gobierno) al país no le dan tiempo de 
nada y resulta así que, mientras el hombre, el living 
y/o el despacho, lucen lo que se dice “monísimos”, el 
país (que no es nada fotogénico, por otra parte) queda 
pagando. Hace poco, por ejemplo, nuestro presidente don 
Benito Nardone, salió en el “Time”, con su guitarra y 
sus conceptos en un todo “nativista” que parece caer 
muy nen a los blondos del norte. Nosotros, que somos 
e a familia (en un estilo político nacional) orgullosos 
estamos de tamaña consagración, no importa si el “back- 
ground (creo que es así que se dice el paisaje de fon- 
o), el back-ground conceptual quedó un tanto chueco 
j S1 ’ en sentj do nacional quedamos un poco fuera 

ní vT°‘ La C ° Sa 65 qUG SaIímOS en el “ Tinle ” aunque 
vos m yo nos reconozcamos en la nota, Juanjulio 

nómen P(>rt T te “ qUe > P °” y la 8 uitarra olieron fc- 
menu y los conceptos (taitunga-taranga y tunga) gus- 


101 


ijron miií ho a .1 mella gente de allá. (No pongas • 

« ira dt resentido, Juanjulio, y esperame un momeo' i f . . 
que ya vuelvo). 


Ahora que ... el “Time” sigue ocupándose de no- 
sulius (la tiene, che. la tiene) y publicó un artículo (yo 
sup .mgo que otro ajeno a aquel) que contiene reie- 
digamos que ingratas para nuestra dignidad 
política. Ocurre que estas visitas (como esas que recibís 
•:*n tu casa) refistolean detalles de tu intimidad (mien- 
tras vos hablás de lo bien que marchan los estudios de 
los nenes y la patrona cuenta su operación de vesícula) 
y después salen por ahí, hablando de un remiendo que 
vit ron en la cortina o cualquier humano déficit de tu 
hogar. Lo cierto es que el “Time”, en ese artí miIo re- 
íi 1 ; que la oposición al gobierno, dentro de nuestro 
Parlamento, ha perdido (dice textualmente) “su actitud 
vociferante, debido a que los legisladores han recibido, 
a través de una ley auspiciada por un consejero astuto 
(¿quién te parece que es, Juanjulio?) un préstamo de 
3.700 dólares, amortizables en 30 años, al 1 % de in- 
terés”. Como no podía ser menos, la oposición parla- 
mentaria saltó indignada, por intermedio de la brisa 
iracundia de Jorgito Batlle, acompañada por el resto de 
las bancadas opositoras y (por qué no) también por 
los demás legisladores situacionistas, que se encargaron 
de señalar que, de ninguna manera, la oposición se 
había hecho menos vociferante después de aquello. Y fue 
así que la Cámara ol> t » > • (¡viva la familia!) una una- 

nimidad en repudiar a la revista “Time”, (qué se habrá 
creído) creadora del infundio. El infundio (te habr J 
p« r« itado, Juanjulio) tiene que ver c m el grndo inde- 
clinable de “vociferación” parlamentaria de la oposi- 
eió . . . En cuanto al préstamo de los 3,700 dólares. . . 
sn «judíos 40.000 pesos de que una vez ; hublr, nc 


102 


que 1,adecemos ’ I®» 

compatriota. Y menos SS k San S re a ™ opositor 

zk? s = s 'r^rss 

Setas ea la" ™ta ( I¿“ S “ e !**>”“> ™°<pe I» 

neiaaera!. . . Hasta mauana, amigos. 


103 


UN BEST-SELLER DE GIANOLA 


No estoy seguro de que pueda constituir lo que se 
dice un “best-seliers”, porque hoy día comprar un libro 
es una operación onerosa y el libro nacional, ya se sabe, 
suele caer por otra parte en el pozo de la indiferencia. 
El caso es que Angelito Gianola (es Don Angel, , como 
debiera llamarse a un señor ministro, según los cánones 
sociales y el debido respeto institucional, pero en el 
caso cabe decirle, con más ternura que aparente irres- 
p< tuosidad “angelito”) el caso es, repito, que el ministro 
Gianola acaba de publicar un libro, cuyo titulo exacto 
no recuerdo bien, pero que trata de la política de sa- 
larios y precios. El género literario a que pertenece esta 
lucubración del Ministro de Industrias y Trabajo (con 
más trabajo que industrias, según lo ha consagrado la 
definición popular) el genero, digo, no he podido ave- 
riguarlo aún. Poesía, no es, me parece... o, por lo 
menos, cabe inferir que versos, lo que se dice versos 
de rigurosa consonancia (rima, que también le dicen) 
no han de ser, precisamente porque si hay algo difícil 
y hasta imposible de rimar en estas circunstancias eco- 
nómicas de porfiada inflación, son los salarios y los 
precios, como que la búsqueda de esa rima, de esa co- 
rrespondencia que equilibraría su relación, es el drama 
de este gobierno y, seguramente, la razón de este libro. 
Dije drama, y, de pronto, se me ocurre que el libro 
puede corresponder al género del teatro, ahora, que 
en el ambiente se nota tanta proclividad a esa actividaü 
artística). ¿O será novela? Francamente, no se me ocurre. 
(Espérense un ratito, a ver si alguno me informa con 
alguna seriedad). 

Bueno, se me conjetura por aquí (donde nadie, tañí- 


104 


poco, vio ni las tapas dnl libro) que éste pudiera co- 
rresponder al género del ensayo. En efecto, no se me 
había ocurrido (yo, los viernes suelo andar ya un poco 
lento de imaginación). Es el género que, por otra parte, 
mejor encuadra en las inquietudes de un ministro, so- 
bre todo cuando ha de tratar un tema de verdadera 
disciplina técnica, como es el de los salarios y los pre- 
cios. El ensayo, por otra parte, es el ejercicio constante, 
ya no de Gianola, sino de todo el gobierno y ya no de 
éste, sino de nuestros políticos, que viven y gobiernan 
“ensayando” criterios y sistemas. Debe ser, en efecto 
un ensayo, lo que, por otra parte, no excluye que sea. 
también, lo que se llama una “obra de ficción”, que si 
lo cortés no quita lo valiente, lo técnico no excluye lo 
imaginativo, como la realidad (por más cruda o vuelta- 
y-vuelta que sea) no excluye la esperanza. Salarios y 
precios son el nudo gordiano (no el nudo-giordano, conjn 
decía aquel otro) de nuestra angustia de cada gob¡' r- 
no... Son los capuletos y mónteseos de esta n< v^l.i 
de la subsistencia que protagonizamos. Gianola vive cer- 
ca de ese drama... Ese libro puede ser nuestra propia 
biografía, si el ministro se pone a considerar el asunto 
con crudo neo-realismo. Pero el autor, esta vez, está 
demasiado comprometido. . . Debe ser algo muy pe ido 
(vaya dicho con el riesgo del prejuicio)... Tan pesado 
como esta vida misma. El libro no es para nosotros, que 
somos los propios personajes de la anécdota. Han de 
leerlo ellos mismos, cuando mucho. Como todo libro 
nacional, ha de quedar en la familia, con cariñosa de- 
dicatoria para los padres y los tíos de la patria ... y la 
pila de ejemplares durmiendo su propio editorial fra- 
caso, atrás del piano. Hasta mañana, amigos. 


105 


PELEA DE CAMPANILLAS 


“Palabra va, palabra viene../', como decía aquel 
( ¿utiérrez, personaje de una audición radial ¿se acuer- 
dan ustedes?... Bueno, pues, algo así fue generándose, 
insospechadamente, en el curso de una sesión del Con- 
< o Departamental de Montevideo convocada para la 
rutinaria e inofensiva Orden del Día. Una Orden 
del Día municipal que nadie sospechó que iba a tor- 
narse tan espesa, además. G 0 1 » ola tuvo la ocurrencia 
de recriminar a Fernández Crespo, asegurando que és- 
te no había presentado la decía* • ióa jurada de bienes 
v el presidente contestó, un tanto airadamente que él 
había sido el primero en cumplir esa exigencia en fe- 
brero de 1959. Goyenola se salteó (tendrá sus razones, 
ih» se; tan concreta puntualización de Fernández Crespo 
\ generalizó sus cargos a toda la mayoría, con una ca- 
lifieación muy dura para su gestión comunal. Fernán- 
dez Crespo, entonces, se hizo repetir el cargo (como 
se hace con la pregunta por tantos miles) y Goyenola, 
coi» dudosa cortesía, se lo repitió, ampliando conceptos 
que abarcaron un amplio itinerario genealógico del ad- 
versario. Vamos, que se estaba ya muy adelantado en 
la etapa del “palabra va, palabra viene../' de Gutié- 
rrez y los términos del folklore agresivo ya estaban prác- 
ticamente agotados. Fue cuando Goyenola (cuentan las 
crónicas) vio sobre la mesa un cenicero y tuvo la des- 
dichada ocurrencia de invertir funciones: vale decir que 
arrojó el útil (que le dicen) a la cenicienta cabeza del 
Presidente. Ya no había palabras, parece, y. se pasó a 
la etapa de: “objetos van, objetos vienen”.. . (Se acabó 
el prin r tiempo; esperate un poco). 


106 




El Presidente tenía la campanilla del orden en sus 
manos, y, en una fugaz (tan atinada como desdichada) 
reflexión, se la arrojó a Goyenola, con alguna puntería, 
a la cabeza. Digo con alguna punh dn porque si bien 
se la arrojó a la cabeza, parece que le di a. los premios. 
Goyenola esquivó así el tiro y, apodi ' ? >se del sonoro 
proyectil, lo devolvió contra el P r údc ote, acertánd e 
(ochenta pesos figurados) a la cabeza. Aquello ya p - 
recía, prácticamente, una suerte de volley-ball, jugado 
con una pelota tan extraña como una campanilla y sor- 
teando una red que, en el caso vendría a ser lo que 
llamaríamos el “decoro municipal”. Por suerte las cosas 
acabare. a allí. Una vez que el Presidente recuperó la 
cam maúlla, la hizo sonar (ya había sonado brevemente 
en su augusta frente de alcalde) y dio por reanudada 
la sesión. Pero como uno de los secretarios advirtió que 
el frontispicio presidencial (vale decir al frente d ? p r< - 
sidente) se establa hinchando y que manaba alguna c - 
tita de sangre, el buen juicio y la prudencia aconseiit- 
ron levantar la sesión. Los clínicos aseguran que el chi- 
chón de Fernández Crespo ha de salvar las leyes in- 
flacionarias y que el próximo martes podrá esgrimir nue- 
vamente la campanilla presidencial, aunque no para • m 
exigentes menesteres. Hasta mañana, amigos. 


107 


PRIMAVERA, BERLIN Y EL ATOMO 


Vamos repechando, ya, la cumbre del año. No es 
que nos espere un “pic-nic’ fastuoso, allá en la culmine 
(no se dice así, pero yo lo digo porque me gustó, de 
pronto) ni siquiera significará una gloria muy nueva, 
ésta dé franquear la Primavera para acabar tendidos 
al sol del verano. Lo venimos haciendo gratuitamente, 
sin más esfuerzo que la paciencia de esperarlo, desde 
hace años, desde hace siglos, desde que el sistema este 
funcá 'naba, ya, y no había televisión ni radio a transis- 
te ni diputados, ni crisis, ni hombres, siquiera, que 
I- esperaran. No obstante, con ser un hecho que todos 
(motemos por viejas noticias de la sangre y, en todo 
* aso, experimentalmente, desde tantos años como cada 
cual lleva vividos (vale decir, las primaveras o los in- 
viernos que cada cual de nosotros llevamos en el alma) 
no obstante tan prestigiosa antigüedad, estas alturas del 
ario nos arriman, siempre, una porfiada alegría, mía ter- 
ca esperanza. Setiembre tiene esa virtud o, al menos, 
discutido prestigio, (hay que ver los fríos espan- 
tosos y, mismo, las lluvias que tenemos que aguantarle) 
y, para una medida calendarial de nuestro esfuerzo mu- 
nic pal de sobrevivir el año, Setiembre tiene el carácter 
< "n> agrado de algo así como un viernes promisorio, en 
la proporción hebdomadaria con que sufrimos la semana 
Icbural. Setiembre es como un viernes que tiene por 
delante la gozosa perspectiva de un fin de semana. Di- 
cen que la naturaleza humana lo siente en la sangre, y 
los hombres suelen gastarse bromas al respecto. . . ¡bue- 
no, cuando el lumbago les da una licencia para el 
humor! (Espérame un segundito). 


108 




Pero, confieso que no tenía la menor intención de 
hacer una especulación filosófica (por más barata que 
saliera) sobre la primavera y el hombre. Tuve, nomás, 
de pronto, esta intrascendente conciencia del tiempo-al- 
inanaque, al levantar la vista de unos diarios en los qu«* 
leí esas sombrías (precisamente sombrías) noticias sobiv 
Ijs desacuerdos internacionales respecto del problema- 
Berlín y la desdichada reanudación de las experiencias 
atómicas, en uno y otro lado de la polémica patética 
.sobre el destino de este mundo en que domiciliamos 
nuestras angustias y nuestras esperanzas. Y sentí, de 
pronto, sí, en el aire (pudiera ser que también en la 
sangre) ese asomo de la Primavera, que ya nos chista 
desde algunos rincones de la ciudad (y también d< al- 
ma). Y la vieja experiencia de la sángrense desconcertó 
ante esa realidad aflictiva de las noticias que juegan 
con nosotros y especulan con nuestro asombro y núes 
tro espanto. La vida, sin embargo, en torno de mí, ei 
la misma y más antigua de siempre. Tal vez, cada cual 
llevara, como yo, recatada, la misma angustia, la misma 
repentina aflicción. Pero lo cierto (feliz o no) es que esas 
noticias estaban pasando por encima de nuestras con- 
ciencias, en su medida colectiva. O será que, más que 
civilizados, estamos irremediablemente municipaliza- 
dos. .. No sé, Juanjulio, ni siquiera te lo estoy pregun- 
tando. ¡Ni me hagas acordar Juanjulio! Hasta el lunes, 
amigos. 



109 


DON VICENTE BASSO MAGLIO 


De cuando • u J oloro • cuando, generalmente cuan- 
do más distraídos estamos en la relativa y a veces di- 
lles a normalidad de estos tiempos, nob espera una muer- 
te. a la vuelta de la esquina de nuestro descuido. Lee- 
\s en un diario, nos lo dicen en la calle o (como en 
c s I- terrible caso que esta noche me acongoja) lo escu- 
llamos por la radio, en el retazo de una noticia que 
li-bía empezado a pronunciarse mientras se calentaba 
< i receptor y aún no nos llegaba el prodigio de esa voz 
compañera que precisamos en casa, para no estar solos, 
para no sentirnos perdidos en nosotros mismos, aunque 
sea con la cargosa recomendación comercial del aviso. 
Cercano a la hora de ese Opina el Espectador, precisa- 
mente, que él ya no escribía, desde hace muy poco, en 
presentimiento de este otro grande silencio, que nos 
hacía perder, ya, su presencia, su palabra, su aliento 
fraterno de cada jornada. Vicente Basso Maglio ha muer- 
to, Para exclamar: “¡Increíble!*, aunque se nos quebrara 
la expresión (y el mismo corazón que la pronunciara) 
contra el humano ridículo de la pretensión. Increíbles 
nos parecen (sentimos) estas muertes que vienen apagan- 
do nuestro mundo, iluminando en una humilde historia 
de afectos, este mundo con que abrigamos nuestra po- 
bre cultura del vivir, el pensar y el sufrir los hechos de 
esta vida. Muertes increíbles, que resistimos resistiendo 
nuestra propia muerte. Porque estas muertes, son un 
poco la nuestra, pedazos de nuestra vida que van que- 
dándose, antes de que nuestra misma y definitiva muer- 
te sea, también, cuota de ajenos presentimientos. 

No sé cuántos años hacía, ya, que Basso Maglio in- 


110 


tegr.iba ese mundo mío, incorporado a esta porfiada vi- 
da de afectos en que vivo; de todas maneras, en esta 
casa, en estos patios y ambulatorios de la diaria tarca, 
su. presencia se hacía fundamental para que todo esto 
y nosotros mismos funcionáramos. Hay un poeta yo ^ 
uno de los más considerables poetas de su generacio 
que ha de comentarse, ahora, con la congoja de su pér- 
dida. Yo lo salteo, con reverencia y humildad, para asis- 
tirme solo (y nada menos) con el Don Vicente con que 
le rodeaban los muchachos de esta casa, precisamente 
los más jóvenes e inquietos, que se convocaban en mí- 
tines espontáneos, en algún corredor, para inyectarse, 
no sólo la cultura, sino la propia y porfiada juventud 
de Basso. O el “Vicentito” con que yo, obstinándome en 
su envidiable juventud y vitalidad, solía buscarlo por 
aquí, cercano al mediodía, para recibir su gene rosa * c- 
ción de maestro de Humanidades, que ejercía ha ¡endo 
tronar su voz nunca desfalleciente, evangélico y dulce 
a veces, o tronante otras en un anatema o una carcaja- 
da. No sé dónde andará, ahora, tornillándose su boina 
de vasco que nunca consiguió calzarse bien. Pero no lo 
busquemos lejos, no lo pensemos distante, sino sobre- 
viviendo en aquello de nosotros mismos que era suyo 
y él supo dejarnos. Que estas contradicciones (que tan- 
to te gustaban, Vicente) tiene este accidente (no más 
que un accidente) de la muerte. Que nunca sabremos 
del todo cuánto de nosotros, los que quedamos, se ha 
ido con él, y cuánto suyo, del que se fue, se queda aho- 
ra con nosotros, ayudándonos a porfiar este “ increíble!” 
con que quisimos vencer la noticia de su muerte. Hasta 
mañana, amigos. 


111 


FRANJA VERDE 


A la virtud, no hay como acostumbrarla. Quiero 
decir que la virtud se adapta a las épocas, y no a costa 
de su condición virtuosa, porque sigue siendo virtud, 
lo mismo, con chapa en la frente, que diríamos. El ejem- 
plo más grosero (y delicado y sublime, podríamos de- 
cu; rv; el de la mujer, que, bajo una respetable bandera 
d: libertad, ha venido imponiéndose e imponiendo, ro- 
pas y costumbres que a principios de siglo serían, su- 
ponco. un delirio sicalíptico. Pero éste no es el tema, 
para un poco. A la virtud (yo decía) no hay como acos- 
tumbrarla, porque la costumbre lima y pule las aristo- 
¡lides de algunos conceptos que, en definitiva, no re- 
sultan otra cosa que simples prejuicios. El cine nos está 
acostumbrando a muchas cosas (ustedes bien que lo sa- 
!>en, \ se espantan tanto como lo disfrutan)... y en 
política, ocurre algo parecido, bien es cierto que no en 
un mismo riguroso sentido. El motivo de especulación 
avancista (vamos a decir) en el cine, es el sexo; en la 
política, el escándalo. Lo que pasa con el cine viene 
pn ocupando, todavía, aunque cada vez menos; luce, to- 
davía, indignarse un poco, al cabo de cierta audacia de 
algunos temas que, por otra parte, no pasa de ser una 
audacia especulativa, comercial, leios de justificarse al 
amparo de una libertad de expresión en el arte. Algo 
análogo ocurre con el escándalo en la política. No estoy 
queriendo decir que eso (el escándalo en la política) sea 
una novedad reciente de la historia. Busco señalar que 
Sé lo usa con una frecuencia inusitada, que acaba por 
acostumbrar nuestro espanto, curándonos de él. ¿M’en- 
tendés, Juanjulio? 


112 


' i ra de cuño casi exdusta- 
1 11 3 * ico. \ ¡ene í ser el la política en 

el ser" le de * exp ci a p tor . Cuanc ’ . 

«aban otros, mn t .do .■•'■•■■nía < -os, son li s 
"Le.. :\o impoaa si 10 se prueba nada. \ > importa i 
i . averigua, mijo. era, un ápice 1 la . . aún. i 

<JU( nnport. o- "1 • a ñero’' en í n»- i; • 1 ^ ; !o, l.i 

" ■ }■ - ar 1 tet át i, m < r . ! 

‘o. F< ro, repito, nos hemos venido ;,cc n 

0 i y I costino! ' a iij, • L. . ... ■ ■ ... ,| i i 

' i, i ' : *, ya, i s , s úi a 

c opana o lia la •*„. .. _ y 

itrrs, no no.-. ¡ ■ -cta ya. 1 concepto >M • s q.ic t. .m , 

; 11 ! 5S .« E! n goci , que v 

■ ■ V-- i" de I p< ' ca se ha vu lio o. 

n. .íc t vid ar. 1 n, no ligo < n 'i propia- 

me. :u . ( Ja IC; a La vi.' . 

se h¡. . ■mdo . i .vtu.nlirai 1 , da ]-v.i A \ --v 

1TT10S y ruj re . , i p, 

1 1 nal i c ti de un ( 2 t r, 

l" 1<? ' r > 'i ar ierta perplirj. 1 <d, . m'r.i ( , 

lucion ante u coi entario . e acusa a a! ><- r 
'• D rué . ¡ d< in edia ...i 1 it ¡ 

1 " '< s< ”, , de tales aci 5 . ... 

lim rn -'”. hasta tu? • «timos que algo ti- aquello sea ci r- 
V ■ • S<)R i'’ 5 tiempos estos, decimos'. Y nos van- ■ 
a mmir, seguros de que. por 3o .tif- un honrado 
queda en este mundo: I que s> durmiendo con 

tiosotros, con la eos «miare. . . Hasta • : lunes amigos. 


PEÑAROL CAMPEON DEL MUNDO 


Se impone (supongo yo) que uno esté contento, se 
‘vienta feliz, agradezca a Dios (si lo tiene a mano en la 
*< i, o al gobierno, ade cúa estas cosas al marco civic 
que lu> encuadra. . . Se impone, repito, que un tipo con 
normal registro ciudadano, bien de presión sanguínea y 
i!e. regular pulsación, debe sentirse (supongo yo) orgu- 
lloso. ¡Peñarol es Campeón del Mundo! No soy yo, quien 
ose saltearme el acontecimiento, en estas charlas obli- 
gadas a atender, pro ¡jámente, cuanto aparece y se de- 
tiene, con pose histórica, en la pantalla de la actualidad. 
Y, por más que yo me distrajera, por más que el tras- 
cvndentismo y el solemnismo de tantos se resienta y 
avergüence y el esteticismo histórico de muchos (la his- 
toria es, también, un fenómeno estético, además de éti- 
co, Juanjulio) y el esteticismo histórico, digo, de muchos, 
lo ignore olímpicamente, hay una evidencia social agre- 
siva, a la que los periodistas no podemos estar ajenos. 
Si vos estás, Juanjulio, entre los 900.320 pesos que ano- 
che fueron al estadio, ni falta hace que te lo señale. En 
todo caso, para vos cumplo con el ejercicio redundante 
que la circunstancia impone: hay que hablar de Peñarol. 
y mostrarse feliz y contento con su triunfo, o se habla- 
rá de internarme, un día de estos... Yo (recuerdo) me 
había metido en un cine, a ver un Bergman tremendo. 
di*l que salí tarumba y apocalíptico. . . para encontrarme 
con una avenida hirviente de un entusiasmo, una eufo- 
ria que (para qué te lo voy a disimular) no conseguía 
hacer mía, por más esfuerzo mental y cardíaco que hi- 
ciera! (Espérate aue ya vuelvo y seguimos con Peña- 
rol...). 


114 


Lo que importa, digo yo, es atender, verificar y re- 
dexionar sobre esa realidad que uno encuentra -n la 
calle, de pronto de regreso (puede ser) de muchas preo- 

Ss) a v°en m tambien i hlStór ! CaS (haceme siti0 > Peñare!, 
p ) y, n mi caso de anoche, imprudentemente agrava- 

do con las especulaciones de Ingman Bergman. El pue- 
blo en la calle, volcado no importa en qué índole de 

sTdkf S TV S a g ° qU ° siem P re gusta y se pondera v 
retow'nf °T ?" Sea lU10 un he P ática va P de Iazn- 
tull nm ,' tambonIes me gustan, sin esfuerzo intelec- 
‘ ’ P° si mismos y en su propia humildad. No obstan- 

que y no n me de"? ter( l uedad mi alma, 

q e no me dejaba colectivizarme”; y eso qu. me con- 

idero (me recuerdo, como tal, digo) como un peñaro- 

lense d_ e otros t.empos. Bien es cierto que hace, va mu- 

fenómenn T' T ^ eStadÍ °' ' ' , taI vez desde' que el 
pudores si «7 qU6 6 ,ln P oría . sacó fuera y mostró, sin 
p doies sus leyes económicas y el sujeto que lo integra 

y lo protagoniza 6S Una fícha «^tizable, que juega L 
nucho compromiso de su alma y los colores dé un a 

^N P ?e aS ■ ******* f l0s de la Andera domieiiia- 

ahom hoVnrle demasiado ’a pena averiguarlo mucho 
* ora, hoy, precisamente, cuando se impone, repito es- 

ttina iSo o so em r ¿0naI ^ “<* -W. 

ehf T fíS nnn P T de pr , emi ° a cada Jugador de ano- 

etra ( uor T W ^ más í» de premio 

ton¿. P f m , J ? uaI conquista). . . ¿Qué importa, en- 
cOnces este involuntario macheteo de mi reticente emo- 
■ ... roí algo te decía recién, [uanjulio, si vos ha- 

„ 2 S „*Z l ,*T los m32 ° pes05 t > ,,e Moche «w- 

vonns , i adl ? y 110 entre J as 70.000 presuntas pc.-- 
<.l a *’ Un . ldades humanas que gastaron los fundillos en 

mi “ J 8h T' «• " «*'<*"• can» Jua“ 

ruarme Sc7áñ ™ ,T erfuC ! Z0 ? no consi g° entusfev- 
, ™ e J S !ar cnsas deI va isimpático, yo qué se Has 
1 a mañana, amiaos 7 ^ 6e * 


115 


EL TUNi ' DE 8 DI OC I M ' 


; .-¡ít ) fa i g todavía. 1 

) i tiempo, ni ol animo suficientes, de es ; 

■ ¡ n )1 tíj :i y ui 5 a te 

■ j S> j . uj ü 1 : ' el . y lo ( 

... . j fnti > ; sa 

. ( o y u o ■ i 1 

i tomaron (ya te lisbris dado cuenta 

l'n.uj; 1 1 1 o, • ar ( y i. . ‘ ) de 1 ! ■ 1 1 1 00 í >"l ... 

,;J t' 1 j ■ - 1 • 1 ¡ 1 * I Mili*', * 1 ■ ■ r * ■ - i : •» i] ! 1 >t ‘ . oOl 1 .0 

p. .> . ¡. V i I , . J ti - • • ■ 1 ‘ 1 in " 

; j t lili ' ‘ I ' C oí’. 1 J ti i 1 - ! ■ - 

S .| ■ ) si p.iit to ilol ¡ • ' ni • . ■ Olí ; ílgol uno, 

j la . tt al ion, 

, dar >rquo «1 lú'iel, ustcdí < 

h ■ los i , aunque sa lo ex- 

i kunúitit i 

: 1 ' Jila y 

ina í de allá pora . n lo que 

jv s aii i. Ni 

i..,.:. ii> \ cité, ni de pus, ■ no >••£ i iií»a ni ’ • ‘ '-.P-' ■ 

ir me ( ; < da ves i *1 , : ' 

i ; i i.r <v i arte ' pt venir Ir ir " vicos oí , me 
>a ;o c y en el isienl o j> do (reo n 
n.e c<i i coi. inf ■ til ansiedad): “Atora \ • us a pasai 
« . r ol túnel”. Pero nunca!. . . Los taxistas daban las vie- 
jas vil' Itas de emergencia, cuando la constr ucc:o , } 
ji.mc i nu dieron ese gusto. El túnel, pues, sin que yo 
lo conociera, estaba, ya, dos veces inaugurado, pero ie 
faltaban algo tan básico como el bautismo El bautismo 
de una lluvia copiosa, que es la prueba de los túneles, 
supongo. (Espérate un poco. . .). 


116 


] L O < i ' C 

h; > a punta h clí J un p..i de s •- 

; ua v u c ; c< i*e i 1 i 1 - : i, j m tili' • u 

«: i. Y el túnel, tal vez pora na eont Je ;ti n 

j 1 . ! - os rv , 

n . ... 

feu a n a recorre rlo (sin sospechar, el c 

1 ' una aventara) , 

r <que!ia garganta do cemento con < * 

( , i 'j'ur* * \ 


{ 

• i s: 

i 1 1 r '| Mninr ;[iiO p.irn rj ,<• rf 

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por las Ijj u i r •! p oo o ?. bo * 

’u <:n l.i j .i i: lias, Ji güt:$ y vo .jin’ >. , p..l 
debí r las Liditn. í u e 

lio, |íiiaie ves ii ué tremendo prc > 1 < c 
Ii. a mañana, amigos. 


EL “CANDAMO” GUBERNAMENTAL 


Na es fácil saber cómo le va a uno, en esta "laika” 
vida, y bastante más difícil c\s saber cómo le va al país, 
( mui» -nte de nuestras dudosas suertes. A uno, claro, le 
preguntan por ahí “qué tal”, y uno contesta “bien” o 
Mejor, “eandamo” que es un neologismo que mixtura 
un vii t forzosa vaguedad informativa, con nuestra nati- 
^ l pereza de pronunciación. Por otra parte, cuando a uno 
le dicen “qué tal”, no le están preguntando nada. El que 
quiera saber cómo me va, tendrá que aguantarme un 
raí o la regadera de las penas sentimentales, hepáticas y 
i <: nóroicas. . . (Bueno, no es que las tenga, sino un de» 
cir del común destino humano). Pero lo más corriente 
es <|lic uno no sepa nunca, realmente, cómo le va; y algo 
tan corriente, también, (ya) es que a nadie le interesa, 
v luiente, cómo les va a los demás. Fíjense ustedes", 
atiendan, al fenómeno que ocurre cuando dos amigos o 
(Onecidos ve cruzan en la calle; se miran, se sonríen, uno 
dr e “Qué tal” y el otro contesta “qué tal” y los dos si- 
roen su respectivo rumbo, cumplidos de amistad y cor- 
tesía, pero tan desinteresado del otro, así uno de ellos 
o los dos, lleven un entripado sacándole virutas a sus 
respectivas almas. ¿Y el país, la república digo, qué tal? 
Ella no suele hablar por sí misma (o no puede, a pesar 
de su prestigiosa naturaleza representativa, que le dicen) 
y quienes, en todo caso, contestan por ella tienen, tam- 
bién, un “candamo”, más airoso, puede ser, que el indi- 
vid tal, pero que nos deja, en definitiva, sin saber cómo., 
realmente, le va a la pobre. (Espérame un segundito, 
j trunos. . .). 


No es fácil, no qué esperanza, saber cómo le va al 


pj ns. Ni los diarios situacionistas consiguen el gesto ai- 
roso del “tout va tres bien” y, más bien, se dedican, edi- 
tonalmente, a temas trascendidos al hemisferio, la Li- 
bertad, la Democracia, las sagradas instituciones, el Hu- 
manismo (condicionado al statu-quo social claro está) v 
otras exquisiteces del alma humana. “Qué tal”, “qué tal”, 
“qué tal”. . . Bueno, pero, en realidad ¿cúmo nos va co- 
mo país?... La carne, parece que no se exporta; los 
frigoríficos no van a Tablada, ni siquiera para no olvidar 
el camino... Al Frigorífico Nacional lo están hundien- 
do (yo te ayudo, como decía aquel mientras le sumía la 
cabeza en el agua al otro) y dicen que debe 100 millo- 
nes a los ganaderos y no puede pagarlos . . . Crecen los 
desocupados de la Construcción, la Industria Textil y 
otras fuentes de trabajo. . . El Banco de la República (le 
estoy robando la memoria a un diario de la oposición, 
confieso) se dispone a lanzar mil millones más, por vía 
del redescuento (seguir inflando, como quien dice) . . . 
La Rendición de Cuentas importa un nuevo presupues- 
to, a pocos meses de sancionado el otro. . . La comercia- 
liza ion de la lana se sentó, a esperar que (como lo pro- 
m tiera Nardone) les rebajen las detracciones. . . Y la 
vida sigue encareciéndose que es un gusto (o un asco, 
valga el temperamento de cada cual que lo diga) porque 
estos vientos primaverales remontan mejor los precios 
que las *metas. . . En fin, no obstante ese apurado te- 
nebroso cuadro clínico, la república por sus voceros res- 
ponde a un más o menos curioso “qué tal”: “Y... can- 
damo”,,. con que los gobernantes, gozosos de su pro- 
pia égida, parecen contestar a 3a atención compatriota. 
El amigo que nos dice “eandamo”, puede ser que lo ba- 
ga por ahorrarnos una preocupación de sus penas. Pero 
nn gobierno que nos sale con este “eandamo”, me pare- 
ce que se está pasando de cortés o de piadoso. ¿No te 
parece, Juanjulio?. . . Hasta mañana nigos. 


EL rLTIMQ AÑO 


rtü es que a todos nos gusta viajai... Y 
c:t ’V’ p.irn ny ‘ i* .i-: v>. . ¡ni-.tu ii Ii;.a d" ' U o::m¡ 
o cu i ' ' le luego. 

yi r i ] ( íYI. 4 ! . [ mi- 

. 1 sabido r 

m ; • » ' i r f !rn. 

! . , . * • .. • : ( L * dú.i f iur |! 

1 1 - t • . ’ ' ir; rr r ■' > 

} 1 Yn v. : -til . 

<. .1 y .. U . í • I i 1 J-. O V.. I í ’ : 1 1! I I ' - 

ii 1 • ; . -.l !:•• — .i, 'uii-.mo «1*1 o >’ >ui ; ¡ 1 es : 

• ■ ■ ie, ; • . . , tn in^fiiié). L 1 s 1 • ■< • 

n >1.. . ul.tx (• :io supone) y circunvalan let di 
!*• Ii s í 1 1 ' * u *■ * f ' .l | r* ; t^. . • !«*:<> Oiltmal. • » .il.s: ¿1 ¡. Y U...' 

I 1 ;■» r.j . i- ^ : tictes di ellos*, en un ¿trticulu <ju 

¡ 

1 j' r t ur |,i : j \ 

; •. v ' ' , *n »i \ n * d i 

í - i v. i » de m a ):*oi »*n f n 1 tm 1 J. i 1 

‘i- el ,r ; Se! ‘ t.si ■ a *i rr* que 

, ; " ¡ C'v , y J^v ¡ ') o • -.3 \ o ,,'y \ 

t 'j’i •. 1. j.nV- , .s fórmulas 1 • i . S>1 r 

<:¡ i i \ j m ; , s 1 1 i . " . .. eJcn. il •* L >..• ' ¡ • Y a t<t ■. S 'H. 

1 í DU 6 c 

n q ( ra ar te 

n y) qu. ]<; • . nos )t lYrns i ente aquello* 

nn qan j no n t ¡os. (] pera > 

• iilit , que vi vuelvo y te la siso). 

L<s gol •« iuanN:s colorados también viajaban, es ver- 
il « aunque hu\ que reconocer que en esa materia, los 


120 


ü 11 i ití ' ; 

De r o da ñu j * i una noticia que dio * El ítt ca U>s 
¡ <' < ?. c-a uno Ím( i cuc :los ; la i 

Km ,!cl C"Hm jo jn icioual da i » ri cr • • • vi a coi *• ••' - *• 
ti 1 1 v ! i > i i n ■ • i : «r i v. >• i la -in.-, • «'ni ni'ifix'o ele! 

cu ms (1 . )) del ’ a ; > X\¡ii. /* C:i!'|tm:r 

¡im» i*; i de ' r: ••ra'.i icj 1 1 * ■ >* ■ un nd 


ijtic i - ' li .* • I* mzar, c •• 

n> at( 

m id i al san 1* > p 

(b - 

D<>, * i >• r-'-I.i jjón, 1; a. 

O ( : t 

cumplir. ojie • 

1 l ^ ll c 

... 

•• • . , ^ « 1 

r, ti ti i, t'M» ti mi 

ClUfíl ([UÍ 

basta liny lienifio ilc jtj 
opresivo di 

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timbo 

lil DO! COI. ICO OI 
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día! MiPi ri* niiMc/a qu 

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r i* cortesía Pan 

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i ra ai' 1. /.;. 

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v’r -nnstiM* 

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ppoc 1 1 1 :l Hit .V* <■< ia di u n gola m . Aauffuc las 

ia luí: : k as r • i r ra (O n.' Oí i no ’ s d 1: 
».rril< í" o 1 el co : o. Que • c ~ria, idos 

suc ■ “ t ' ’one ¡ no a t n a m- . 1 >1 

pueblo on cr nc¿: I, paro * r ga d ;r .nen- 
ie, s" : n.‘ vnl - u< ’ 1 T 1 d(' cuan ) v ' arma ’ » 

“Dios es Pueblo”, Jua j : >! H isla el ! c a:u 


HAEDO LO DEJO PLANTADO 


Tengo que explicarme. No se bien, ni cu í, c medi- 
da, m a santo de qué culpa; tem o la impresión de que 
lo hago como un ademán instintivo, que galopa por so- 
bu* todas las posibles reflexiones y el más nimio oficio 
de la conciencia, pero tengo que explicarme. Porque 
ocinre, amigos míos, que salí en “El Debate”; y no en 
"Policiales i mde los solos hechos hubieran dado, por 
si nr.sínu^ la definición de mi condu* ta (nadie está li- 
bio Je un accidc lite o mismo un desacato o de la pasi- 
va de di lu dr nía punga) sino, ya más consagrada pero 
eom|>rometidane*ntc . m la pagina editorial!... Si, mis 
amigos, re mi' i que sal? (me sacaron) en esa suerte de 
extracto que registra con minuciosa indiscreción la e U 
olictal de corteses y o postulantes, que visitan al Pre- 
sidente y que ayudan a componer el día biográfico del 
primer consejero de la Nación, que Haedo (fue idea su- 
ya y él, el único que la cumple) publica, con ejemplar 
orgullo de funcionario cumplidor. Me sacaron, pues, en 
la lista y, lo peor, Juanjulio, es que no puedo desmen- 
tirlo por la sencilla y contundente razón de que es ver- 
dad, nomás; fui a ver a Haedo, sí, a la Casa de Gobier- 
no. Lo que vos nunca hubieras creído ¿verdad, Juanju- 
lio?. . . Como que es, también, lo que yo nunca hubie- 
ra creído. El caso es que ahí estoy, entre algún senador, 
unos cuantos diputados, subsecretarios, puede que un 
reverendo y la sufriente cáfila di destinos anónimos, que 
van por esto o aquello y animan lo que llamaríamos 
(sin níneuna intención 'roñica) la “importancia” política 
del poder. ¿Me entendí thora, juaniulio, por qué sien- 
to el imperio de explicarme?. . . (Espérame un ratito, 
que ya vuelvo y te cuento). 


Biu no, pues, la cosa es que mu caricatura de Hae- 
do con que fue ilustrado un reportaje que le hiciera una 
revista de Ruemos Aires, era mia y al hombre le gustó 
\ me lo hizo saber; quería tenerla en su pinacoteca (su 
propia iconografi. caricaturesca de “La Azotea”) junto 
a otra caricatura del c Lino amigo Juan Davi a lo 
tjuu accedí, por supuesto, realizándola más fraude v 
cu colores, para que ganara los honores d» i encuadre y 
la pared, tan honrosamente compartida. Cuando se tra- 
to de hacer la (digamos) ceremonia de la entrega, ie hi- 
ce saber que yo, por explicables razones de principió'- 
uo entraba en la Casa de Gobierno; y Haedo, tan inte- 
ligente como ducho, tan ambas cosas como humano. 1 > 
comprendió y me ító una noche en el Tupi, a dond* 
la tiranía del tr bajo no lo dejó llegar hasta una hor > 
después de la cita, cuando yo, aplicad que me hu*' 
los más precisos rigon > do la cortesía, ya. me ha! a 
marchado. El desencuentro y el discutible lujo de tul 
Impaciencia aflojar- -u mis pruritos y. entoi* ^s, me resol- 
vi a llevárselo, al otro día (que no n no) a u despacho 
de la Casa de Gobierno, donde, debo reconocerlo, be- 
bi un café discutible y conversé un rata con un caballe- 
ro, Muy, eso sí, muy “au dessus de la rodée”, la misma 
fórmula galicista con que le dediqué la caricatura, lo 
que, desde luego, no alteraba el ánimo amistoso con que 
SO la obsequiaba. Eso es todo ¿ves vos, Juanjulio, qué 
inocente? . . . 

Sin embargo, ¿alcanzás a comprender el pudor con 
que vint a exp-- .trine de este accidente de mi vida po- 
lítica, vos, que estoy según; (te estoy oyendo, mirá) ha- 
brás dicho al leer “El Debate” (si por ahí te da): ¿Y este 
foco, qué anda haciendo, en la Casa de Gobierno?. . . 
i bu. : eso, nada más que e^o, te juro, Juanjulio, por esta 
Ite y por todos los val ios de Rincón del Bonete! . . . 
Bk*ta el lunes, amigos 



123 


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( no o o más dí la rueda, r que l- acaricien. Nad i 
d.e nada. O so\ vi sabio (dúo el f oo) que lo sabe iodo, 
o <an de. :a me a, • i ■ u ) - I ^ m 

da!. . . Dejal* al tino allí, un poco. a : : ya uelvo y te 
!:t si u<j), 




124 


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til* .• : < • ? ( raro/» c ‘ In m i ó 1 > n 1 ro 

üt e c ei. ' icióu j n 1 ti' o ’ l.i •; * 1 1 - . iac. i ‘ n ; 

Das import tes » v Mulid es ’ c u • ‘ién 

t>fú i * a la euorra fría • •• ji^-s • ■ ac :1a».. ¡ 

p humilde feli< dad -c f »j ! • < i 1 cv 'tifa , • m • 

y el simple deseo do vi 1 y .«■•v i ¡ d • ... i ; ’! 

tipo no sabe* de < -orgía nolear, ni lI i • •■ .* . . o 

o irsil; » ler L\ ni d» r u nplc ti- 
to loc-d con avisos de liquidaciones por fin d staciov. 
bo sabe nada, ni siquiem si, realmente, debe s-n»'; • 
4fheicl > o no. P : mi-i, $b. ( : ¿n. rg ifliiri/ 1 'o, i? as « .• 

b bumba, los hombrea particularmente los q • han ah 
c -inzado m;.s me^atones de importancia s»'c il y polít» • 
fc*. Te garanlo que yo lo comprendo al tipy Juan julio. 
Husta mañana, amigos. 


* 


i ; 


CESAR BATLLE Y LOS DESFILES 


Don. César Batlle Pacheco llegó tarde a una sesión 
del Consejo Nacional (la inmediatamente posterior al 
desfile de los otros días, de homenaje al histórico éxo- 
do) pero quiso (al cabo de sentarse él, por supuesto) de- 
jar sentada una constancia. Lo bien que se había porta- 
do el pueblo, durante el desfile militar: “Creo —dijo— que 
nuestro pueblo dio ayer una demostración de cultura, 
<lt respeto; no oí nada que constituyera una molestia 
para nadie”. (Evidentemente, pienso yo ahora, o no hu- 
bo discursos o Don César los olvida cortesmente). En 
realidad, yo no alcancé a entender del todo el verda- 
dt'io significado de). elogioso asombro del consejero Bat- 
lle Pacheco. Una entusiasta perplejidad porque nadie 
molestó a nadie. . . Bueno, sí, bendit* sea dios (perdón, 
D m César, se me escapó; pero se me escapó con minús- 
cula, onste). No alcanzo a entender del todo la sustan- 
cia del asunto, porque, escuchen ustedes, el hombre, por 
ahí dice: “Creo que esto debemos apreciarlo como es de- 
bido, tanto más que quizás en el mundo entero, por lo 
menos en aquellos países que no tienen la frialdad del 
i orv europeo, puedan salir g bernantes como han sa- 
lido de est pueblos” (Fíjate vos, Juanjulio, nos quieren 

< eh ;r la culpa). Y sigue Batlle Pacheco: “Supongo que 
los que estaban cerca mío, pienso que debía haber de 
? i Ab las ideas, sin embargo vi con gusto que se respe- 
tar; : todos los gobernantes que estaban allí. Creo que 

< s un acto excepcional. No creo que en cst°s momentos 
se pueda producir en ninguna parte”. ¿Qué me contás, 
1 1 ; a.u i ulio ?. . . ¡Qué bien estúvote vos, que conseguiste 
convencerlo al Ch u lio, acoriutc. que quería quemar el 
] Ico • n todo el L orno arriba!. . . (Espérate un po* 


- 


126 


co que voy a respirar un poco de satisfacción patriótica, 
y ya vuelvo y te ]a sigo). 

Hay que ver (para medir mejor el mérito de este 
comportamiento popular que asombra gustosamente a 
Don César) hay que ver qm* nosotros no tenemos “la 
frialdad del norte europeo”; todo lo contrario, somos 
guarangamente calentones, por razones de clima y su 
inevitable consecuencia temperamental, A los gobernan- 
tes les gritamos algunas cosas o les chiflamos en el ci- 
ne, cuando aparecen en la pantalla, pero no sobre iro 
palco oficia], cuando, por otra parte, la Opinión ex- 
presada se perdería entre la banda de música del bata- 
llón y los gritos de los que venden garrapiñadas (prc 
gón apolítico) y los nenes que lloran porque perdieron 
a la mama. No obstante esta sorprendida revelación de 
Batí le Pacheco, su más o menos correligionario Arroyo 
Torres se sintió obligado a quebrar una lanza por los 
limpios antecedentes de nuestro pueblo. Dijo Arroyo 
que ha asistido como gobernante a actos de esa natura- 
leza, durante muchos años, y nunca trató mal a •• la- 
guna autoridad. “Se trata de un hecho natural”, dijo: 
“Nuestra ciudadanía se ha comportado siempre muy 
bien”. Ganas, nomás del quincista Don Ledo, de reba- 
narle el asombro a Don Cesar. Pero éste, que tiene una 
memoria de vendedor a plazos, se acordo de aquella ma- 
nifestación por 18 de Julio (no sé cual, Juanjulio) en la 
que se ofendió a una señora (no sé cuála, Juanjulio). 
‘Aquello era explicable (rubricó Don César) mucha gen- 
te 4 inculta. . . es a lo que me referí”. Y agregó: “Creo qu : 
le conviene al Consejo que el pueblo sienta el aplau • » 
por su conducta cuando s* c induce bien”. Y. . . ¡bu- no! 
¡Gracias, cons- ¿ero!. . . ¡Muy honrado! Pone la Lila 
por ahí Juanji. 10 , sac i la de grapa que está empezada y 
Vamos a leer un poco de Edmundo de Amicis. . . Has- 
ta el lunes, amigos. 


127 


' ‘ M.WOD! ! OS R* \\< OS PUJA CORFKWP 


Víi mío, ¡i-i'-'.í' i i un i!¿|. m mi dio <F . . 

i]r fastidio pr ■> I: V 1 1 n » canndu ¿ sii<*lv.. 

esto de la ] 

i 

i. r cti h profesión, mío los periodistas pudié 
alijo en este isunti c 1 i ' n 

; ' ’ ] . ! : ‘ • . - : 'i r.‘ i lív 

;f id f<» , I - : • :»•. IV-rn ; , ■ 1 ” ir f|» ■) v*sr» > ¡ \ 1 I* 1 11 ’ I F- 

fr.r n <»> ! •-. i" ’i ’• n j] ¡ alr •: <T o qi’0 ; ■ i U 
• • 1 rio iL. ni' » v t f , < • i’.- * a • : > • • . o <*n I 

fie 1 . 1 • •*). muí ' ' • •• ’ • n • : - 

t ' C\ 

pvi .. lo ■ I : 1 ' • • ? Vil! 1 :?;i » ivnnr:* r : 

Ulli.t l .l. «.'.I ,Í 'lo ; irl'-i 1 1 'i» ? jKí ;il Pal.U'i:) L< ,r 4 ¡s!ütí- 
V ' \ 1 »< r • • 1 J I i. rñh SU'* i 1 .• 1 pt SCü! a ;'i • ' 

¿ i • i ¡ ' c 

i it fe hí por Agradad 

■ “| . | 11 
Jo di fr ' de 1 

w. hizo un curso forzado en la Alianza sfguñ 
:i rolo-i con ja fp* ■* il fin, se c • v qno -s. y 1 : ~ 

irirnlM, I que le aumenta <1 drama de ^fp tr i. m- 

lormativo). “Fíjate vm 1 (me dice) que sueño de v • 1 ' 
n 1 llt . . Bueno, tn mujer será compren 
s:\tl ik'! r . . "¡Tero no, ñ * » jEsl'i • elosa porque di- 

ni . * una tal N 1 ... (Pon < ira de hi- 

1 ' ri* i oorpF-jidad, lo reconozco). ¡T.o que pasa, calm/n 
l: inte autónomo, es que sueño coa Botinelli! . . . Pa- 
i' • , que el Boti se me queda entre la goma del sueño 
me sal sól<> el Nelly - m . qm exalta los recelos de: 


128 


mi mujer . (Nunca había pensad ’ en bt posibilidad de 
semejante drama constitucional, palabra ). 

Es un drama, sin duda, a pesar de que el gobierno 
lo sobrelleva con canchera dignidad. A propósito de eso 
que acabo de decir (lo de “canchera dignidad”, digo; 
r salta curioso obsen ir coomo los blancos están gobir 
nando como si lo hubiej.tn hecho toda la vida o tod< 
la historia, mejor dicho). Entiéndase bien, por favor: me 
refiero al estilo gubernativo, vamos a d ir- no a qm 
lo hagan bien o mal. Las protestas de virtuosa modes* 
de los blancos, cuando asumieron el poder y empoza 
ron a tropezar con los muebles (por así dtvirlo) fueron 
las de su falta de mano en el oficio de gobernar (93 
años no son tres días, Juanjulio); pedían perdones a la 
ciudadanía por algur i chambonada liviana que si L, 
escapara (no las pidieron, por supuesto, por las más pe- 
Si.’l.is y fundamentales que r».inm las actuales condi- 
ciones económicas en que nos desenvolvemos). No ob - 
tante eso, en todo lo demás ha de apreciarse que los 
1 láñeos se manejan con una soltura de vicios (vam is 
a decir) ¡realmente prodigiosa!. . . Discuten en función 
<L los problemas, postergan las soluciones en fuá ion 
de la discusión, todo cual si, realmente, dominaran el 
tiempo y la función. Mañosos para gobernar, como si 
no hubieran hecho otra cosa en su vida. Lo que nos 
'•bliga a terminar pensando que lo que pasa, en rt • 
dad, es que en este país no se gobierna sino que se 
‘■ace política (dejame servido un chocolate, por la noti- 
cia^ Y en esa materia, en lo de hacer política, los blan- 
cos llevan el curso “materia a materia” con los colora- 
dos. Los presupuestos, las leyes, las rendiciones, todo 
| tiesto al filo de los plazos, a reloj constitucional. . . B- 
eo, eso ya es nativismo como dic« m anarco amigo nh<*. 
Hasta mañana, amigos. 


LA LLEGADA DE FELIPE 


Guardamos en el fondo de nuestro republicanismo 
una cierta inexplicable (en nosotro m stalgia monárqui- 
ca, No es peligrosa ni subversiva, desde luego; por el 
mi ¡Irado, < s un juego inocente en el que entran sobre 
>d las señ ras s< ñ. doras y las chic - de edad "rosa”, 
con toda el alma. Tal vez, también, otros tipos de adul- 
tos y, en el fondo, todo este mundo inocente que com- 
ponemos todos tan republicana como tributariamente. 
Un príncipe es un príncipe, aunque lo sea de una de- 
mocracia (solo un inglés entero, cabal, te podría expli- 
car esto, juanjulío, y al cabo de escucharlo ni vos 
ni yo entenderíamos un pickles, pero no importa; 
no n.'v importa un pepino a nosotros, ni un pickles 
ál . es, yo sé). Lo cierto es que hay, todavía, demo- 
cr acias que siguen con la casa real puesta, con todos sus 
muebles y sus altezas, y la democracia inglesa, ejemplar 
en tantos y tan probados aspectos, nos envía, ahora, a 
un Su Alteza Real para amenizarnos el Otoño, no se 
\ i a quedar tanto, pero es un decir). Un príncipe, decía, 
es un príncipe, sobre todo cuando, además es Duque 
de Edimburgo, lo que ya es decir (el título es ganan- 
cial) que es el señor esposo de la Reina de Inglaterra. 
Es, pues, lo que se dice, un hombre "consorte", cualquie- 
ra sea la acepción (aun la "calemburesca”) que quiera 
dársele. Y, desde el punto de vista representativo eso 
creo, no quiero herir ninguna susceptibilidad interna- 
cional) lo más importante que nos ha llegado en plaza, 
di sde la visita de Ike Eísenhower. (Just a moment, please, 
I retum enseguidita). 


La Casa de Gobierno hace unos días, por interme- 


130 


ti de su dependencia ! • Prensa, informó de tod lo 
relacionado ion este acontecimiento, sirviend » iesde 
lina extensa h< ia biográfica del príncipe, hasta los deta- 
lles del pía;- de agasajos programado por el protocolo. 
En efecto, es muy p ico Jo que tino sabe sobre la per- 
sonalidad de Felipt no es culpa suya, sin duda, sino 
de nuestra percusa incultura) y apenas si, como rasgo 
de mu stra simpatía, recordamos la ternura solidaria con 
que seguimos sus primeros pasos de consorte real cuita- 
do ios noticiarios nos lo mostraban (exigencias de los 
rigores monárquicos, caminando unos pasos detrás de 
su esposa (su también Majestad) como lo liana cualquier 
marido conciudadano nuestro, en la calle pero sólo cir- 
cunstancialinonte, para ver si se le ve el viso a •« pa- 
tona. Eso y alguna otra generalidad biográfica como" ia 
de ser rubio, alto y (opinión de una sobrina mía) buen 
mozo. Por los diarios de estos días pueden ustedi s pues, 
ampliar estos precarios conocimit utos sobre el lustre vi- 
sitante que estará desde el 12 de marzo al 15, fatigando 
(claro que complacidamente) el poco ánimo protocolar 
de Don Faustino Harrison. Claro que se ayudará de co- 
laboradores y medios suplentes, como que (según pudo 
leerse en “El Debate” de hace unos días) “ya antes d< 
ocupar la Presidencia pidió, por intermedio del “ineía 
ble ’ (será Nardone supongo) 80 mil pesos para agasajar 
al príncipe consorte; a cuarenta mil pesos por día”. ¡80 
mil pesos, juanjulio, para una visita tan fugaz!. . . ¡Pen- 
sar que tu señora se hace una tragedia económica cuan- 
do tiene gente a tomar el té! . . . Pero, claro, estas no 
son cosas de andar diciendo, ya con la visita tan cerca 
y con una respetable y susceptible colonia británica que 
hene un concepto tan distante de] nuestro, en esta cu- 
riosa materia institucional. Vamos a ser discretos, pues, 

> a tratar de que Felipe lo pase ío mejor posible. Hasta 
lunes, amigos. 


FI . ÍCIDAD Y POLITICA 


Mav muchas formas cariñosa? de llamarle al perro. 
1 realidad, el homl i gusta entenderse lo más que 
• le ion su*? animales dunu ti* os, de todos los cuales, 
< i el n«ie menos se entiende (digámoslo de paso y 
1 •’ ri i «, para que no se note mucho) es l.i propia pa- 
, r i na. Los nombres preferidos para el perro andan des- 
de i. grandilocuencia de Sultán havta el clásico dimi- 
nutivo ingh's de tfobby o lgo por el estilo. En H fondo 
h: evl tendencia nominativa y cariñosa, a 1" qu** el 
hombre tiendo es a huinaiüziu a sus animales, de ahí 
que la corriente nomínate i mav reciente sea la de po- 
•irr al perro (siempre el perro por ejemplo más domés- 
tico, aunque cabi al gato, al canario y hasta a la vaca) 
nombres de personas. Y no tengo noticia de que algún 
perro '■ti haya ofendido porque en lugar de Bobby lo 
lie itK’ti Antonio, por ejemplo. Todo esto que vengo di- 
ciei.Jo, amigos, tiene una sutil relación (confieso que 
nada más qu< sutil) con cierto fenómeno que se viene 

i. "ido peligrosamente en la política y con respecto, ya 
no del perro de cada quien, sino de la ciudadanía de 
cada cual. Digo las masas de adeptos al grupo, que se 
supone que los dirigentes tratan de mimar, adular (con 

j. » más patriótica intención, cl.iro está) para ganar su 
voluntad y que el político viene aludiendo con un cri- 
terio bastante • nitrado con el que usamos para los 
animales. (Espínate un segundo, plís, que ya te aclaro 
el asunto). 


Todo esto vendría a cuento, caro Jtianjulio, no más 
que | orque ^ ha dado, es: b días, la reiteración de 
«.na orina dt tratamienti 1 adepto, al votante, a la 


132 


« uní. «lanía, que contradi^ aquella otra posición del 
liiunbre de humanizar .-1 perro llamándolo Federa. 
Jim ejemplo; porque la forma más cariñosa (debo re- 
conocer que la intención, en el fondo, es cariñosa \ 
agasajante) la forma : ís regalona que algún o alguno- 
políticos han encontrado p.¡ra el tratamiento de **11 ’ c.-m- 
te” es el de deshumanizurl- ■, atribuyéndole oategórí 
de tropa. Las fónnulas son bien conocidas; el “rod ■ 
con que se apoya a Don Martín Edbegoven no pre- 
cisamente. la mas típica: “Rodear a Echegoycri” no tuv o, 
es verdad, la intención original de metaforizar el mo- 
vimiento en l que esa corriente animalista transformó 
luego en verdaderos ‘rodeos' pero hoy, los “rociaos" 
políticos son la orden del día on amplios sectores par- 
tidarios. Por otra parí-- ahora que se da comienzo a la 
campa na por la Refoi ia, s * ha de ver y escuchar, con go- 
/osa frecuencia, que tal» s o cuales correligionarios del i u- 
ralismo ya recogieron sus cuájemelas y han vuelto a sus 
respectivos pagos “a tropear firmas” al noble grito de 
al trabajo y adelante . Lma ciudadanía transformada 
en tropa (aunque sólo sea una metáfora política) pare- 
Ll r * a cosa tle doler o agraviar al ciudadano, por menos 
i*» rio que éste sea. Aunque ecuánimemente pensadas las 
< usas^ si el perro no se ofendió porque le llamaran “An- 
tttnio”, por qué ha de agraviarse uno por el hecho de 
que, indirectamente, le llamen, por ejemplo “colorao- 
viejo-buey” ¿No te parece, Juanjulio? Hasta mañana, 
amigos. 


FRONDIZI TIENE VISITAS 


No es que uno resista algunas visitas, a veces, pero 
murro sin duda, que la h iv involuntariamente cargó- 
os o inoportunas. Ci ro que va se había resuelto ce- 
je ‘ a, en Buenos Aires la terminación de los estudios 
para ] obra, sin duda colosal, del Salto Grande, pero 
• so (pudo pensar D' n Arturo Frondizi) se arreglaba fú- 
tilmente con hacer atender a un ministro, sin mayores 
pr á los presidenciales, por algún ministro de la casa 
y chau pincla (Frondizi no dice “cliau Pinela ?> porque 
suena a academia peronista y a lo mejor, algún Pinela 
proponiente dicho, es candidato). La esa, pues, con un 
ministro de visita 1“ desmedro de l.i importancia de 
Martínez Montero) » era problema y uno (él) (Fron- 
div:i, podía atende la propia taquic 1 eleccionaria sin 
jon;l»on c distraed* ■■• *. Pero nosotros, los orientales del 
Uruguay no somos tan cuidadosos como lo sospechaba 
el d sgjno eiemonial de Don Arturo. Y mandamos, ade- 
más, pero antes del ministro, a dos gobernantes. No se. 
precisamente, que los hayamos mandado, pero lo cierto 
es que fueron. Nuestro enviado, el estricto y correspon- 
diente (vale decir, el Ministro de Relaciones Exteriores) 
viajó hoy, en avión, pero antes y en aviones separados 
(en Si i idos aviones, di<: unos, habían marchado Nardone, 
el sábado y Haedo, ayer, t dos el]< ° Ai eferimos a las 
pi rscmas) todo eso (si referimos a la m portan* ia iro- 
pondt ibl de la miM q para suscribir el trascendente 
a ‘v (¡Tan luego • esas ícl mo pensaría Fron- 

dizi qr e andaba justificadamente, con el Jesús en la 
T? ■ * ■ i , c mo un chMet sagrado, en las atribulantes ins- 
! tn< ias de las elecciones!) 


134 


y así ocurrió, amigos. . . (y algún., señora de su ca- 
sa que me este escuchando, captará la violencia loca- 
tana con Don Arturo, si recuerda esas veces en que a 
ellas, con la casa revuelta, en limpieza, y revueltas 1 ellas 
mismas, de bata y bigudíes en la cabeza les tocan el 
timare ¡y hete alh una visita!). Uno supone a Don Arturo 
enfrascado en el trajín electoral, preguntando al secre- 
tano: ¿Quien?... ¿Ministro?... Macelo pasar y que lo 
ahonda Fulano. Pero no, el secretario le dice que 
ministro no, ¡gobernante!. . . Es Nardone, muv jarifo 
.Frondizi suelta una regadera anímica, sin prejuicios de 
peronismo, y se somete a la situación). Pero al rato 
mientras tiene una oreja en la visita y la otra en la 
provincia de San Juan, vuelta a sonar el timbre de -alie- 
< Quien, ministro?. . No, presi, (contesta el secretario) 
¡también gobernante!. . . Es Haedo, muy orondo él que 
va entra conociendo la casa y palmeteando con im - 
portuna cordialidad a todo el mundo y que hasta >■ 
interesa (bueno fuera) por la marcha de la votación, 
con la personal ventaja bivalente de regocijáis.' tanto 
p°r la victoria de Frondizi como por ía presunta de 
Peion. Y Don Arturo que ya tiene dos visitantes ilus- 
res y nada mas que dos orejas, se resigna a perder los 
contactos con las provincias cuando. . . ¡otra vez el tim- 
ce c.aile Ahora es el Ministro Martínez Montero 
pi «píamente dicho. Ya en la tercera instancia de su vio- 
encia aníitrionica Don Arturo, está a punto de des- 
nayarse cuando las noticias ((pie de alguna manera lle- 
gaba ) le informan del triunfo de Frondizi y vuol- 
- a sonar el timbre de calle: “¿Algún otro de ustedes?”, 
pregunta a Jos ilustres orientales que tiene en la sala. 

, Ios orientales, que no se hablan entre ellos (por 
go viajaron en tres aviones distintos) no saben con- 
cs ar e. El que lo saca de la duda es el secretario que 
acudió a ver quién llamaba y regresa informando des- 
POftsoladoramente: ¡Son tres generales del ejército ar- 


135 


gcntino, presidente’ . Don Arturo se desmay; 
Memento El único de las visitas que atina 
viento es, curiosamente Haedo. (Est.: versión, 
d' de luego que es apócrifa, pero... ¿verdad 
na a realidad?!. Hasta mañana, a mgos. 


a inexora- 
a hacerle 
Juanjulio. 
que sue- 


136 




ELECCIONES, UN DIA DE SILENCIO 


Bueno nos llega, al menos, un alivio parcial pero 
Kxm importante para cierta n ^taMocimiento ve nu« -sf n • 
pobre sistema nervioso: a las J2 horas He esta ni., iu* 
o, si les gusta más, a las 0 horas de ose lueguito que 
cv el sábado, ¡¡aj.v.uau el pr> .us, amigos!!... Se o m 
entiende que llamo “apagar el primus* .l acabar con 
el estruendo de esta propaganda electoral que nos ha 
venido haciendo una suerte de trenza de ocho .on los 
nervios, esos cordones blanquecinos (como los define 
delicadamente un diccionario) distribuidos por todo el 
cuerpo y que constituyen lo órganos conductores de los 
estímulos nerviosos. En una palabra, amigos los cables 
(que dicen los muchachos, menos académico*) qu •, en 
definitiva conectan con el buñuelo cerebr y p ovotan 
nuestras reaccio os, eso, precisamente, el estímulo ner- 
vioso, que nuestra democracia parece entender como es- 
tímulo político, esclarecedor de la conciencia. Dentro 
de un par de horas, pues, sentiremos, de pronto, algo 
así como ¡la estridencia de un tremendo silencio!!! Al 
menos así nos lo va a parecer al cabo de haber acos- 
tumbrado los tímpanos y el ánimo, al sublime batifondo 
He estos dos largos meses transcurridos desde que Bo- 
ttinelli empezó a ser “el hombre”, el batllismo de la 15 
a insinuarnos estentóreamente que los ayudemos “a ir- 
se”, Gestido a convencernos de que él es, fijándose bien 
y sin despreciar, “una esperanza”, Nardone, con cierta 
herejía ciudadana a persuadirnos de que él “es Patria” 
V Echegoyen. a gatas, “herrerismo”, y la UBD a pre- 
| 'otearnos con la “solución definitiva”, dicha con impo- 
sitivo acento de “San-fran-eis-copü!”. (Espérate que ya 
vuelvo). 


137 


Ivíír: 1 mijos, pues, ni cabo de estas dos horas que 
del viernes, I presunto retiro espiritual de un 
• 1 : m*‘ silencio. Dig" presunto, porque desconfío sin- 
{ 1 • ; 11 1 de la*, condiciones traumáticas en que he 
ir.i de qu» ar para *.e previsto ejercicio de la medí 
í l 14 o qu< nos brinda la Constitución de la República, 

• n;t ulo imu m la ce sació de toda propaganda (al me- 

nos l.i callejera) 24 1. iras antes de la iniciación del acto 

( W- F se si es la C tuc i o un 

aoéndiit reglamentario de la ley electoral que lo pres- 

pero, i fuere. Ib - kt es la de amparar 
o! necesario recogimiento del ciudadano, en esas horas 
previas, a la expresión de su voluntad ciudadana, a 
que sil a Irruí pn>j unció su voto. Recogimiento, retiro 
cvpiritual ciudadano... Bendita intención que, no obs- 
tante ino no consigue acreditar como virtuosa eficacia. 
Fíjense usted»", (fíjate vos, Juanjulio) que en esas 24 
í» ' i t \e uno que reacondicionar los cables (tarca utó- 
p:i< i ■ {para la 1 * i ín!... Con el balero lleno y re- 
vncíiü lie consignas gritadas, vociferadas, escupidas en 

• 1 oído y en el alnn ¿puede, el tipo, meditar?... ¿Es 
pns-fbK (como se preguntaba aquel otro) pensar, mo- 
ldar, reflexionar, resolver, en avanzado estado de co- 

'na.‘... Porque, fíjate vos: Si (como reflexionaba aquél) 
1: n es 1 blancos con los blancos en la esperanza al- 
(eriutiv.i de ayúdelos a irse, uno no tiene más remedio 
o ( ! pueblo es la Bottin Ni que el país necesita, con- 
^ b !i *» mido que l:i mujer es el hombre que solución de- 
fijiihva. cun Michelini a la cabeza y Renán a los 20. 
r -M. ■ iteridés, Juanjulio?... Por eso te digo. Hasta ma- 
ñana, amigos. 




A UNA SEMANA DE LA ELECCION 


¡Lo que va Je un sábado a oír*', amibos!. . • Lo dig". 
por supuesto, del ; amedí ¡usado, a i '• saturday '< 1 1 - 
livameme tranquilo p>>r el que 1 1 * >' tiansitamo I 
que ver, claro esta con ■' domingo correspondí- ailc a 
cada uno de - os -abados aludidos. Porque el vahado 
trisado era la víspera Jel c! uningo pasado y este sobaco 
tu es más que víspera de mañana, un domingo cu- 
ídente v burgués, de salir a la puerta con el mal. 

. I termo, de ver a la patrona cuando sale y vuelve con 
los ravioles, de pensar en afirmarle las patas a esa 
silla movediza (que ¡hace tanto que te lo te ngo dicho. 
Virio!) etc., etc. Va dicho como un ejemplo cualunqim. 
Para tal domingo no exige ningún saludo especial 
¡pero el pasado!... ¡Oh, el s abado casado!... Se hablo, 
callado la calle (acordate) pero todavía las radios y los 
canales hervían con la obsesión política y ciudadana. 
El sábado pasado, por ejemplo 1 davía venía, al cabo 
<le este micro a mi humilde cargo, la brillante locución 
• le Pelón Pavsée, con quien m«- cruzaba en los corre- 
dores de la radio todas las noches, yo hablado, él por 
1, blar, con lo que no quiero decir que yo estuviera de 
vuelta' y él no. No le fue bien al “eje”, pero no ha de 
ti r , supongo, porque no luya sido si f t iente el 'riiei 
zti dialéctico de Paysée. Aquél, en fin, era otro sábado 
que éste, Juanjulio. Sábado de inminencia, de expec- 
tativa, de esperanzas prolijamente equitativas, ■ u mi- 
memente distribuidas entre una ciudadanía singularmc - 
te afectada por el evento. 

Tranquilos v un poco doloridos, o (no doloridos) 
afectados todavía, puede ser, por tu contienda que nos 


139 


'.bendita virtud ciudadana) el ánimo v la con- 
'• , Estamos, como quien dice, en el “post ra- 
liM ‘° ^ a * n e T‘ ’ 1 todavía inquietante de los inform 
d k « >s de b T v la Corte El 
“ fie spwá ios 'os li r te) los resultados 

de una biopsia a cargo de José Pedrito Zeballos y su 
elenco. Pero tranquilos, gustando un poco (con ese'pla- 
0 di. . s cnl unos) de la oeuvalesconda. Este 
*. v duda, Otro sábado. . . Y., re archivan) i s la cre- 
dencial. . . (la credencial ésa que buscamos, afanosa v 
1 r ‘On.ttic imente, el sábado pasado, por todos los rin- 
•oí: ’ s del ropero, en los cajonciios de la mesa de luz. 
*i°n< del , e- < i hotiemín del >!. . . 

ide diablas metió esa mujer la . .?). (Esa mujer es 
i p.iío na, tu patrona, Juanjulio, que ha de meterse 
s "' m P rv ' n tus F' pios e intransferibles desórdenes). Es- 
1-. '.t entre las sabanas... o en la cómoda, de donde Ja 
'ica con extraños olores de perfumes, humedad v re- 
ír, dios. Este es otro sábado,' sin iluda. Sólo especial 
■i .o caracterizado por nada más que ser “el sábado si- 
guiente a aquel otro” el sábado de la inminencia elec- 
toral. Mañana será un domingo... Otro domingo de 
tantos. . . El mundo sigue andando. Y como tantas otras, 
vulgares, veces, yo les digo, amigos, ¡hasta el lunes! 


140 


SE FUE EL TUPI 


Ustedes saben, amigos, qué es y qué representa 
Uipí Nambá, en la historia de este Montevideo que 
ledos, tan gozosamente, de una u otra manera, tran- 
sitamos. no voy n repetirles cuanto ha dicho, < 
crito y publicado, ya, ¿VI > »lo ele ( »stro, es¡>i-ci<- 
H. D. ■ las ]- in lite Kiries del Mojo Montevideo, en 
c const ’tit 1 1 • rvor *• i ido rocina I -r ‘-so que 1 • 
mamo*, (a veces, con pudoroso orgullo, otras, con c 
i.t caí nos. iroin.i) Cultura N lck nal. Yo no soy h 
c ' contar histoi as no tengo, siqmrc i la vocación ( 1 
frOnista capaz de 1 ... que algt i v 

conformen la impoitancia de i la histoiia. Sov. apenas, 
un montevideano adoptivo, que sabe andar con placer 
poi lys distintas dependencias cdilicias de este hogar 
Montevideano en que vivir trabajamos, rü 
amamos (lo do montevideano doptivo va dicho t'O" 
rigor histórico, aunque a H. D. ni a Manobro les mi- 
porte- porque otra ciudad del ii ' rior me si o n icer y 
m< atendió hasta la adol< - n i Soy, pues, un nv.u- 
tr* videano que va y vi ne dentro de la casa y qe *h s- 
d*: luego, ha terminal : o por querer a las cosas, di 1 
misma manera como aquella tía vieja tuya amaba cn- 
•rañablemene. a una mayólica, a un armario o (proba- 
blemente) a su propio esporo. El Tupí es uno de csus 
tnuí-bles (aii ri >, mavólíoa o mujer) que hemos llegado 
a querer con cierta temu < d nóstica de ciudad ios. 
Para muchos montevideanos (sobro todo para quien* s 
bemes vivido }. en cierta forma vivimos, la bohemia p< 
i indística) el Tupí *.s el liviog d< nuestra casa. S' el 
living, en su más exigente acep: >n: “el lugar donde s< 
está’". 


141 


Exigencias ‘o cjnt algunos, audazmente, lia 
man el Progreso, v otrej*; con más despiadada obje- 
tividad llaman ‘‘negocios iumobili.u ios”, hacen qu* el 
í dif icio donde radi osa alma tupinambaense, deba s r 
derrumbado. Lo he dicho, ex- profeso, así, para que se 
«• meada que todo l« que pued< ocurrir es que un alma 
-.a d salojada de su cuerpo; nunca (|ue la muerte de 
ese ■ er:n) comprometa la superviven da de aquella al- 
ma. I i (I o se) una añusgada neO-teoría de la Inmor- 
talidad, pero se me ocurre qoi alga de esto es lo que 
ha: pencado quienes i'desin tensados de la suerte co- 
nurcial de esc café) realizan, en estos momentos, una 
campaña para qim le s a adjudicado al Tupí, el ala iz- 
quit ’ da del Teatro Solís (donde hoy existe un Museo 
de Historia Natural que ya no quiere estar allí, por otra 
parte). St trata, ni más ni menus de encontrar otro 
cuerpo (tiene que ser un cuerpo viejo, usado y con 
historia) para esa alma que va a quedar en el terrible 
di Mimparo de la intemperie. Y, en la intemperie, no hay 
inmortalidad que valga, por más transpiración socrá- 
tica en que nos esforcemos, porque es un alma múl- 
tiple, como la de toda tradición, la que queremos de- 
fender, la que estamos defendiendo en la suerte de ese 
Tupí con el que cada uno de nosotros (estoy seguro) 
tiene su propia alma más o menos comprometida. Yo se 
que cada generación que va para allá (digamos) pro- 
testa y reacciona ante un cambio, una innovación que 
compromete una afección arraigada, una costumbre. 
A ve es, puede no ser más que el fastidio de quien pro- 
testa porque le han cambiado el lugar donde él siem- 
pre ha colgado los pantalones. La nueva generación son- 
ríe y (felizmente) sigue adelante, en estos casos. En 
este escabroso sentido, el Tupí ha tenido la virtud de 
no volverse viejo nunca (más que en querer sus viejas 
tradiciones) y ha sabido tanto cumplir con los abuelos 
que formaron su historia, como con los nietos que hoy 


142 


|o (frtú uden para seguir formando ia suya. El Tupí (di- 
cho en pocas palabras) lia salido ser siempre "el Tupí”. 
I'.iíece que esto no » m ho decir, pt «o yo se que los 
Montevideanos m^ entienden. Ojala lo entienda tam- 
bién, las autoridades que túnen que decidir la su* rte 
ti»- un alma que e^tá corriendo el espantoso riesgo de 
quedarse sin cuerpo. Hasta mañana, amigos. 


143 


ALFREDO MARIO FERREIRO (MARIUS) 


Mi* d ( una vez (alguno de ustedes ha de recor- 
darlo) transitando por alguno de los temas de la ac- 
tualidad que son el sustento de estas charlas mías, se 
tuna, poní anea, una cita de Al- 
fredo Murió Fcrrdro. Era difícil no toparse con él, e 
o ulqui'T bocacalle de Montevideo o, mismo en la pro- 
S( la( tr por il a de esas calles la 
,-u qr ? u le ano 1 Corrfef para estirar las r- 

\ as d 1 a! i a. Allá lo veo en .i esquina del Cabildo (va 
y r.i “Mu.:.: Um¡ ia* ), u* Rm <>n y la Plaza (ca- 
mino* Je “Marcha' 9 ) o »*n 18 y Ri<* Tranco (a dejar algo 
qut mañana leeríamos en “Tribuna Popular”) o en el 
menos sospechado cruce de este ambulatorio metrópo- 
li '.m*« (corno él diría pidiendo perdones, luego)... allá 
h> \ k hablando con itlgui» i. porque era difícil cru- 
zara con él y no cambiar un comentario ( 1 cambio 
habría de ser casi siempre deficitario para Ferreiro). 
Alto, uno do los hombros más levantado que el otro, 
moviendo las aspas de sus brazos, como si llevara en 
sí mismo los molinos de viento contra los que luchaba 
su quijotesca afección de humorista. Así, muchas ve< * s. 
en la vida callejer.. o en la reflexión de la soledad, iní- 
; mdn la sociedad o la política (mirando al hombre.. 

mpre) nos b taños cruzado con Alfredo Mario. Así es 
•orno lo he traído, alguna vez, enganchado en si gún 
comentario d- la actualidad a este encuentro de todas 
las noches con ustedes Hoy viene, queridas amigos, 
por hoy es él la actualidad y mí ánimo n<> pudo ver 
otra por más que ésta me duela. Ferrciro murió esta 
madrugada. 


144 


Cuesta (y, en todo caso, no es obligación conseguir- 
lo) alcanzar la total noción de su perdida. No li de* 
parecemos nunca verdad, y él mismo (estoy seguro) él 
jnismo ha de querer que se le suponga en goce de una 
heca que se consiguió por méritos de poeta y humo- 
rista, a una región que está más allá de la cortina del 
miedo, para estudiar (digamos' las condiciones de vida 
en que viven los muertos. Si no vuelve para producirnos 
el informe que corresponde a los motivos de su viaje, 
le asistirá el atenuante de que lo mismo ocurre con 
tantos becados inútiles cuyo viaje pesa, sin embargo, en 
el presupuesto de la nación, mientras el suyo es cos- 
teado por el propio sacrificio de su presupuesto cardía- 
co. Hoy, esta noche, mañana. . . nos miraremos todos, 
quienes le queremos, sin saber decirnos más que el lu- 
gar común que nos sale con pereza y fastidio. Y, segu- 
ramente jugaremos (¡qué más remedio, Marius!) esa tris- 
te imitación de la despedida que son los trances mortuo- 
rios (¡que espantosamente fea es esta palabra!). Habre- 
mos de jugar, decía, y es el propio Ferreiro que me está 
dictando la palabra y el ánimo, porque él mismo, con 
esa afección iconoclástica del humorista, jugaba y reía, 
más con la muerte que con la vida. Haremos, pues, eso. 
considerados con la costumbre, aunque ya tan íntima- 
mente convencidos de que no está, como seguros de que 
ya no lo perdemos, porque se nos incorporó al alma y 
al recuerdo. Que si mañana se oyera un discurso en el 
cementerio, fuera su voz misma la que escucháramos 
como él pretendió quererlo cuando grabó su propia ora- 
ción necrológica para esta porfiada ocasión de la corte- 
sía postuma. No se dónde está ese disco y, a esta altura 
de la tristeza no se tampoco dónde está esa macabra 
voluntad de Marius o ser él (en todo caso) quien cumpla 
con esa fórmula del sentimiento. Volntad que atendida 
o no nos expresa, de todas maneras, su des> de estarse 
con nosotros, más él mismo que nunca, genio y figura 


145 


íiastn allí mismo, donde creemos, con tanto amor como 
inocencia, que lo despedimos para siempre. Hasta maña- 
na, amigos. 


146 


A LA VUELTA DE CUBA 


No es fácil retomar una rutina y cobrar aquella mis- 
ma naturalidad y fluidez con que la ejercíamos, sobre 
todo si, al cabo de un mes, no fue, precisamente, la 
apacibilidad modorrienta de la zapatilla, el mate y la 
playa, lo que pudo ocurrimos, sino un viaje largo y 
una emoción honda, para veinte días de un dichoso 
asombro americano. Pero antes que nada y cumpliendo 
con los rigores sociales de mi inveterada buena edu- 
cación: ¿Qué es de tu “laif”, Juanjulio?!!! Se que la de 
los ocho millones te pasó de largo sin saludarte, y que 
seguís enrolado en las hepáticas huestes de la oposición 
más o menos sistemática. Yo te saludo, bandera de mi 
patria; esta mañana le pagué cuarenta, por primera vez, 
al guarda y casi le exijo recibo firmado. Pero ya vol- 
veremos al ánimo doméstico de cada “giorno”, cuando la 
sangre me vuelva al ritmo municipal y espeso de mi 
más ciudadana condición. Por ahora, mis queridos jua- 
nesjulio, quiero adelantarles que no fui a Cuba a con- 
firmar nada; en todo caso, fui a que Cuba confirmase 
algo en mi mismo. Ya todos {o casi todos, bueno) sa- 
bemos leer (segunda alfabetización de la experiencia 
política) ya todos sabemos leer la otra acepción de esa 
literatura diaria que llamamos prensa y que nos vemos 
obligados a traducir, día a día, como si nos dieran el 
Martín Fierro en inglés. Yo tuve la suerte de ir al texto 
original de una maravillosa experiencia social y política 
y, sinceramente, lamento que la naturaleza de esta au- 
dición no se avenga a las exigencias de tiempo y ca- 
rácter para una lectura comentada de ese Fidel Fierro 
que leimos, no en la prensa de por acá, no (siquiera y 


147 




tanto) en el líder de por allá, sino en la misma natu- 
ralidad del pueblo cubano. (Dame unos segundo.*' de li- 
cencia complementaria, que ya vuelvo y te la sigo). 


En trt?s, cuatro o cinco puntos de una declaración 
que firmamos allá todos los miembros de la delegac ¡ón 
uruguaya (prodigiosa unidad compatriota lograda allá, 
tan lejos, por la fuerza persuasiva de una rotunda evi- 
dencia y la honestidad para mí dichosa de la diversidad 
político-ideológica de los signatarios) formulamos nues- 
tra impresión con una objetividad deliberada. No es 
culpa nuestra si la revelación, la simple y objetiva re- 
velación cobra, en el ánimo nacional y americano, en 
el sentido de una antigua y postergada esperanza, el 
carácter de ulna ¡subjetividad. Cuba está viviendo su 
propia vida (recién, su propia vida). Pido perdón a quie- 
nes desde aquí, pero tan honestos como soy capaz de 
serlo yo, no entienden así las cosas. Los otros, la opi- 
nión de los otros, suerte de “siquitrillados” inminentes 
de la transformación social de estos dichos tiempos, no 
me interesan. Cuba está viviendo su propia vida y pide 
paz y comprensión para realizarse a si misma. Si lo 
pide con esa altivez, que no quiere ni busca ser sober- 
bia, es porque esta desdichada situación histórica que 
vivimos le exige pedirlo así y no le ha sido dada la suer- 
te de pedirlo de otro modo. Pero más que mis ojos, 
mi conciencia (y también mi corazón, que no sufre mio- 
pías ni presbicias) han podido ver que no es un tal 
Fidel (bendito sea) sino un pueblo que se expresa en 
él y por él, por su voz quebrada, caliente y jocunda 
a un mismo tiempo (nada más parecido al alma cubana) 
que quiere inaugurar en esta pobre América de abajo 
de la de arriba (válgame tan expresiva redundancia) 
una era de pa/. trabajo y dignidad nacional. No tengo 
por qué no hacer mías (y en buena hora) las palabras 
que Kennedy pronunciaba desde su asunción esperan- 


148 


y, ida y (por qué no) esperanzable y que Fidel, a las 
¿ios horas recogía desde n porfiada tribuna: jEmpece- 
nius de nuevo. Volvamos a empezar! Claro que sí. Pon- 
gámonos dignos, cada cual en su lugar. O, como lo ex- 
presa una frase popular, de moda entre nosotros: ¿Va- 
mos a respetarnos, Juan julio? Hasta mañana, si Dios 
quiere, amigos. 




149 













INDICE 


Advertencia por Jorge Sclavo 
1K1 asesinato de Fructuoso Rodríguez 
Misa por Nacional 

Í La ausencia de mi presencia 
Año electoral 
Estudiantes 
Propaganda electoral 
Tiempo de nadie 
Familia oficial 
La desaparición de El Pulga 
Día de los inocentes 
La ley de autos baratos 
El vintén 

Cambios en la estatuaria 
Vño Nuevo 
i .legaron los blancos 
i T urismo 
Herrera 
Fidel 

Las inundaciones 
Pión di zi 

i La lección de El Pulga 
La somozocracia 
Marlene Dietrich 
La unidad blanca 
Reunión familiar 
■ La luna soviética? 

La punga estatal 
El peso 

El primer cumpleaños 

( Problema de cartelera 
El asiento del guarda 
Sábado de noche 
Que la inocencia le valga 
Otro año más 

La huelga municipal y el David 

Lunes de carnaval 

Llegó Ike 

Otro sábado 

El mango 

i El Sha tuvo una nena! 


7 

9 

11 

13 

15 

18 

150 

22 

25 

28 

30 

32 

35 

37 

39 

42 

44 

46 

49 

52 

54 

57 

60 

63 

65 

67 

69 

72 

75 

77 

79 

81 

83 

85 

87 

89 

91 

93 

95 

97 

99 


1 


La corrupción 101 

Un best-sellur de G lañóla 104 

Pelea de campanillas 106 

Primavera. Berlín y el átomo 108 

Don Vicente Basso Magüe 110 

Franja verde 112 

Pefiaro! Campeón del Mundo 114 

K1 túnel de 8 de Octubre H6 

Kl ’candnmo” gubernamental 11 $ 

El último año 120 

Haedo lo dejó plantado 122 

El veranillo, el tipo y la bomba 124 

César Batlle y los desfiles 126 

La mano de los blancos para gobernar 12S 

Lai llegada de Felipe 130 

Publicidad y política 13 2 

Frondlzi tiene visitas 134 

Elecciones, un día de silencio 13 7 

A una semana de la elección 139 

Se fue el Tupi * 141 

Alfredo Mario Ferreiro íMailu»' 144 

A la vuelta do Cnba 147 


Es U . :raen de la o. .^^ci TI 'silibros Arca, fue impreso en ios 

Grúfi de A Manlrvnd- y i j S. ’ Treinta y Tres 1 4 7 T; , Monte vi 

en m« de ago, o I c 1 , .. - /c , 

Com.i.ión del Papel, E. uaón imperada en el art. 79 de 1c 1*7 Ló ‘ ó 1